Las coplas del que se queda
Hay una costumbre que conservo desde mis tiempos de reportero, cuando uno volvía de sitios donde se moría la gente y tenía que escribir sobre ello sin mentir y sin adornar: la de desconfiar de quien llora demasiado bien. Las lágrimas literarias, las que vienen con violines y con adjetivos de relumbrón, casi siempre son falsas. La pena de verdad, la que he visto de cerca, es seca, breve y se atraganta. No tiene tiempo de ser elegante. Por eso, cuando abrí este libro pequeño de un tal José Julio Brossa y me topé de entrada con un verso que dice «Sangré lágrimas y me sequé», supe que estaba ante alguien que no venía a engañarme. Cinco palabras. Punto. Lo demás es silencio, que es donde de verdad duele.
Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando un libro me importa. *Coplas de rojo y negro* es un poemario de duelo, y eso, a primera vista, no es ninguna novedad: de duelo se viene escribiendo desde que el primer hombre enterró al segundo. Lo que cambia las cosas aquí es el cómo. Brossa —ingeniero, pintor, hombre de oficios varios que llega a su primer libro publicado con veintiséis escritos en el cajón— ha tenido el acierto, o la necesidad, de no escribir su pena en el idioma blando de la poesía de consumo, sino en el más viejo y más duro que tenemos: el de la copla y el cante jondo. El de la gente que lleva siglos sabiendo llorar cantando.
Y ahí está la quilla que da estabilidad a todo el barco. Porque un libro de versos breves, casi de aforismos, podría irse a pique en cualquier momento, naufragar en la cursilería o en el apunte de cuaderno. No lo hace. Lo sostiene una arquitectura que el propio autor confiesa haber descubierto después, al ordenar los poemas: las siete etapas del duelo. Golpe, ausencia, ira, preguntas, luto, presencia consoladora y vida. Una tras otra, como guardias de un mismo turno de noche. El lector no lee poemas sueltos: cruza un proceso. Y al cruzarlo entiende algo que los manuales de autoayuda nunca aciertan a decir, y es que el duelo no se supera, señoras y señores; se atraviesa, que es distinto.
Conviene detenerse en la ira, que es donde casi todos los poetas se ponen finos y mienten. Brossa no. «Podría ser educado, pero no puedo, estoy jodido…», escribe, y uno agradece el taco como se agradece un trago en el sitio justo. Hay quien se escandalizará. Que se escandalice. A mí me parece más decente esa palabra honesta que toda la palabrería piadosa con que solemos despachar a los muertos. Y todavía va más lejos este hombre, porque su rabia no se queda en la tierra: sube hasta el cielo y le pide cuentas a Dios de tú a tú. «Padre, ¿Por qué? ¿Por qué me has abandonado?». Brossa cree, vaya si cree, pero su fe es de las que se atreven a discutir, no de las que agachan la cabeza. Y eso, en estos tiempos de espiritualidad de escaparate, tiene su mérito.
Lo que más me ha desarmado, sin embargo, no es la furia, sino la ternura que viene después, y el modo en que el autor la cuela por la rendija de lo cotidiano. El dolor de este libro no habita en las grandes palabras, sino en un café que ya nadie se va a beber, en un ColaCao caliente dejado sobre una mesilla, en el hueco del colchón del lado del que se fue. Ahí está la maestría, en saber que la ausencia no se siente en el funeral, sino tres meses después, a media tarde, cuando uno pone dos tazas por costumbre y se acuerda. Hay un poema, «Manos», que es el libro entero en una página: siete gestos de unas manos que empiezan sujetándose la cabeza y terminan abriéndose para soltar, y cito, «los puñales aferrados, abrazando la ternura del Padre». Quien haya enterrado a alguien sabe de qué se habla. Quien no, que vaya tomando nota.
No todo es perfecto, y sería sospechoso que lo fuera. La brevedad extrema, que es la mayor virtud del libro, es también su riesgo: algún poema se queda en el umbral, más cerca del apunte que del verso rematado. Pero hasta esos textos mínimos cumplen su guardia dentro del conjunto, como ese punto rojo sobre fondo negro con que el autor —que es pintor, no lo olviden— define su manera de pintar las penas. Un punto rojo basta para iluminar todo el negro. Es buena divisa, y mejor poética.
Les diré una cosa más, y con esto acabo. Este no es un libro para admirarlo de lejos, en un anaquel, como se admiran las novedades que se compran y no se leen. Es un libro para tenerlo a mano y dárselo a quien lo necesite, que tarde o temprano somos todos. El propio Brossa cuenta que nació en día y medio para consolar a una amiga que había perdido a su madre, y que después llegó a manos de otra gente rota y la consoló. Pocas hojas de servicios más honrosas puede presentar un puñado de versos. La literatura sirve para esto, o no sirve para nada.
Hay todavía un asunto que no quiero pasar por alto, porque es el que sostiene el tono entero del libro, y es la música. Brossa no llora en abstracto: llora cantando, a la manera vieja del sur, la de los que hicieron del quejío una forma de aguantar lo inaguantable. Hay un poema, «Canción de luto», donde escribe que «Dios canta flamenco, coplas de luto y pena, quejíos gitanos, de luna negra», y mete en ese verso una palabra, «Undevel», que es como los gitanos nombran a Dios. Confieso que esa imagen me ganó del todo. Un Dios cantaor, un cielo convertido en tablao de pena compartida. No conozco mejor manera de decir que el consuelo verdadero no baja desde arriba como una limosna, sino que se sienta a tu lado y arranca por soleá. Quien haya estado en un velatorio de los de verdad, de los que duran toda la noche, sabe que la pena se lleva mejor cuando alguien la canta contigo. Brossa lo ha entendido y lo ha escrito, y eso, en un primer libro, no se ve todos los días.
Conste que no les estoy vendiendo un milagro. Es un libro corto, de los que se leen en una tarde, hecho por un hombre que no se dedica a esto profesionalmente y que firma como ByBrossa. No esperen perfección de relojero. Esperen, eso sí, verdad, que es mercancía más rara y más cara. Y esperen unas pinturas suyas, porque el hombre además pinta, que acompañan los versos como acompañan los faroles a una procesión: alumbrando lo justo para no tropezar.
Compren este libro. Léanlo despacio, sin prisa, que es como se merece todo lo que costó dolor hacer. Y guárdenlo cerca. Llegará la noche en que pongan dos cafés sin pensar, y entonces sabrán por qué se lo digo.
— Javier Pérez-Ayala
