El cuaderno de bitácora de una pérdida

Uno ha aprendido, con los años y las millas de mar a la espalda, a desconfiar de los libros que prometen consuelo. Casi siempre mienten. Por eso da gusto encontrarse con uno que no promete nada y, sin embargo, acompaña. Caminantes (Poemas del duelo y la memoria), de Isabel Martín Grande, es ese libro: un cuaderno de bitácora escrito por alguien que conoce la tormenta no por los manuales de navegación, sino porque la ha cruzado con las manos en el timón.

La autora es psicóloga clínica, de las que han pasado años escuchando a la gente recomponerse. Y aun así, o precisamente por eso, avisa desde el principio sin medias tintas: el lector «no encontrará un manual tradicional para el duelo, sino la vivencia de quien sabe que la teoría se desploma cuando el corazón se desgarra». Esa frase, que firmaría cualquiera que haya enterrado a los suyos, vale más que media biblioteca de autoayuda. La que sabe, sabe que llegado el momento los libros no sirven; ella misma lo escribe de los que buscan respuestas en el papel: «son cenizas y no sirven».

El libro va de un muerto y de quien se queda. De eso, que es lo más viejo del mundo y lo único que de verdad importa. Está repartido en tres tramos —encuentro, abrazos, despedida— que son, leídos de corrido, el mapa entero de un duelo: primero se reconstruye al que se fue, después se le llora, al final se aprende a llevarlo de otra manera. No hay trampa ni atajo. Hay un camino, que da nombre al libro, y hay que andarlo a pie, sin prisa y sin mapa, como se andan los caminos que valen la pena.

Lo que distingue a esta mujer de tanta poeta de salón es que no adorna el dolor: lo nombra. Cuando escribe «No puede ser verdad que un cuerpo ya no te tenga», uno reconoce el puñetazo seco de la realidad, esa que no admite negociación. Y cuando, en mitad del desconsuelo, deja caer que el amor era «un pulso de sal y cal viva», ahí está el oficio: la emoción hecha materia, sal de mar y cal que quema, nada de azúcar. La autora tiene buen ojo para la imagen concreta, la que se toca. No le tiembla el pulso al escribir la rabia —«un incendio de rabia me arrasa y me nubla la voz»— ni al reconocer, después, la gratitud. Porque hay las dos cosas, como en la vida.

Confieso debilidad por los versos en los que asoma la cultura sin pedantería. Ella convoca a Neruda, cuyos poemas dice haber entregado al amado «garabateados», y de pasada saca a pasear a un «gigante Quijote de molinos en el país de Shakespeare». Es de los nuestros: gente que ha leído y no lo disimula, pero tampoco lo restriega. Se nota el aire de la buena tradición, la elegía española de toda la vida, la de Manrique y la de Miguel Hernández, esa que sabe que de la muerte se habla mirándola a la cara.

No todo es solemnidad, y eso la salva. Hay un poema en el que el idioma se rompe a propósito, se vuelve trabalenguas y juego, «para reírnos de todo. Para vivirnos de nuevo». A quien haya querido de verdad a alguien le sonará esa lengua privada, la de los dos, intraducible para el resto del mundo, que es lo primero que se pierde cuando el otro se va. Que la autora la rescate, y encima riendo, dice mucho de su temple.

El final no es un final feliz, porque no los hay, pero es un final honrado. Lo perdido, dice ella, «crecéis en semillas de versos». Es decir: no se supera, se siembra. Uno cierra el libro con la rara sensación de haber estado en buena compañía, la de alguien que ha sufrido lo suyo y ha tenido la decencia de contarlo sin compadecerse. En los tiempos que corren, de duelos exprés y emociones de usar y tirar, este puñado de poemas reivindica el derecho a doler el tiempo que haga falta. No es poco. Es casi todo.

Léanlo quienes hayan perdido a alguien, que somos todos tarde o temprano. Y léanlo también los que escriben, para ver cómo se dice el dolor sin hacer trampas. A mí, que de barcos y de naufragios algo sé, me ha parecido un cuaderno de bitácora ejemplar: el de quien, perdido el rumbo, sigue escribiendo en el diario porque mientras se escribe no se está del todo solo.

Permítaseme una digresión de viejo lector. He visto pasar por mi mesa cientos de libros sobre la muerte, y la mayoría caen en uno de dos vicios: o convierten el dolor en espectáculo, exhibiéndolo con un impudor que incomoda, o lo disfrazan de sabiduría de calendario, esas frases que sirven igual para un duelo que para un anuncio de seguros. Martín Grande no hace ni lo uno ni lo otro. Su pudor es el del que sabe que hay cosas que solo se dicen de costado, y su sabiduría no es la del manual, sino la del que ha pagado por ella. Cuando una psicóloga clínica escribe que las respuestas de los libros «son cenizas y no sirven», está renunciando a su propia autoridad profesional en favor de la verdad desnuda. Eso, en estos tiempos de expertos que lo saben todo, es casi un acto de heroísmo.

Hay además una cuestión de oficio que conviene subrayar, porque de oficio anda escasa la poesía que hoy se premia. Esta mujer sabe construir un libro. Las tres partes encajan como las cuadernas de un casco, y los poemas se llaman unos a otros, vuelven sobre sus pasos, repiten un verso al principio y al final como quien comprueba que la puerta sigue cerrada. No es casualidad ni torpeza: es arquitectura. Y cuando se permite romper la baraja, como en ese poema en el que el idioma se vuelve trabalenguas, lo hace porque domina las reglas que rompe. Solo rompe bien quien sabe. Lo demás es ruido, y de ruido vamos servidos.

— Javier Pérez-Ayala