La peana de la lamparilla
Mi tía Pili cumplió ochenta y tres años en marzo y desde hace dos tiene un teléfono grande, de los que se ven sin gafas, que le regalaron los nietos para que dejara de llamar al fijo a la hora de la siesta. Lo maneja con un solo dedo, el índice, muy tieso, como quien toca el timbre de una casa en la que no está segura de que la esperen. Casi nunca contesta a lo que le escriben, pero lo guarda todo. La otra tarde, en su cocina, con dos cafés enfriándose porque ninguna de las dos se acordaba de ellos, me enseñó una carpeta del teléfono donde tenía, uno detrás de otro, los mensajes de un antiguo compañero del banco. Navidad, santo, cumpleaños, Reyes, otra vez Navidad. Diez años de mensajes. “Es muy atento”, me dijo. Y puso una cara que yo no le conocía, una cara entre el apuro y la satisfacción que no supe cómo leer.
Me acordé de esa carpeta, y de esa cara, leyendo Sinencuentro, el libro que firman a medias Enrique Graciani Constante y Eloísa Zapata Tinajero, dos químicos que estudiaron en la misma facultad de Sevilla y que han decidido contar una misma historia cada uno desde su orilla. Él la cuenta en verso, en la primera parte, que se titula “Punto de vista de él”. Ella la cuenta en prosa, en la segunda, “Punto de vista de ella”. La historia es pequeña, casi nada, de las que se cuentan en voz baja en una sobremesa: un hombre mayor que lleva años felicitando por WhatsApp a una amiga, unas comidas con otros amigos, una noche de tormenta, una declaración dentro de un coche y una respuesta. Lo que pasa es que en esa nada cabe una vida entera, y el libro lo sabe desde el estribillo que repite una y otra vez: «Todo pasó y… no fue nada. / Nada pasó y… fue todo.» (p. 28).
Lo primero que me ganó de la parte de él fue el humor, que es lo que menos se espera una de un poemario de amor escrito por un señor nacido en 1939. Hay un poema dedicado al teléfono que empieza celebrando el aparato con una llaneza que me hizo reír en voz alta, «Gran invento eso del WhatsApp.» (p. 17), y que termina aconsejando brevedad con aquel dicho de los sermones: «Si corto, mueve el alma; / si largo, el culo» (p. 17). Quien escribe eso no se toma demasiado en serio, y menos a sí mismo. En la carta abierta que abre el libro ya avisa de que «Con edad avanzada puede uno escribir cosas no bien establecidas» (p. 7) y pide que, si a alguien le parece una aberración la palabra del título, lo achaque a la edad, «aunque yo no se lo haya pedido» (p. 7). Esa manera de disculparse sin disculparse es muy de abuelo sevillano, y la conozco bien porque la he oído en muchas sobremesas.
Pero el poema que me hizo dejar el libro un rato en el regazo fue “El ¡Beso!”. Llega un beso por WhatsApp, «que desde lejos fue enviado / como todos los anteriores» (p. 30), y el hombre que lo recibe no sabe dónde guardarlo. En el corazón no, porque el ruido de los latidos lo asustaría. En el baúl de los recuerdos tampoco, porque allí se perdería entre los otros. Al final lo deja junto a la luz de la mesilla: «Su sitio está en la peana / de la lamparilla que cada noche / lucha con mis tinieblas, / nunca consigue la victoria, / nunca por rendida se da.» (p. 30). Y para que la cosa no se ponga solemne, añade que allí, con los demás besos guardados, el suyo hace de moña de jazmines «que cada noche perfuma, / y, de mí, aleja mosquitos.» (p. 30). Me pareció una de las imágenes más honradas que he leído sobre la soledad de los mayores, porque no se queja. Pone la lamparilla, pone los jazmines y pone los mosquitos, y una entiende el resto sin que nadie se lo explique.
Lo que no esperaba es lo que pasa al dar la vuelta a la historia. Durante sesenta y tantas páginas he estado del lado de él, con su lamparilla y sus felicitaciones, y de pronto Eloísa Zapata Tinajero me cuenta lo mismo desde el otro sofá. Aquellos mensajes que él guardaba como besos son, vistos desde allí, «mensajes asépticos de whatsapp en los que intenta disimular su interés personal.» (p. 77). Y la respuesta que ella les daba cabe en dos palabras: «gracias, igualmente.» (p. 77). Me reí, y enseguida me dio un pellizco, porque pensé en la carpeta de mi tía y no supe de qué lado estaba ella. La prosa de esta segunda parte es corta, de frase enunciativa, sin una metáfora de sobra, y tiene una franqueza que desarma: «Yo me dejo querer, como se suele decir.» (p. 77). No hay crueldad en esa frase. Hay una mujer que se conoce y que no se engaña.
La noche de la tormenta, que en los poemas de él se queda siempre un poco fuera de cuadro, aquí se cuenta entera y en pocas líneas: el coche, los truenos, la declaración y la tentación, que ella no esconde. Lo que decide la cosa no es la frialdad sino algo más difícil de explicar en una sobremesa: «No, no quiero dejar de ser libre.» (p. 78). Y luego, como para que nadie se ponga dramático, la vida sigue con un mensaje de buenos días dos días después y otra comida programada para dentro de quince. El texto termina con unas preguntas que no se contestan, «¿Asistiré? ¿Asistirá él?» (p. 78), y a mí me gustó que no se contestaran, porque así es como terminan de verdad estas historias, sin terminar del todo.
Tengo que decir también lo que me ha gustado menos, que una lee con cariño pero no con los ojos cerrados. En la parte de él hay piezas que se leen como lo que seguramente fueron, felicitaciones de Navidad o de cumpleaños mandadas a su debido tiempo, y en ellas el hilo de la historia se afloja y una pasa las páginas más deprisa. Y la versificación es desigual, con giros antiguos que a veces suenan a juego y a veces a tropiezo. Él lo sabe y lo dice sin rodeos en el epílogo: «Siempre encuentro problemas, / a la hora de versificar.» (p. 85). También me habría quedado un rato más con ella. Dos páginas de prosa contra sesenta de verso es una desproporción que el libro busca a propósito, y lo entiendo, pero cuando ella empieza a hablar una querría que siguiera un poco más.
No le he contado a mi tía Pili que he leído este libro. No sé si se lo voy a contar. Pero la próxima vez que me enseñe la carpeta del teléfono me fijaré mejor en esa cara que no supe leer, a ver si es la de él o la de ella, o las dos a la vez, que es lo que Sinencuentro me ha enseñado que puede pasar. Lo terminé de noche, con la lamparilla de la mesilla encendida, y tardé un rato en apagarla.
— Ángela de Claudia Soneira
