Elogio del batacazo

Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando un libro me pilla con la guardia baja. Llevo media vida desconfiando de las hadas. De las de los cuentos, quiero decir: esas criaturas impecables de purpurina y tul que nunca tropiezan, nunca se manchan y nunca, que yo sepa, han tenido que pedir perdón a nadie. Las he visto durante décadas en las ilustraciones de los libros infantiles, y siempre me dieron la misma impresión que ciertos oficiales de Estado Mayor: muy lucidos en el desfile y perfectamente inútiles cuando empieza a llover metralla. Por eso, cuando me senté con este volumen de Ediciones Amaniel y leí la primera línea, sonreí como quien reconoce a un viejo compañero de trinchera.

La primera línea dice así: «Titania era un hada. Y ese era, precisamente, su mayor problema». Y a partir de ahí, señoras y señores, Salvador Carrión Pascual y Begoña Varona Pereda despliegan treinta y un episodios —más un anexo del que hablaré luego— dedicados a una criatura alada con un talento natural para el desastre. Un hada que derriba colmenas, que confunde a osos pardos en plena hibernación con alfombras mullidas, que parte su varita en dos durante un duelo a escobazos con la Reina de las Nieves y que, buscando refugio esa misma noche, aterriza sobre el pecho de un leñador dormido y le clava en la frente el trozo de varita que le queda. Así empieza una amistad. No conozco muchas que hayan empezado mejor.

Porque de eso va el libro, en el fondo. De oficio. El leñador —un hombretón sin nombre propio, gruñón y paciente, que en la historia hace de maestro, de enfermero y de carpintero según toque— le enseña a Titania lo que ninguna academia de hadas le había enseñado: que la magia sirve para arreglar goteras, encender la chimenea y convertir ramas caídas en leña, y que lo espectacular suele ser enemigo de lo útil. Hay una frase suya que yo colgaría en la puerta de más de una redacción y de más de un ministerio. Dice el leñador que la magia es como un hacha: «Si no la diriges con el brazo firme, terminas cortándote un dedo del pie». Fíjense ustedes en la sabiduría de carpintero de ribera que hay ahí. Eso no es literatura infantil. O sí lo es, y entonces es que la literatura infantil, cuando está bien hecha, sigue siendo la única que dice las cosas sin rodeos.

El tercer episodio, el de la Flor del Odio, es para mí el mejor del libro, y explica bien la moral que lo recorre. Un hongo negro está pudriendo los árboles del Bosque Nevado. Las hadas del consejo —esas de túnica resplandeciente que flotan a medio metro del suelo para no mancharse— prueban conjuros y pociones antiguas. Nada. Titania, que ha pasado horas viendo a un hombre solitario limpiar su casa, propone algo que a las ancianas les parece una herejía: que el leñador tale los árboles enfermos y que entre la luz. Y funciona. El narrador lo remata con una línea que suscribo de la primera a la última letra: «El hongo no necesitaba un contrahechizo; necesitaba higiene y ventilación». Ahí tienen ustedes, en diez palabras, una lección que a este país le vendría de perlas en tantos órdenes de la vida.

Hay más hallazgos. Los bardos, por ejemplo: una cofradía de trovadores desafinados que atraviesa el libro entero como un coro griego con catarro, cantando las hazañas de Titania con un oído musical capaz de poner en fuga a un regimiento. Su mejor momento llega cuando el hada, harta, los deja afónicos con un golpe de varita, y el leñador sentencia que les ha dado «el mayor regalo que un bardo puede ofrecer a su público: su silencio». Me reí en voz alta, lo confieso, y no es algo que me pase a menudo con los libros que llegan a mi mesa.

Ahora bien, no les voy a engañar, que no es mi costumbre. El libro tiene dos mitades, y no navegan con el mismo trapo. La primera, la de los episodios cortos en el bosque —el lobo gruñón, los gatos monteses, el topo solitario, el búho que custodia las luminarias—, es una sucesión de fábulas redondas, con humor y con moraleja, que cualquier crío de diez años leerá de un tirón y cualquier abuelo leerá en voz alta sin bostezar. La segunda mitad, en cambio, levanta el ancla y se echa a la mar grande: corazones de madera en los cuatro puntos cardinales, una ciudad flotante llamada Áureo, un bajel celeste, gárgolas de ceniza, islas de obsidiana, un oráculo, una biblioteca que va a la deriva. Ahí la prosa se carga de un vocabulario de altura —sizigia, antimateria, algoritmos, ósmosis— que a ratos le pesa a la historia como lastre mal estibado. El lector joven puede perder pie. El adulto, también, alguna vez.

Pero —y aquí está lo que me reconcilia con el libro— Titania no deja de caerse ni en las alturas. Tropieza con el dobladillo del vestido ante el Arquitecto de la ciudad celeste, manda un zapato de diamante rosa a un estanque de mercurio, acaba colgada del palo de mesana asegurando que la maniobra ha salido tal como la tenía planeada. Los autores saben que el batacazo es el ancla del personaje, y no la sueltan nunca. Ese es su acierto mayor: haber construido una heroína cuya grandeza no consiste en dejar de equivocarse, sino en levantarse cada vez con la nariz un poco más torcida y la dignidad intacta. Lo dice ella misma, en el último episodio, con una frase que firmaría cualquier veterano: «Mi magia no viene del cielo, viene de haberme caído tantas veces que ahora conozco el suelo mejor que tú».

Queda el anexo, que es una pequeña joya y que conviene leer al final, no antes. Es el poema burlesco del que, según explica la nota que lo presenta, nació todo el relato: una tirada de cuartetos —no voy a ponerme estupendo con la métrica— en la que un hada coja y la Reina de las Nieves firman la paz y deciden, juntas, mandar la cursilería al manicomio. Termina con un verso que podría servir de lema a toda la obra: «¡la gracia ha muerto, viva la patraña!». Hay en esa declaración de guerra contra el almíbar algo muy sano, algo que la literatura para niños —y para mayores— necesita como el agua.

Compren este libro. Para sus hijos, para sus nietos o para ustedes mismos, que nunca es tarde para aprender que quien se cae y se levanta sabe más del suelo que quien nunca ha tropezado. Léanlo despacio, episodio a episodio, como se leían antes las cosas que valían la pena. Y si alguna noche oyen desafinar a alguien en la escalera, no se enfaden: piensen en los bardos del Bosque Nevado y den las gracias por el silencio que vendrá después.

— Javier Pérez-Ayala