El brindis de un saqueador honrado

Conservo desde joven una manía que mis amigos toleran con la paciencia de los que ya me conocen: brindar a solas, en voz baja, por los muertos que me enseñaron a leer. No por los vivos, que esos se defienden solos, sino por los otros, los que dejaron versos sobre la mesa y se largaron sin pagar la cuenta. Lo cuento porque al cerrar este libro me descubrí haciendo precisamente eso, copa en mano y a hora indecente, como un sentimental cualquiera. Y un libro que te empuja a brindar con los difuntos, créanme, no es mercancía que se encuentre todos los días en el anaquel.

Ojos de Danubio Azul (Ohmenageries), que publica Ediciones Rilke, es la segunda singladura de un proyecto que Carlos Rodrigo —segoviano de 1973, toledano por elección— botó en 2020 con La casa de las fieras. El método, si es que merece tan solemne nombre, lo confiesa él mismo sin esconder la mano: estos poemas no son del todo suyos. Nacen de leer a otros. Agarra a Sharon Olds, a Leopoldo María Panero, a Borges, a Seamus Heaney, a Baudelaire; los lee hasta el tuétano, y después escribe lo que esa lectura le dejó dentro como un sedimento. Un abordaje en toda regla, sí. Pero un abordaje declarado, con bandera izada y sin alevosía.

La palabra que se inventó para nombrarlo —ohmenagerie— es un pastiche tramposo y simpático: el «oh» del asombro, el ménage de la mezcla, el homenaje de toda la vida y la ménagerie, esa casa de fieras donde antaño se exhibían los animales exóticos. Porque de eso se trata, a fin de cuentas: de una jaula donde el poeta encierra a sus bestias admiradas y las obliga a convivir. Cada sección lleva el nombre del poeta que la enciende, su retrato breve, un fragmento del original y, al lado, el poema propio que de ahí salió, rematado por la ilustración de uno de los siete dibujantes que acompañan el libro. Hay incluso imágenes paridas con inteligencia artificial, y volveré sobre eso, porque tengo opinión y no pienso callármela.

Les diré lo que me parece bien, que es casi todo. Me parece bien la honradez. Rodrigo escribe que muchos de estos poemas, una vez acabados, ni siquiera responden a la sensibilidad del poeta que los disparó. Es decir: roba, y avisa de que lo robado ha cambiado tanto de dueño que ya no se reconoce. Esa franqueza vale más que toda la palabrería de los que disimulan sus deudas. El que ha leído de verdad sabe que escribir es siempre escribir contra alguien y a favor de alguien, y que la originalidad absoluta es un cuento para incautos.

Me parece bien, sobre todo, que los poemas aguanten solos, sin la muleta del original. El de Panero —que titula, con ese descaro tan suyo, «Leopoldomaríapielroja»— es de los que se quedan: «Toso versos de hojalata / y escupo nubes de algodón sucio», escribe, y uno piensa en el viejo maldito de la familia Panero, en El desencanto, en los manicomios, sin necesidad de que nadie se lo explique. Hay ahí un arrepentimiento canalla, de bar a las tantas, cuando se arrepiente, entre paréntesis, de no haberse cruzado con Vicente Aleixandre: «Lo achaco a la incontestable razón que no haber salido a correr por las mañanas al parque». Esa carcajada amarga es pura literatura. No se aprende en los talleres.

No todo es Panero ni truculencia. Hay ternura, y de la buena, en el poema que levanta sobre el «Andamiaje» de Heaney, donde el amor es una obra en ruinas que conviene dejar caer sin miedo: «No temas por el andamio de nuestra casa / ya sé que está a punto de desmoronarse». Y hay un interludio de haikus —trece, como apóstoles— que demuestra que el hombre sabe cerrar la frase cuando hace falta: «Muere la gota, / deshilándose su amor / contra el cristal». Que nadie se llame a engaño: detrás del juego erudito hay un poeta que ha hecho los deberes y conoce el oficio.

¿Reparos? Alguno. El armazón es tan llamativo —tanta nota, tanto fragmento, tanto paratexto— que el lector perezoso puede quedarse en la arquitectura y no entrar nunca en la casa. Y lo de las ilustraciones de máquina, que sé que es moderno y que a muchos escandaliza, a mí me deja frío y caliente a la vez: frío cuando sustituye a la mano del hombre, caliente cuando el propio libro lo asume sin coartadas y lo convierte en parte del asunto. Rodrigo, al menos, no lo esconde. Otra vez la honradez, que es la virtud que recorre el libro de proa a popa.

El barco atraca, como debe, en un «Brindis» final que el autor levanta sobre los versos de Santiago Sastre y que es, ni más ni menos, la razón de mi copa nocturna. Una letanía que empieza por lo frívolo —«por los pechos insolentes», «por las palabras de honor / por el honor de las palabras»— y termina donde terminan todas las cosas serias: «Por los que ya no están / Por los que no estamos / Por los que nunca estuvimos». Y se cierra con el poeta prometiendo volver «cuando ya no haya nadie / a beber la última copa / y a escribir este poema». Pónganse como quieran: eso es un final, y de los grandes.

Hay más, claro. Hay un «Informe Haedo» que es puro Borges pasado por la imaginación de un encuadernador de sueños, con esa idea tan del ciego de que entre los libros de la biblioteca «hay alguno que ya nunca abriré». Y hay unos haikus de cine negro donde Rodrigo le roba descaradamente a Javier Marías y a Aleixandre sus mejores títulos —«espadas como labios», «negra espalda del tiempo»— y los encaja en tres versos con la frialdad de un sicario: «Cae el telón / negra espalda del tiempo / fundido en rojo». Uno lee eso y entiende que el hombre no juega a la literatura: la practica con nocturnidad y premeditación. El prologuista, José Félix González-Encabo, lo llama «adorable ¿psicópata?», y no le falta razón. A los poetas de verdad conviene tenerlos vigilados, porque cuando se ponen serios hacen daño del bueno.

Lean este libro. Léanlo despacio, sin saltarse las notas pero sin quedarse en ellas, que es como se leen las cosas que costaron trabajo. Y después, si tienen con quién y con qué, brinden. Por Rodrigo, por los muertos que le prestaron la voz, y por ese vicio impune de seguir escribiendo poemas cuando hace tiempo que deberíamos haber aprendido a callarnos.

— Javier Pérez-Ayala