Hay una manía que conservo de mis tiempos de reportero, y es la de desconfiar del silencio. En las guerras, el silencio nunca anuncia paz: anuncia que alguien está cargando, o que ya ha disparado y aún no ha llegado el ruido. Por eso, cuando un libro empieza con un hombre que regresa de noche con una mancha de sangre seca en la manga y un vecino que se atreve a preguntarle y solo obtiene como respuesta un vacío que parece tragarse el aire, uno sabe que está ante alguien que entiende cómo funciona el miedo de verdad. No el de las películas. El otro.

Paz Clavel —seudónimo, dicen, de una escritora de origen búlgaro— debuta con Instrumento, y permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando un libro me importa: hacía tiempo que una primera novela no me sujetaba a la silla con esta clase de mala educación. Tiene la apariencia de un thriller, y lo es. Hay un ejecutor, Matías, que mata por encargo de algo que no se nombra y que actúa allí donde la justicia no llega o llega tarde. Hay una vecina que lo ve. Hay una maleta que viaja de Madrid a Nueva York y a Hong Kong sin que nadie sepa qué lleva dentro. Pero quien se quede en la superficie del género se perderá lo que de verdad importa, que es lo que late debajo.

Y lo que late debajo es una pregunta incómoda, de las que no se contestan en la barra de un bar por mucho vino que uno haya echado: qué se hace cuando la ley no hace su trabajo, y qué precio paga el que decide hacerlo por su cuenta. Clavel no responde. Hace algo más difícil: nos mete en la cabeza del que mata y nos prohíbe juzgarlo desde la grada. «Hay un momento —escribe— en el que deja de importar lo que haces y empieza a importar en qué te has convertido.» Subrayé esa frase. La subrayaría dos veces si el libro fuera mío y no de la biblioteca.

Lo que más me gusta de esta mujer es lo que se niega a hacer. No estetiza la violencia. La cuenta con una frialdad de parte médico —«manos limpias, suelo sin rastro evidente»— y deposita los cadáveres «con cuidado, no por respeto, sino por sentido del orden». Ahí está el escalofrío, fíjense ustedes: no en la sangre, que casi no se ve, sino en el orden. En un país que confunde la truculencia con la literatura, una autora que entiende que el horror se sirve frío merece que le hagamos una reverencia.

Porque Instrumento es, en el fondo, una novela sobre algo que conozco bien de las guardias y las retaguardias: la omisión. Eso de mirar para otro lado mientras al de al lado lo muelen a palos. «La violencia directa deja heridas visibles —avisa el libro—. La omisión no.» El niño que late en el origen del verdugo no lo destruyeron solo los matones del patio que le aplastaron un llavero con forma de conejo azul; lo destruyeron los adultos que fingían no ver. Y al final, cuando todo se sabe, el país entero repite la coartada de siempre, esa que he oído en demasiados sitios: «yo no lo hubiera imaginado nunca.» Mentira. Nadie quiso imaginarlo.

La novela está armada como un barco bien aparejado: capítulos que saltan en el tiempo, recortes de prensa, una carta que llega tarde, una entrevista de televisión. Uno no lee, uno investiga, y va atando cabos con la sospecha de que el cabo importante se le escapa. Es una arquitectura difícil de gobernar, y Clavel la gobierna sin que cruja la quilla. Que un debut tenga este pulso no es frecuente. Se lo digo yo, que he leído más naufragios narrativos que telas hay en el Prado.

No es un libro perfecto. Acumula material en el último tramo, y algún secundario pasa de puntillas. Pero son rasguños en el casco, no vías de agua. Lo que sostiene la travesía —la voz, la frialdad, la negativa a regalarnos el consuelo del culpable castigado— está intacto de la primera página a la última. Aquí no hay justicia restaurada ni monstruo abatido. Hay comprensión, que es más incómoda, y por eso vale más.

Compren este libro. Léanlo despacio, sin prisa, que es como se merece todo lo que costó trabajo hacer. Y cuando lo cierren, mírense un momento en el espejo y pregúntense cuántas veces, por comodidad, han preferido no mirar. La respuesta no les va a gustar. La buena literatura sirve, entre otras cosas, para eso.

— Javier Pérez-Ayala