Una mano que cambia de temperatura
Conozco pocos lugares más honrados que el pasillo de un hospital a las cuatro de la madrugada. Allí nadie posa. Las máquinas pitan cuando les da la gana, los médicos corren o no corren, y los hijos —esos hombres hechos y derechos que de pronto vuelven a tener diez años— se quedan de pie junto a una cama sin saber muy bien qué hacer con las manos. De esos pasillos saqué una lección que no viene en ningún manual: ante la muerte de un padre, la retórica sobra. Lo que queda es el detalle. El frío de unos dedos. Un abanico de cartón.
Me acordé de todo eso leyendo La respuesta (El amor es más que la vida), el primer poemario de Alejandro Lama Prada. Sevillano del 78, licenciado en Derecho y empleado en la administración de la Universidad de Sevilla, Lama Prada ya había contado otras cosas en prosa y en géneros mezclados —Cicatrices mojadas, Theia y sus géneros, Erteado y acovidado: nivelao— y ahora se arriesga con el verso para atravesar, a cara descubierta, la muerte de su padre. El duelo es el territorio más transitado de la poesía y, por eso mismo, el más minado. Por cada elegía que se tiene en pie hay cien que naufragan en la primera ola de adjetivos. Jorge Manrique dejó el listón a una altura que da vértigo, y desde entonces cualquiera que escriba a su padre muerto navega, lo sepa o no, con ese casco a la vista.
El libro se ordena en tres tramos que funcionan como las etapas de una travesía. Abre un breve poema de agradecimiento —a un ángel, a una mariposa cuyo regalo el autor no detalla, y hace bien en no detallarlo— y luego vienen “Aproximación”, con diez poemas; “En tránsito”, con ocho; y “Seguimos”, con nueve. La lógica es de una claridad casi notarial: antes, durante y después. Nada de artificio. Un hombre que cuenta lo que le pasó en el orden en que le pasó, y que de paso declara su poética sin rodeos en “Horizonte unido”: «No, / no es una idea la poesía. / Es una emoción». Ahí está el programa entero, con sus virtudes y —ya llegaremos— con su riesgo.
“En tránsito” es, con diferencia, lo mejor del libro, y lo es porque ahí Lama Prada deja de explicar y se limita a mirar. “Tu mano” abre con tres versos que valen por un tratado: «Tu mano estaba fría / y antes de irme / su temperatura cambió». No hay metáfora. No hace falta. Quien haya sostenido la mano de un moribundo sabe de qué habla. En “La risa que no escuché” el hijo gasta una broma junto a la cama y el padre ríe, y el poeta tiene el coraje —porque es coraje, créanme— de escribir que en el hospital «se desfigura tu cara sin dentadura / y vuelves a reír». Eso es lo contrario de la cursilería. Eso es ver.
Pero el poema que me obligó a cerrar el libro un rato y quedarme mirando la pared es “Duelo de amor”. Versos cortos, casi telegráficos, como partes de guerra: «Rosario cantado, / cartón de abanico». Luego, «Máquinas avisan, / los médicos corren». Y entre medias, repetido como un estribillo que se va quedando sin aire, «Tú sobrevolabas». Cómo termina no se lo voy a contar; basta decir que los tres últimos versos cierran el poema como se cierra una puerta que ya no va a abrirse. Ese rosario y ese abanico valen más que diez estrofas sobre el más allá.
“Mar de nubes” es el poema más largo y más ambicioso de la sección, y en él están las últimas palabras del padre: «Hola hijo». Dos palabras. Todo el libro, si me apuran, gira alrededor de ellas. El poema sale de ahí hacia el cielo —nubes, alas, hélices— y encuentra una imagen de mucha dignidad: «Iré construyendo tu orgullo de padre / en esas nubes que se lleva el viento». Y “Recuerdo” cierra el tramo con un inventario de lo que queda cuando alguien se va: «El sabor de una copa / de solera compartida», la colonia por el pasillo, «el humo de tu cigarro / me acompaña a la cama». Eso es un padre de carne y hueso, no una alegoría.
La primera sección tiene aciertos de otra clase. “Huellas de amor” recoge una ocurrencia infantil —las nubes como «Algodones de azúcar / que a los ángeles / han sobrado hoy»— y la convierte en otra cosa con un dístico seco: «Escuchar la muerte / también es vivir». “Desolación” arranca con un verso de buena factura, «Desnuda la roca de la mar vacía», y se atreve a «navegar por el desierto oceánico» del amor, imagen arriesgada que se sostiene. Y el título del libro sale de “El sendero”, donde el poeta coloca la clave de todo en cuatro versos humildes: «Sintiendo / mi pregunta, / a tu espalda / la respuesta». Esa espalda —la de la vida que se mueve detrás de nosotros, la de la muerte— vuelve una y otra vez, en “Desde el tacto”, en “Maderas”, en “Ya no eres tiempo”. Es la costura que une el libro, y está bien dada.
Ahora bien. Permítanme ser directo, que la cortesía mal entendida es una forma de engaño. El riesgo que anunciaba aquella poética de “Horizonte unido” se cumple a ratos. Cuando Lama Prada nombra lo concreto —la dentadura, el rosario, la solera, el cigarro— el poema navega con la línea de flotación en su sitio. Cuando se entrega a las palabras grandes —alma, esencia, infinito, eterno, sentir, amor—, que en el libro son muchas y se repiten mucho, el casco se le carga de lastre y el barco escora. “Sempiterno” es más declaración que poema. “Tu regalo” desliza unos versos que pertenecen a otro registro, casi al de un folleto de bienestar: «La información vibra / al ritmo del corazón». Y en “Umbral de pasión” se cuela un tecnicismo, «mi sistema límbico», que rompe el clima como un teléfono que suena en un funeral. Además, “Seguimos”, por su naturaleza de consuelo, tiene menos tensión que el tramo central, y algunos poemas repiten con menos filo lo ya dicho. No es pecado mortal, pero el lector lo nota. Una mano más severa a la hora de escoger habría dado un libro más corto y más duro, que en poesía suele querer decir mejor.
Dicho lo cual, “Seguimos” guarda también sus pequeñas joyas. En “Restos de vida” está uno de los hallazgos más limpios del conjunto: «No me sorprende / que tus cenizas / huelan a mar». “Luna de sangre” recoge, por cierto, las palabras «de cicatrices mojadas», que ya dieron título a un libro anterior del autor. Y “El cuarto de la costura”, que cierra el volumen, presenta a alguien que cose «A punto de cruz» y a quien no le gusta dejar «hilo suelto», cerrando así el círculo que abría “El hilo amarillo” en la primera sección. Lo que ese último poema confía al lector, búsquenlo ustedes.
Vuelvo al pasillo del hospital. Lo que uno aprende allí es que la muerte no se explica; se acompaña. Este libro, en sus mejores páginas, hace exactamente eso: acompaña. No es un libro perfecto, ni falta que le hace, porque la perfección en un primer poemario suele ser síntoma de que el autor no se ha jugado nada. Lama Prada se ha jugado bastante: la cara de su padre sin dentadura, dos palabras dichas al final, el humo de un cigarro en la almohada. Léanlo despacio. Léanlo, sobre todo, si han perdido a alguien, o si todavía no, que es peor, porque les tocará. Y fíjense en esa mano del tramo central, la que cambia de temperatura. En eso, y no en las palabras grandes, está la respuesta.
— Javier Pérez-Ayala
