El hombre que salió a comprar el pan
Tengo desde hace años una manía privada que no pienso justificar: leo los libros que hablan de guerras con el televisor encendido y sin sonido al otro lado del cuarto. No es morbo, es un control de calidad. Quiero saber si lo que tengo en las manos aguanta la competencia de las imágenes, y casi nunca la aguanta. La poesía escrita al calor de una invasión suele ser un álbum de titulares con los versos cortados donde el autor respiraba, y uno acaba subiéndole el volumen al telediario. Con La Resistencia, de David García Gutiérrez, me ocurrió lo contrario: a la media hora apagué el aparato. Y eso, se lo aseguro, no lo consigue cualquiera.
El índice —cerca de setenta poemas— se lee como la portada de un periódico de los últimos cuatro años: “El hospital infantil de Mariupol”, “Central nuclear de Zaporiyia”, “La estación de tren de Kramatorsk”, “Crimenes de lesa humanidad: la matanza de Bucha”. Ahí está el primer riesgo, y el autor lo sabe: cuando un poema se titula como un teletipo, la tentación es rellenarlo con el teletipo. García Gutiérrez cae alguna vez, y luego lo diré sin anestesia. Pero en sus mejores momentos hace justo lo contrario: toma el titular, lo vacía de cifras y mete dentro a una persona sola. El de Bucha arranca con una orden dada a los cadáveres —«Que hablen los muertos.»— y termina señalando al que lee desde el sofá: «cómplices silenciosos, / consentimos la barbarie.». Ni una estadística en todo el poema. Funciona.
El libro entero descansa sobre un puñado de textos, y el mejor de todos es “Comprar el pan en Chernigov”. Es el monólogo de alguien que todavía no sabe que está muerto: «A pesar de las cadenas / he salido a comprar el pan / y no he vuelto.» A partir de ahí el poema hace lo que no sabe hacer el noticiario: describir la herida desde dentro, con un inventario que no es metafórico sino anatómico —«donde estuvieron antes / la tráquea, / las arterias, / las venas y los nervios.»—, y desembocar en una escena que no se olvida. El panadero no tiene harina, «el vendedor me ha dicho / que no tiene harina», y de esa falta de harina salta, sin transición, a los muertos sin enterrar y a los lobos. El hambre, la fosa y una promesa incumplida a los hijos en poco más de veinte versos. Ahí no sobra una sílaba.
Conviene saber que el autor es médico —doctor por la Complutense, con su trabajo asistencial en Madrid—, porque eso explica la mejor veta del libro y también alguno de sus tropiezos. La veta es esta: donde otros poetas ponen adjetivos, él pone semiología. En “Invasión y metástasis” la ocupación de un país se cuenta como un tumor que coloniza tejidos, y la enumeración que viene detrás —«junto al rubor, / el dolor, / el calor, / el tumor,»— no es un adorno sonoro: son los signos clásicos de la inflamación, los que se aprenden en primero de carrera. Quien los reconozca leerá el poema dos veces; quien no, se llevará igualmente el escalofrío. Y en “El hospital infantil de Mariupol” el arranque —«En los nueve meses de embarazo / en la trinchera, / no cantaron las sirenas para los niños»— cruza la sirena de la alarma antiaérea con la sirena de Homero sin detenerse a explicarlo. Y no hacía falta.
La otra columna del libro es la voz del desplazado, y ahí el autor toma una decisión arriesgada: levantar un poema entero por acumulación de negaciones. “Yo, el refugiado” arranca negándose a sí mismo y sigue restando verso a verso —«No tengo nada. / No represento nada. / No soy nadie.»— hasta que ya no queda nada que quitar; solo entonces, agotada la resta, pide algo: «Porque yo no soy el enemigo.» La anáfora, que en otras páginas del volumen es un tic de repetición, aquí es el argumento mismo. El vacío no se puede decir de otra manera que vaciando.
Y ahora el reparo, que lo hay y es de tamaño. “El gran dictador” es el poema más largo del libro, cuatro páginas, y también donde el autor se desborda. La idea de partida es buena: tres resurrecciones sucesivas —«Si Fiodor Dostoievski / levantase la cabeza,», y luego Tolstói, y luego Kandinsky—, cada uno reescribiendo su obra a la luz de esta guerra. Con Dostoievski funciona: el Idiota encarnado en un burócrata del miedo es un hallazgo. Con Kandinsky ya cruje, porque el texto se detiene a preguntarse por tonalidades y composiciones como quien repasa un catálogo de museo. Y el final se cae entero. Después de decenas de versos de tensión sostenida, el poema desemboca en esto: «solo fortaleciendo / los lazos de la ciencia, / la investigación, / la innovación, / el desarrollo,». Eso no es un verso, señores. Eso es el punto tercero de una moción aprobada por unanimidad. La poesía se acaba justo donde empieza la agenda institucional, y aquí se acaba bastante antes de que se acabe el poema.
No es el único desliz, aunque sí el más grave. Hay dos textos que confunden el ingenio con el hallazgo. En “Los payasos de la guerra: el circo de los horrores” la tragedia termina resuelta en juego fonético —«Contorsionistas, / contusionados.»—, y el chiste, por bueno que sea, le quita al poema lo que el poema venía a pedir. Y en “A veinticinco kilómetros de Polonia” la invasión se cuenta en clave futbolística: «Contengo la respiración / a la espera del VAR». Entiendo la intención, que es denunciar la indecencia de mirar una guerra como se mira un partido, pero la metáfora se lleva por delante al poema y además envejecerá antes que él. Dentro de quince años habrá que explicarle a alguien qué era el VAR. No habrá que explicarle qué fue Bucha.
A cambio, hay una pieza que no entrará en ninguna antología y que me ha arrancado la sonrisa torcida que corresponde. Se titula “Geopolítica en la granja”, no llega a veinte versos y hace lo de Orwell sin mencionarlo ni una vez: va repartiendo el hambre entre los animales hasta que ya nadie da nada a nadie. «En esta granja de mierda / los cerdos no comen pienso.» Es el único taco del libro y está exactamente donde tiene que estar. Un autor que se guarda su única palabrota para la página sesenta y siete es un autor que se ha leído a sí mismo con frialdad, que es la única manera decente de leerse.
El volumen cierra con “Una ventana al futuro”, una letanía de ocho declaraciones que empiezan todas por el mismo verbo y que, después de tanto escombro acumulado, suenan a lo que son: un hombre plantándose. «Defiendo, / una ventana sin dioses.» Ahí está, en cuatro palabras, la posición moral entera del libro, que no es la del patriota ni la del creyente, sino la de quien ha visto demasiadas camas ocupadas: defender la casa, los hijos y la lección del maestro, y dejar a los dioses fuera del asunto. La dedicatoria va a las víctimas silenciosas y a los refugiados que huyen sin horizonte, y por una vez una dedicatoria así no suena a formulario de imprenta. El libro la cumple, que es lo difícil.
Léanlo, pues. No de un tirón, porque tantos poemas sobre la misma herida acaban anestesiando —y ese, dicho sea de paso, es el otro riesgo que el autor no siempre sortea—, sino de diez en diez, salteado, dejándolo reposar como se deja reposar la masa. Y si alguno se pregunta para qué sirve hoy un libro de versos sobre una guerra que sale cada noche en los informativos, le remito al poema que lo contesta mejor que yo: en “Última hora: cuatro años de invasión, en directo” el espectador cambia de canal y lo que encuentra al otro lado es esto, «es mi propia sombra / reflejada en la pantalla.». Por eso apagué el televisor. Y por eso, cuando terminé el libro, volví a encenderlo.
— Javier Pérez-Ayala
