Un niño sin dedos y las golosinas

Permítanme empezar por una mesa. Durante años he conservado la costumbre —manía de lector viejo, si quieren— de fijarme en las dedicatorias antes que en los poemas, porque en ellas el autor todavía no se ha puesto el uniforme. La de este libro va «a los artistas vascos», a una hermana a la que llama «mi alegría favorita, Sofi», a unos amigos «de La Cuarta Mesa» y a una tal Irene, «tan ahora como aquí». Ahí tienen ustedes, antes de la primera página, el mapa entero del asunto: un poeta que escribe rodeado de gente, en una mesa compartida, y que no se avergüenza de decirlo. Eso, en los tiempos que corren, ya es una forma de coraje.

El arte de decirnos existí, de Cristian Avecillas Sigüenza, publicado este año por Ediciones Rilke, es un libro de poesía que no pide permiso. Lo firma un hombre que, según la solapa, ha sido poeta, cantautor, dramaturgo, gestor y periodista cultural, y se le nota el oficio de escenario: estos versos están hechos para decirse en voz alta, con la mano abierta sobre la mesa. Ocho partes, de «Sálvate» a «Supervivencia poética: materia y gratitud», y una sola pregunta que vuelve como vuelve el oleaje a la misma roca: para qué sirve la poesía cuando vivir se pone cuesta arriba.

Les diré una cosa. He leído mucha poesía que se mira el ombligo y muy poca que se atreva a contestar a esa pregunta sin esconderse detrás de la niebla. Avecillas contesta. A veces contesta demasiado, y a eso volveré, pero contesta con una claridad que se agradece. En la primera parte, organizada en piezas con títulos como «Para resistir», «Para amar» o «Para sobrevivir», cada poema se remata con una coda breve, casi un refrán, que arranca siempre con la misma fórmula de esgrima: no es que esto, es que lo otro. Y algunas de esas estocadas entran limpias hasta la empuñadura. Fíjense en esta: «No es que el arte sea un propósito, / es más bien una añoranza: / un niño sin dedos aprende a conseguir más golosinas / con los pies.» Ahí no hay adorno. Hay una imagen dura, casi de hospital de campaña, puesta al servicio de una idea que cualquiera que haya escrito algo en serio reconoce como cierta.

En la segunda parte, «Espíritu y animal», el registro pasa de la esgrima al grito. Varios poemas arrancan con una palabra seguida de «alarido» —anécdota, semántica, estética, poética, oráculo—, y la consigna que se repite es una sola: sálvate. «El arte no es bello, / aúlla lo bello, / porque todavía hay algo que salvar.» Ahí el poeta se parece al vigía que da la voz de alarma desde la cofa mientras el resto de la tripulación duerme. No es cómodo. No pretende serlo.

El libro tiene, además, una moral explícita, y eso a mí me parece bien. Avecillas no escribe para quedar bonito en una antología escolar; escribe tomando partido. En la tercera parte, «Decir persona», donde abundan los poemas en prosa, hay una pieza titulada «Decir especie humana» que es un parte de guerra en seis líneas y que termina así: «Como especie poética, hacemos la guerra para dar. / Como especie política, hacemos la guerra para robar.» Uno puede discutir el maniqueísmo de la oposición —la política no es solo saqueo, ni la poesía solo dádiva—, pero no puede negarle al autor la valentía de decirlo sin anestesia. Y en «Decir moral» resume en dos versos lo que a otros les cuesta un tratado: «Para la moral publicitada primero es el pan. / Para la moral poética primero es el hambre.»

Hay otro asunto que conviene señalar, y es la presencia de la máquina. Avecillas, que según su nota biográfica ya había dedicado un libro anterior a la inteligencia humana frente a la artificial, vuelve aquí sobre el tema con desconfianza de artillero viejo. En «Felicidad sin parecerse» pide algo tan sencillo y tan difícil como esto: «ojalá que cuando más necesitemos, / nos atienda una persona / y no una máquina». Y en «El conocimiento» dispara sin rodeos: «Aunque la inteligencia artificial sea robar con matemáticas, / si decimos rostro ya no hay rostro, hay cicatriz.» No sé si el verso es justo; sé que es claro, y que hoy la claridad escasea más que el talento.

Ahora bien, no les voy a vender la moto. Un libro que se construye sobre aforismos corre el riesgo de los aforismos, que es el de la ametralladora: cuando todo es ráfaga, el oído se acostumbra al estruendo y deja de distinguir el disparo certero del de relleno. La fórmula del «Qué, sino» y la del «No es que» funcionan las primeras veces como un golpe de remo; a la décima, el lector ya sabe hacia dónde va la barca. Hay páginas en que la abstracción se come a la imagen —«la realidad es campo», repetido hasta la saciedad en «Para conseguir»— y uno echa de menos un objeto, una calle, una cara. Y la última parte, una sucesión de citas emparejadas en la que nombres que no figuran en los manuales alternan con Mary Oliver, Virginia Woolf, Antonio Machado o Sun Tzu, tiene más de homenaje que de poema. Es un gesto noble. No sé si es un gesto literario.

Dicho esto, lo que queda en pie es mucho. Queda un poeta que cree en lo que hace y que lo dice sin ironía de salón. Queda una idea —la de que escribir existí es dejar la puerta abierta para que otro pueda decirlo también— formulada con una precisión que envidiaría más de un catedrático: «La belleza de decirnos “existí” es que alguien más pueda decirse.» Queda una ética de la mesa compartida, de la tribu, que el propio libro nombra cuando habla de «intentar una belleza y hacer tribu». Y queda, sobre todo, una convicción que yo comparto desde hace muchos años: leer y escribir son formas de no rendirse, de mantener la guardia cuando todo invita a bajarla.

Cierro donde empecé, en la mesa. Al final del libro, después de todas las citas y de todos los nombres, aparece una línea que no es un verso sino una consigna: «Hasta la poesía siempre». Me hizo sonreír, lo confieso, por lo que tiene de pancarta. Pero también me hizo pensar que hay pancartas peores, y que la mayoría de las que uno ve por ahí no llevan detrás ciento y pico páginas de trabajo. Lean este libro con calma, de pie si hace falta, en voz alta si se atreven. Y cuando lleguen a la coda que dice que los artistas no son espejos sino «ventanas, / para que los que se van a amar se vean llegar», asómense. Merece la pena.

— Javier Pérez-Ayala