Dos métricas para una misma sombra

La poesía escrita hoy en español ha convertido la enfermedad mental en uno de sus territorios más transitados, y no siempre con fortuna. La abundancia ha traído consigo un riesgo previsible: el del testimonio que se conforma con nombrar el padecimiento y confía en que la gravedad del asunto sostenga aquello que el poema, por sí mismo, no sostiene. Frente a esa deriva merece la pena detenerse en los libros que, partiendo también de la experiencia directa, se plantean antes que nada un problema de construcción. Cuando falta la ansiedad, de Daisel Lozada Fernández, pertenece a ese segundo grupo, y conviene decirlo desde el principio porque su condición de primer libro podría llevar a despacharlo con la benevolencia distraída que se reserva a las óperas primas.

Publicado por Poesía eres tú, el volumen es la primera entrega de un autor nacido en Cuba en 1976 y residente en Asturias, licenciado en Idioma Inglés y con una trayectoria profesional vinculada al periodismo y a la traducción. No hay tras él un recorrido editorial previo ni una inserción visible en los circuitos de la poesía española contemporánea. Esa ausencia de genealogía resulta pertinente para leerlo: explica tanto la libertad con que toma ciertas decisiones formales como la falta de vigilancia que lastra algunas de ellas.

La decisión que articula el libro es de naturaleza enunciativa. A lo largo de treinta y seis poemas repartidos en cuatro secciones, el autor sostiene una segunda persona dirigida a la enfermedad, mientras la persona que la padece permanece siempre en tercera. Se configura así un triángulo pronominal poco habitual —un tú que es la dolencia, una ella que la sufre, un yo que observa desde fuera— que el libro no abandona en ningún momento. Lo interesante aquí reside en que esa constancia no obedece a un capricho retórico: es el andamiaje que permite tratar la enfermedad como agente y no como estado, con todas las consecuencias que de ello se derivan.

La principal de esas consecuencias es la lógica territorial que gobierna el conjunto. La ansiedad, en estos poemas, no enferma: ocupa. Se adueña, acampa, se instala, domina un terreno que antes pertenecía a otra. «Te instalaste en sus sentidos / como un huésped clandestino», se lee en el primer poema, y la imagen de la ocupación se extiende después a la casa entera, perdida habitación por habitación en el cuarto poema del libro. De ese planteamiento se sigue, con coherencia, que la sección final no narre una curación sino una reconquista: el regreso a las calles, al parque, a los colores. El libro está pensado, no solo sentido.

Conviene detenerse en su rasgo formal más llamativo, que es la convivencia de dos poéticas distintas. Una parte de los poemas se escribe en estrofas octosilábicas de rima consonante, de filiación popular evidente, con la cadencia de la décima y del cancionero; otra parte adopta un verso libre de dicción analítica que incorpora sin complejos el léxico de la clínica y del diagnóstico. La primera modalidad obtiene su rendimiento de una correspondencia feliz: el encierro métrico reproduce el encierro del sujeto, y la rima obligada funciona como una forma audible de la compulsión. La segunda alcanza los hallazgos verbales más memorables del libro, entre ellos el que denomina «un divorcio incomprendido» a la escisión entre la mente y el cuerpo, o el que describe la oscuridad con una fórmula exacta: «No es ausencia de luz: / es una densidad que brilla».

Merece la pena subrayar asimismo la construcción del centro emocional. El libro difiere hasta muy avanzado su recorrido la revelación de una muerte anterior, la de la madre del autor, que hasta ese momento solo había latido bajo el texto como una amenaza sin nombre. Cuando aparece, lo hace en unos pocos versos, sin ampliación ni énfasis, y obliga a releer retrospectivamente todo lo precedente. La poesía del duelo ha ensayado muchas veces ese mecanismo de revelación diferida; pocas veces lo administra un autor primerizo con tanta contención.

No obstante, la convivencia de las dos poéticas plantea un problema que el libro no llega a resolver. Nada en su arquitectura permite deducir por qué un determinado contenido se vierte en décima y otro en verso libre: la alternancia responde antes a la disposición del autor en cada momento que a un principio compositivo reconocible. Un lector atento echará en falta esa ley interna, y la echará en falta precisamente porque el resto del libro sí la tiene. A ello se añade una segunda objeción, de orden más localizado: la rima consonante fuerza en varias ocasiones el final de verso, y aparecen palabras elegidas por su terminación antes que por su necesidad. Son deslices menores, pero reiterados.

Tampoco resulta del todo ajustada la dicción analítica cuando el poema, después de haber alcanzado una imagen precisa, se demora en explicarla. Ocurre sobre todo en los textos más extensos de la segunda sección, donde la voluntad de claridad acaba desactivando lo que la elipsis había logrado. El libro es mejor cuando calla que cuando aclara, y su autor parece saberlo en unos poemas y olvidarlo en otros.

Estas reservas no invalidan el conjunto. Cuando falta la ansiedad se sostiene por la firmeza de su posición enunciativa y por una honestidad que se advierte sobre todo en el desenlace: la última sección admite que el regreso no es completo y que persisten huecos sin nombrar. En un género tan proclive a la reparación consoladora, esa renuncia al final redondo constituye un valor crítico y no solo moral.

Conviene añadir que el libro se beneficia de una circunstancia que su autor no podía calcular: la de llegar sin el peso de una tradición asumida. Quien escribe estos poemas no parece estar respondiendo a ningún debate poético en curso, y esa desconexión, que en otros casos produce anacronismo, aquí permite que la décima popular y la dicción clínica se encuentren sin que medie la incomodidad que una escuela habría impuesto. Es un hallazgo involuntario, pero es un hallazgo.

Queda, en fin, un primer libro que se lee con interés sostenido y que deja una pregunta abierta sobre lo que vendrá después: si su autor encontrará la ley que ordene esas dos métricas suyas o si preferirá seguir alternándolas por intuición. De la respuesta dependerá buena parte de lo que esta voz, ya reconocible, pueda llegar a ser.

— Antonio Graña Ojeda