Un pino donde no toca
En los campos de España hay árboles que no están donde deberían estar. Cualquiera que haya caminado entre viñas o rastrojos lo sabe: de pronto, en mitad de una hilera ordenada por generaciones de azada, aparece un pino solo, o una encina que nadie plantó, o un majano que el arado esquiva sin que nadie explique por qué. Pregunten ustedes en el pueblo. Les mirarán de lado, les hablarán del tiempo, les ofrecerán un vino. Y se callarán. En este país hemos aprendido a callar con una disciplina que ya quisieran muchos regimientos, y ese silencio tiene raíces, literalmente, en la tierra.
Loli G. García —que publica ahora en Ediciones Rilke Con tres heridas, después de Como mariposas muertas y De Natura, según cuenta en el prólogo Ángela Serna— ha ido a sentarse bajo uno de esos árboles. Lo hace al final del libro, en un epílogo de tres poemas que es, a mi juicio, lo más serio de todo el volumen. El primero se titula “Solitario pino mediterráneo” y arranca con una mirada desde la ventana: las viñas que bajan renqueantes hasta el río y, al fondo, la silueta de un pino. Hasta ahí, paisaje. Luego la autora vuelve la cabeza hacia aquellos años difíciles que no necesitan fecha para que cualquier lector español sepa cuáles son, y aparece él, «un hombre con alpargatas y boina» que salía cada amanecer a cuidar sus cepas. «En su zurrón, llevaba piñones para engañar al hambre».
Fíjense en el verso. Ni un adjetivo de sobra, ni una lágrima impostada. Esos piñones dicen más del campo español de entonces que cuarenta páginas de manual. Y enseguida, sin estridencias, el hombre desaparece. «Los pocos valientes que le querían / retornaron a sus casas enmudecidos durante años». Ahí está todo, señoras y señores: la cuneta sin nombrarla, el miedo sin nombrarlo, un pueblo entero con la boca cosida. Lo que viene después es de una crudeza botánica que eriza la piel, porque el pino que hoy se levanta entre las viñas creció de los piñones del zurrón y del cuerpo magro de aquel campesino. El árbol es a la vez tumba y lápida. No hay bando, no hay pelotón en escena, no hay banderas. Hay un pino donde no toca. Y eso, créanme, es poesía de la memoria de la buena, la que sabe que el horror se cuenta mejor en voz baja.
Por eso duele un poco que la autora no se fíe del todo de su propia imagen. En la estrofa final, cuando el poema ya lo ha dicho todo, añade que lo escribe para que el pino crezca libre y sea «denuncia viva / de un pasado al que no queremos retornar». El poema no lo necesitaba: el árbol era denuncia desde el instante en que supimos qué lo había nutrido. Explicarlo es como el oficial que, después de una carga bien dada, se vuelve para contarle a la tropa que ha sido una buena carga. Sobra. Es el vicio de quien tiene algo importante que decir y teme que no se le oiga, un vicio honrado, pero vicio al fin. Consta al pie que el poema obtuvo una mención de honor en un certamen de la Asociación Le Ragunanze de Roma. Con esos tres versos menos sería todavía mejor.
El título del libro procede de Miguel Hernández, de aquel poema del Cancionero y romancero de ausencias donde el de Orihuela se sabía herido de amor, de muerte y de vida. La autora ordena el volumen en esas tres secciones —dieciséis poemas para el amor, quince para la muerte, veinte para la vida— y abre cada una con versos hernandianos. Serna recuerda en el prólogo que Hernández, junto a Gabriel Celaya y Blas de Otero, dio forma temprana a los intereses sociales y políticos de la autora. Es verdad, pero no conviene engañarse: el grueso del libro no va por ahí. La mayoría de estos poemas son íntimos, de alcoba y de parto, de cuerpo que enferma y se gasta. La estirpe de Celaya y de Otero asoma solo en algunos rincones. Pero cuando asoma, el libro cambia de temperatura.
Ocurre, por ejemplo, en la sección de la muerte, con dos poemas que forman pareja y merecen lectura atenta. En “El Fortín” alguien levanta una casa piedra a piedra y la convierte en museo improvisado de un legado que el tiempo se lleva por el sumidero. Y aquí la autora hace lo que mejor le sale, que es nombrar las cosas por su nombre: «Horcas y horquillas, / bieldos, guadaña, la hoz y sus dediles». Luego celemines, fanegas, cántaros. Quien haya tenido abuelos de pueblo sabe que esa enumeración no es decorado sino inventario de supervivencia, la ferretería de un país que araba a mano. Al final descubrimos que todo eso es también refugio frente a la muerte de un hijo, y el catálogo agrícola se convierte en otra cosa, más honda y más triste. “Vivir muriendo” recorre esa casa por dentro: tejas vetustas, encinas centenarias, un silencio acumulado en capas que tapa la tristeza y el miedo, y un cierre seco que no explica nada y lo dice todo: «Todo en su sitio, perfecto / hace más llevadero el vivir muriendo». Eso es oficio. El orden como trinchera contra el dolor, algo que cualquier viejo soldado entiende sin que se lo cuenten.
El epílogo sigue con “La vida quiso”, que según la nota al pie obtuvo el primer premio del Certamen Literario Menéndez Pelayo de Santander. Habla una refugiada, y lo hace con una dignidad que se agradece: «Refugiada me llaman, / obligada —diría yo—». Ese inciso entre rayas vale por un tratado. La mujer tiene ya casa nueva, pero la memoria se le va a la otra, a la luz mediterránea sobre la piedra, a la higuera, al crujido de la pinaza bajo los pies. Es un poema de exilio sin geografía concreta, y hace bien en no concretarla: así sirve para cualquier orilla. Cierra el libro “Cuando echo la vista atrás”, una procesión de antepasados donde desfilan «Hombres con la espalda encorvada / bajo el peso del trabajo, de la patria, / de la guerra» y mujeres mudas bajo el peso de los hombres, de la prole y de la religión, que le susurran a la autora que conquiste lo que a ellas les arrebataron. Es el más programático de los tres y, por eso mismo, el menos redondo; pero la imagen de esa fila infinita de quienes nos precedieron tiene la fuerza de las cosas verdaderas.
Ahora, el reparo gordo, que uno no firma reseñas para hacer amigos. Con tres heridas es un libro desigual. En la sección del amor conviven poemas de sensualidad verdadera —”La memoria de la piel”, sobre dos cuerpos ya gastados que se siguen buscando, está entre lo mejor del volumen— con otros donde el léxico se va a lo previsible: el “polvo de estrellas”, la “lluvia de estrellas”, los amaneceres cálidos, esa quincalla que el verso erótico arrastra desde hace siglos y que convendría dejar en la aduana. Y el propio epílogo, siendo lo más logrado, delata cierta dispersión: parece la puerta de otro libro más que el remate de este. La prologuista lo intuye cuando habla de presagio de una escritura próxima. Ojalá. Porque ahí, en la memoria del campo y de la guerra, en los aperos colgados y en los pinos que crecen donde no deben, Loli G. García encuentra una voz que es menos suya y más de todos.
Léanlo, pues, pero léanlo al revés, si me permiten el consejo. Empiecen por el epílogo, por el hombre de alpargatas y boina, y vuelvan luego al principio para recorrer las tres heridas sabiendo de dónde viene la sangre. Y la próxima vez que caminen entre viñas y vean un pino solo, donde nadie recuerda haberlo plantado, deténganse un momento. Quítense el sombrero, si lo llevan. No sabemos qué hay debajo. Pero alguien, por fin, ha empezado a contarlo.
— Javier Pérez-Ayala
