Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando un asunto lleva veinticinco siglos mal contado. A Clitemnestra la han tenido siempre por la mala de la función. Esquilo la sacó a escena con el hacha todavía caliente, los trágicos que vinieron después la fueron acomodando según el viento de cada época, y el resultado es una reina que figura en los manuales como adúltera y asesina, por ese orden y sin más trámite. Juan Antonio Muñoz Herrera ha tenido la ocurrencia, que a estas alturas es casi una insolencia, de dejar el crimen donde estaba y preguntar por la madre.

Lo ha hecho en un poema dramático de once cantos, publicado este año por Editorial Poesía eres tú, que ocupa noventa páginas y se lee de una sentada, aunque no conviene. Clitemnestra habla desde un umbral, después de muerta y antes del olvido, y repasa su casa nombre por nombre: Ifigenia, Agamenón, Helena, Egisto, Electra, Crisótemis, Orestes. No hay coro, no hay mensajero, no hay nadie que le enmiende la plana. El prólogo de Mario Hamlet-Metz, que recorre la tradición desde Esquilo hasta Strauss y Yourcenar, resume la operación con una frase que suscribo: el autor consigue «desplazar la tragedia desde el acontecimiento hacia su supervivencia». Dicho en cristiano, aquí nadie espera el desenlace, porque el desenlace ya ocurrió. Lo que interesa es lo que flota después, como los restos de un naufragio.

No es un libro de tesis ni un ajuste de cuentas con Esquilo, y tampoco, se agradece, un libro de museo. Muñoz Herrera, que es periodista de cultura y dramaturgo (entre sus obras teatrales figuran La última noche de Maria Callas y Mi madre, Ana Bolena), sabe lo que cuesta mantener a un personaje en pie durante noventa páginas, y lo hace con herramientas de escena: el interlocutor al que se apela, la pregunta lanzada al público, la pausa que vale más que la frase.

Todo el libro sale de una escena que cabe en una línea y que nadie olvida una vez leída: una niña llevada al altar con la promesa de una boda. El primer canto la cuenta sin retórica de más, con un verso corto que aprende a golpear en seco: «Toda muerte es una boda. / Toda sangre / busca un esposo.» Unas líneas después viene el pasaje que me parece la mejor medida del pulso del autor, porque no sobra en él una sola palabra: «Y el cielo siguió siendo azul. / Eso fue lo insoportable. / Que el cielo no se rompiera.» Eso es oficio. Un poeta menos seguro habría hecho llover o habría hecho temblar la tierra; Muñoz Herrera deja el cielo en su sitio, que es la forma más cruel de darle la razón a una madre.

Lo mejor que tiene la reina es que no se defiende. Confiesa. De Agamenón, el hombre que le mató al primer marido y después le mató a la hija, dice que una parte de ella lo admiró, y lo explica sin buscar coartada: «Hay amores / que nacen demasiado cerca / del espanto.» Confieso que esa franqueza me ganó antes que cualquier otra cosa. La mala de la función no pide perdón ni lo cobra: se explica, y deja que el lector saque cuentas.

Hay además, en el canto de Helena, un ajuste de cuentas con la manera en que los hombres escriben la historia que me ha hecho levantar la ceja con gusto. Clitemnestra defiende a su hermana y señala a los que cargaron la guerra sobre una mujer para no mirarse las manos: «Los hombres construyeron Troya. / Los hombres incendiaron Troya.» Y poco después llega la frase que sostiene el libro desde ese punto: «Los dioses no aman. / Los dioses utilizan.» Se puede estar o no de acuerdo con la teología de la reina, pero no se puede negar que tiene la virtud de las buenas sentencias: se queda pegada.

El centro del libro es el baño. Todos conocemos el crimen; lo que no conocíamos era esta manera de contarlo, sin una gota de efectismo y con la mano firme. Mientras Agamenón se deja lavar, ella ve en un solo plano al rey de ahora y al hombre del altar de Áulide, y lo dice con cuatro versos que valen un tratado: «Dos imágenes. / Un solo hombre. / Dos tiempos. / Una sola herida.» Luego viene el pulso, que en el momento decisivo es lo que cuenta: «Levanté la mano. / No temblaba. / Eso fue lo terrible.» Y lo que sigue no es un grito de triunfo sino una constatación que redefine el libro entero: «Incluso la venganza / es una forma del duelo.» Les advierto que en esos dos versos está la tesis. El resto es el desarrollo de una idea que cabe en un renglón, y eso, señoras y señores, es lo que distingue a un poema que sabe adónde va.

Ahora los peros, que los hay, y quien le diga a un libro que no los tiene está vendiendo algo. El verso breve, la frase de tres palabras rematada en punto, el no suelto que corta y vuelve a empezar, es un procedimiento que funciona canto a canto y que cansa en lectura seguida. Hacia el canto de las Furias uno nota la máquina: la negación, la enumeración de sustantivos, el verbo comprender que anuncia el giro. El propio libro parece saberlo y lo convierte en método, de acuerdo, pero un método repetido una y otra vez sigue siendo un método. Y la voz, una sola de principio a fin, no cambia de temperatura todo lo que cambia de destinatario: a Egisto le sale la ternura cansada que el texto necesita, pero a Electra y a Orestes les habla casi con la misma cadencia que a Agamenón.

Lo que salva esa uniformidad son los momentos en que el libro se atreve a la ternura. El canto de Egisto, que es el de una compañía y no el de una pasión, tiene una precisión que no abunda: «Él podía acompañarme. / Nadie podía salvarme.» Y la imagen que lo remata, de las mejores de las noventa páginas, porque cualquiera que haya perdido algo sabe que es verdad: «Como se ama / a los compañeros de naufragio.» La palabra naufragio no es mía, la escribe él, y le da al volumen la metáfora que yo iba buscando para explicarlo.

Hay también, hacia el final, un canto que se sostiene por sí solo y que recomiendo leer antes que ninguno si alguien duda: el de Crisótemis, la hija que no hereda la enfermedad de la casa. La madre cuenta un gesto mínimo, una tarde de fantasmas en la que cada cual habla de sus muertos, y lo cuenta así: «Y Crisótemis se levantó. / Nada dijo. / Abrió una ventana. / Eso fue todo.» Una ventana abierta, y la casa respira. Es lo más parecido a un respiro que ofrece el libro, y está en su sitio.

Léanlo si les interesan los griegos y sospechan, como yo, que a los griegos hay que volver de cuando en cuando para ver quién se quedó sin juicio. Despacio, un canto cada noche, y en voz alta si no hay vecinos. Verán que la mala de la función no lo era tanto, o que, siéndolo, tenía sus razones, que es lo único que se le puede pedir a un personaje.

— Javier Pérez-Ayala

Este libro en el catálogo del Grupo Editorial Pérez-Ayala: Clitemnestra, de Juan Antonio Muñoz Herrera