La ciudad como bestia que no muere
Permítanme ser directo, que es lo que sé hacer cuando el asunto lo merece. Hay ciudades en España que llevan décadas siendo tratadas por la literatura como telón de fondo, como decorado para novelas que suceden en otro sitio, como referencia geográfica sin más carga que la de situar al lector. Jaén es una de ellas. Y eso, señoras y señores, es un error que la poesía lleva siglos intentando corregir con más obstinación que éxito. Hasta que aparece alguien que lo hace bien.
María Ángeles Solís del Río ha publicado con Editorial Poesía eres tú un primer poemario, Las huellas de la Sierpe, que tiene la rara virtud de tratar a Jaén como lo que es: una ciudad con una bestia propia. El lagarto de la Magdalena —esa sierpe que según la leyenda habitó el raudal del barrio, que devoró rebaños y atemorizó a la población durante años hasta que un preso aceptó el trato de matarla a cambio de la libertad— no es aquí un elemento folklórico de colorín local. Es el eje simbólico de un libro sobre la memoria, sobre la identidad y sobre lo que las ciudades guardan en sus tripas cuando nadie mira.
Les diré una cosa. En mis tiempos de reportero aprendí que las ciudades que tienen monstruos son siempre más interesantes que las que no los tienen. Los monstruos obligan a los vecinos a tomar posición: te enfrentas a la bestia, le ofreces corderos, o te quedas en casa esperando que no llegue a tu calle. La leyenda del lagarto de Jaén hace exactamente eso: te obliga a decidir quién eres en relación con la bestia que habita tu raudal. Solís del Río lo sabe y trabaja con esa materia sin aspavientos.
El libro se organiza en cuatro partes que van desde el origen olivarero de la tierra hasta la contemplación nocturna de la catedral. El recorrido es un itinerario poético por los monumentos de Jaén —la Plaza de la Magdalena, los Baños Árabes, la Torre del Concejo, el Arco San Lorenzo, la Catedral— pero no al modo de guía turística ni de oda cívica convencional. Cada lugar habla. Cada monumento tiene una voz, un recuerdo, un miedo. «La soga de la sierpe ata triunfante», escribe al pasar por los Baños Árabes, y el lector siente que la sierpe no es solo la leyenda del lagarto: es también lo que nos retiene en los lugares donde hemos sufrido, y también en los que amamos.
La poeta domina las formas clásicas —décimas espinelas, la terza rima de Dante, sonetos, quintillas, el romance— con una solvencia que no exhibe porque no necesita hacerlo. La terza rima de «Brazo de Mar» es particularmente notable: una forma de dificultad endemoniada que aquí produce el efecto exacto que busca, el avance lento e inevitable de la sierpe hacia el raudal. No es fácil hacer eso. No todo el mundo que intenta la terza rima en castellano consigue que la forma y el fondo se hablen de esa manera.
El poema que más me ha quedado grabado es «Reja de la Capilla», el que narra el momento cumbre de la leyenda. El preso que acepta matar al lagarto a cambio de la libertad, el caballo veloz, los corderos ensangrentados, la yesca que revienta en las tripas de la bestia. Y el cierre: «Y reventó el Lagarto, rojo cielo, / iluminando todo». No es épica grandilocuente. Es la violencia exacta que necesita la narración. Y la muerte del lagarto ilumina el cielo porque así son los momentos en que los pueblos se liberan de sus miedos más profundos: con una explosión, con sangre, y con una luz que nadie esperaba.
Hay también en el libro una dimensión que las reseñas convencionales van a pasar por alto y que me parece la más interesante: la voz femenina que recorre el libro no es una voz de víctima ni de cronista neutral. Es la voz de alguien que se reconoce en la sierpe, en Magdalena apedreada entre el tumulto, en la tierra que sangra cuando gritas. «Tierra de entrañas de mujer», escribe en el poema dedicado al olivo, y es el verso más honesto del libro, el que da su verdadera clave de lectura. Esta mujer jaenesa escribe sobre su ciudad porque su ciudad y ella se parecen más de lo que ningún monumento puede decir.
El libro cierra con un verso que llevo unos días sin sacudirme de la cabeza: «Ella sabía quién pintó las puertas de la Catedral de verde». No les cuento quién es el alma blanca que sabe el secreto, ni qué tiene que ver la sierpe con ese misterio. Van a tener que leerlo. Y me alegro de que sea así.
Compren este libro. Es el primer poemario de Solís del Río editado en sello, y ya tiene la consistencia de quien lleva años aprendiendo a decir las cosas como se dicen cuando de verdad importan. Jaén tiene una poeta que la merece. El lagarto puede descansar.
— Javier Pérez-Ayala
