Cuando lo que ves es real aunque nadie te crea

Permítanme contarles algo que no tiene que ver con ningún libro y tiene que ver con todos. En mis años de reportero aprendí pronto que hay una versión de la realidad que la gente ve sin problema y otra que solo ven quienes han estado en el sitio exacto en el momento exacto. Los que no estaban se pasan años —a veces décadas— mirando al testigo como si fuera un lunático o un mentiroso. A veces las dos cosas a la vez. Que te crean es un lujo al que uno no se acostumbra. Ser creíble cuando lo que has visto supera lo previsible es una condena. He conocido personas así. He tardado en creerlas.

Cuento esto porque es lo que sostiene, desde la primera página hasta la última, la novela debut de Roberto Pepió Martínez. Se titula *Lo que veo mientras duermo* —Ediciones Amaniel, 2026— y tiene la rara virtud de hacerse una sola pregunta y no soltarla en trescientas páginas: ¿qué haces tú con lo que sabes cuando no puedes probarlo? La respuesta de Pepió es la más honesta que he leído en mucho tiempo: no lo sé. Y esa honestidad vale más que diez novelas con revelación final y cinco páginas de epílogo explicativo.

Álex Marrero sufre parálisis del sueño. No es literatura: es un trastorno neurológico documentado, con una fenomenología precisa, y Pepió se ha tomado la molestia de conocerla antes de escribir sobre ella. Eso se nota. La consecuencia narrativa de esa decisión es que no hay truco. Álex no es un visionario, no es un médium, no es un loco: es un hombre que en ciertos momentos del duermevela percibe cosas que su sistema nervioso no puede procesar como ficción pero que el mundo externo no puede verificar. Ahí está el nudo de la novela: no en si Álex tiene razón, sino en lo que le cuesta tener razón sin testigos.

La novela abre con dos escenas simultáneas que Pepió maneja con oficio considerable: Beatriz, estudiante de medicina, con sus apuntes a las nueve y media de la noche; y Álex entrando en uno de esos estados fronterizos que el libro describe con una frase que me ha quedado pegada desde que la leí: *«La noche no llega de golpe. Se instala. El ruido baja y la casa empieza a sonar distinta. El aire pesa.»* Cuatro frases breves. Suficientes. No hay un escritor que no envidiaría saber hacer eso: construir una atmósfera completa en cuatro golpes sin malgastar uno. Eso es lo que separa la literatura de la fabricación de libros.

Lo que viene después es un thriller psicológico que funciona con los mecanismos del género —investigación policial, pistas que llevan a callejones, tiempo que aprieta— sin rendirse a sus convenciones más perezosas. Pepió no explica más de lo que muestra. El lector no recibe la información que el protagonista no tiene. Eso que parece elemental es, en la práctica, una de las decisiones más difíciles que puede tomar quien escribe en este género, porque implica renunciar a la omnisciencia narrativa que tanto confort da al autor y tanto convencimiento produce en el lector.

Los inspectores Casals y Rolán son una pareja construida con inteligencia: el joven con la placa que —como dice el libro— «pesa menos de lo que esperaba» y el veterano que lo ha visto casi todo y guarda un silencio que el lector aprende a leer como algo diferente al agotamiento. La escena en que Rolán mira a Casals sin parpadear —*«No había compasión en su expresión. Tampoco sorpresa. Solo una quietud absoluta.»*— es de esas que se quedan con uno. No porque sean dramáticas. Porque son exactas. La exactitud en literatura vale diez veces más que el drama.

Hay un momento en la novela —no les digo cuándo para no amargarles la lectura— en que Álex, empapado en sudor a las tres y dos de la madrugada, formula la pregunta que estructura toda la obra: *«¿Y si no estoy soñando? ¿Y si lo que veo está pasando de verdad?»* Hay escritores que llevan veinte años publicando sin llegar a esa clase de claridad. La frase es sencilla. La pregunta no lo es. Pepió sabe la diferencia.

La complicidad institucional que describe la novela no necesita villanos de traje negro ni conspiraciones diseñadas en reuniones secretas. Eso ya no es lo que produce horror; en todo caso produce distancia. Lo que Pepió muestra es más turbador: un sistema con sus rutinas y sus omisiones y sus silencios que funcionan como decisiones aunque nadie los haya tomado explícitamente. Quien decide no preguntar está decidiendo tanto como quien actúa. Eso es lo que Rolán representa en la novela, y es lo que hace que el personaje resulte más perturbador que cualquier antagonista declarado.

Les hablaré de un defecto, porque sería deshonesto no hacerlo. Hay pasajes en la novela donde Pepió necesita dar al lector contexto sobre las dinámicas internas de la comisaría —quién sabe qué, desde cuándo, con qué consecuencias— y esa información llega a veces de forma algo compacta, como quien tiene prisa por pasar al siguiente movimiento. No es fatal: es el roce propio de una primera novela que tiene más ideas que páginas para desplegarse. En la segunda, si es que la escribe con la misma exigencia, ese problema habrá desaparecido.

La pregunta sobre la complicidad institucional —hasta dónde puede llegar el silencio de quien debería hacer algo— no es nueva en la literatura española ni en la universal. Pero Pepió la planta en un entorno reconocible, contemporáneo, sin épica de fondo ni referente histórico que la distancie, y eso la hace más difícil de esquivar. No estamos hablando de una dictadura ni de una guerra ni de ninguna situación de excepción. Estamos hablando de una comisaría ordinaria en una ciudad ordinaria con gente ordinaria que toma decisiones ordinarias. Eso es lo que asusta de verdad.

Compren este libro. No porque necesiten un thriller —aunque lo es, y uno que funciona— sino porque necesitan leer a alguien que lleva su primera novela con esta clase de seriedad. Pepió no ha escrito lo que esperaba el mercado ni lo que el lector espera por defecto del género. Ha escrito lo que tenía que escribir, que es la única razón decente para sentarse a escribir un libro. No siempre la hay. Cuando la hay, se nota.

— Javier Pérez-Ayala