Hay una costumbre que conservo desde mis tiempos de reportero, y es la de desconfiar de los libros que llegan avalados por una biografía de escritor de toda la vida. Prefiero, casi siempre, al que llega de otro oficio, porque sabe que las palabras no perdonan y no se permite el lujo de la impostura. Iván Martín Yáñez, que ha sido guionista, científico de datos, programador, agente inmobiliario y Scrum Master —una vida entera cambiando de herramienta antes de llegar a la más difícil de todas, que es el verso—, publica con Desde el Tártaro su primer libro de poemas. Y lo publica, además, sin pedir perdón por el sitio del que viene.
Se nota desde la primera página. «No hay poros en esta piel de cemento», escribe en «Hormigón crudo», y ahí está ya el oficio entero de este libro: convertir el lenguaje de la obra —el encofrado, el vertedero, la resina, el polímero— en el único vocabulario disponible para hablar de un cuerpo enfermo. No es un truco. Es una necesidad, porque el autor ha pasado su vida profesional entre ese léxico, y cuando llega el momento de decir lo que le duele, dice lo que sabe decir. «Resina infinita del sistema, / polímero que impide la fuga del vertedero», escribe en «Sustancia perpetua», y uno entiende que no está jugando a la extravagancia: está traduciendo.
Publicó antes una novela, El calor del frío, allá por 2007, y luego pasó casi veinte años sin volver a la literatura, ocupado en oficios que nada tienen que ver con ella y que, sin embargo, se lo devuelven todo intacto en este libro. No conozco muchos poetas capaces de escribir con propiedad sobre encofrados y polímeros porque no conozco muchos poetas que hayan puesto ladrillos, aunque sean metafóricos, en una obra de verdad. Este los ha puesto.
El libro se organiza en cinco tramos —el fondo, el territorio, el mundo exterior, la pieza mayor, el regreso— y hay en esa arquitectura una lógica de descenso y ascenso que recuerda, sin necesidad de citarlo, al título que le da nombre. Lo que más me ha interesado, se lo digo con franqueza, es cómo el poeta evita el victimismo. En «Sin servir» hay un verso que podría haberse quedado en la queja fácil —«No hay nada que le pueda agradecer, / a la maldita medicación»— y sin embargo el libro entero se construye para que esa frase no sea el final del argumento, sino el arranque de algo más ambicioso: un sistema entero de imágenes que convierte el padecimiento en material de ingeniería.
Hay un poema, «Planeta», que ocupa media docena de páginas y que es, a mi juicio, el más arriesgado del libro y también el más discutible. Ahí el autor suelta amarras del léxico técnico que sostiene el resto del volumen y se lanza a una acumulación de imágenes urbanas y sentimentales que en ocasiones pierde el pulso que tan bien maneja en los poemas breves. No se lo tomen como un reproche grave: hasta los libros mejor construidos necesitan una pieza que respire distinto, y esta lo hace, aunque a costa de cierta dispersión. Uno agradece, de todas formas, que el autor se haya atrevido a colocar en el centro exacto del libro —la cuarta de sus cinco partes— la pieza más larga y más expuesta, en vez de esconderla al final como quien pide disculpas por haberse extendido.
Del resto de la arquitectura no hay queja posible. La segunda sección, «El territorio», construye un paisaje de pesadilla organizado en escalones, casi como una escalera de mando que baja hacia el desastre: «oscuridad afilada, entornada», escribe en «Latitud gótica», y la imagen funciona porque no se explica, se impone. La tercera parte saca al hablante a la calle, de noche, y ahí el libro se acerca más que en ningún otro sitio a la crónica: «Destripaba argumentos adulterados de películas invisibles», dice en «Desavenencias existenciales de un noctívago», un verso que cualquier reportero de guardia reconocería como propio, aunque esté escrito en verso libre y no en una libreta de bolsillo.
Lo que no pierde nunca es la precisión del verso corto. «Soy larva que se ignora en el sustrato», escribe en «La metamorfosis», uno de los poemas más logrados del volumen, y ahí está también el gesto que distingue a este autor de tantos otros que escriben sobre la enfermedad como quien pide comprensión: convierte la crisálida, imagen de toda la vida asociada a la esperanza, en «insecto de asfalto». No hay mariposa. Hay una piel nueva hecha del mismo material duro que el resto del libro.
Se dirá que un poemario que nace del dolor crónico y de años de medicación no puede ofrecer más que lamento. Se equivocan quienes lo piensen antes de leerlo. Desde el Tártaro tiene, sí, la crudeza que promete su título, pero también un poema como «Unidos podíamos», que rompe el registro industrial para hablar de amor con una sencillez que golpea precisamente porque llega después de tanta ingeniería del dolor: «Deseé parar el tiempo / y al veneno que nos hizo sordos». Y tiene, al final, un cierre —«Riendo»— que se atreve a terminar el libro con la risa, no con la resignación.
He leído poesía técnica antes, quiero decir poesía que usa vocabulario científico como adorno, como quien pone latín en una boda. Esto es otra cosa. Aquí el vocabulario no adorna: sostiene, como el encofrado sostiene el hormigón mientras fragua. Martín Yáñez no ha venido a demostrar que sabe escribir bonito. Ha venido a demostrar que la precisión de un ingeniero y la precisión de un poeta pueden ser, contra todo pronóstico, la misma cosa.
Me pregunto, y lo dejo aquí como pregunta abierta, si este brutalismo poético —así lo llama el propio autor, y el nombre le queda bien— resistirá un segundo libro sin repetirse. La primera vez que un escritor encuentra su lenguaje propio suele ser también la vez en que mejor lo controla, porque todavía no sabe que lo tiene y por eso no se fía de él del todo. Aquí se nota esa desconfianza sana: el poeta no se relaja nunca, ni siquiera en «Planeta», que es donde más se permite estirar el brazo.
Compren este libro si quieren leer poesía que no se disculpa por venir de donde viene. Léanlo despacio, que algunos poemas —«Instante múltiplo», sobre todo— exigen paciencia y no se entregan a la primera. Y quédense, al final, con esa risa última que cierra el libro, porque no es frecuente que un poeta que ha escrito tanto sobre el colapso decida terminar así, y no de otra manera.
— Javier Pérez-Ayala
