Hay una costumbre que conservo desde hace años y es la de desconfiar de los libros de poesía que llegan acompañados de una biografía extraordinaria. Se corre el riesgo de leer la vida y no los versos, de aplaudir el currículum y perdonar el poema flojo. Lo digo porque la nota de solapa de este libro tiene tela: un matemático polaco, nacido en Łódź, que ha vivido en Noruega, Hungría, Inglaterra, Alemania y España antes de instalarse en Santiago de Chile, y que además toca el piano y hace teatro de improvisación. Con esos mimbres, uno se prepara para el naufragio del ingenio disperso, para el poeta que sabe de todo y no domina nada. Pues no. Aquí no hay naufragio. Hay un mosaico bien trabado.
Igor Wilk titula su libro «El mosaico del duende» y avisa desde la primera página, con la voz clara de quien no necesita adornos: «No soy fragmentos aislados. Soy un mosaico en movimiento.» Y cumple. El libro navega en cuatro singladuras, «Magia del duende», «Sin presiones», «Latidos» y «Tengo el duende», que llevan al lector, sin brusquedad, de la cocina a la enfermedad, de la araña doméstica al corazón. Empieza el volumen con «miga de pan», un poema mínimo sobre una araña que se lleva una migaja «por el ascensor que él mismo construyó» (p. 13), y uno piensa: aquí hay alguien que mira. Que mira de verdad, no que finge mirar para parecer poeta.
Ese mirar oblicuo es el primer mérito de Wilk. Personifica sin cursilería: una uva que «se enamoró» de una pera (p. 14) y dos sabores de helado que un temblor funde para siempre en un solo bautismo, «les llamaron stracciatella» (p. 15), no son ternura barata sino un método. El poeta trata lo mínimo con la seriedad de quien ha decidido que nada, ni una grapadora de oficina jubilada por «la dependencia, de lo digital» (p. 22), merece que se le niegue biografía. Y ahí donde otros se hubieran quedado en el chiste, Wilk sostiene el tono libro entero, sin naufragar en la gracieta.
El segundo mérito, más raro, es matemático de verdad, no de solapa. En «80 latidos por minuto», que abre la tercera parte, «Latidos», el amor se declara con un parte meteorológico: «603 metros sobre el nivel del mar, viernes, el 8 de agosto de 2025» (p. 48). Cualquiera diría que el dato mata el sentimiento. Aquí no. El dato es la trinchera desde la que, dos versos después, el poeta se rinde: «tus respiraciones atraviesan, mi cuello y la espalda» (p. 48). Un hombre que sabe medir el mundo y que, llegado el momento, confiesa que la medida no le sirve de nada. Eso tiene mérito.
Añado algo que me interesa de oficio, porque he vivido fuera y sé lo que cuesta: Wilk mete en el libro dos poemas enteros sin traducir, uno en alemán («Stille im Lärm») y otro en inglés («the smoke»), y no pide perdón por ello. Tampoco hace turismo lingüístico; son parte de una vida que ha pasado por Noruega, Hungría, Alemania e Inglaterra antes de fondear en Chile, y el libro lo cuenta sin subrayarlo, con una anciana clavando el bastón «en la acera» de Düsseldorf (p. 26) o con la memoria del Vístula polaco entrando de refilón en un poema de amor roto. El desarraigo, cuando es de verdad, no necesita explicarse: se nota en la cadencia.
Hay un tercer poema que quiero destacar porque es, a mi juicio, el más valiente del libro: «hacen juego con una vida», construido, lo dice el propio colofón, «por tachado selectivo» de un artículo publicitario sobre electrodomésticos de gama alta (p. 67). Coger la basura del lenguaje comercial y sacarle un poema de verdad no está al alcance de cualquiera. «Venden corazón, artesanalmente, fundido esmaltado» (p. 67), dice el resultado, y ahí queda resumida media vida contemporánea, la que se compra por catálogo.
El libro cierra con «huella sin firma», donde la voz se juega la careta y aparece, por fin, sin oblicuidades: «carente de esperanza, de estar a tu lado» (p. 73), dice el hijo ante la enfermedad de la madre. Después de cuarenta y tantos poemas de guiños y de arañas y de grapadoras, el golpe llega con toda su fuerza, porque el libro ha sabido esperar el momento exacto. Ese es el oficio, y no otra cosa: saber cuándo se guarda el arma y cuándo se dispara.
Compren este libro. No busquen en él la solemnidad de la poesía que se cree importante por serlo; busquen la precisión de quien mide el mundo con matemáticas y, cuando el mundo no cabe en la fórmula, tiene el valor de decirlo en voz baja. Eso, y no otra cosa, es lo que distingue a un poeta de verdad de quien solo escribe versos.
— Javier Pérez-Ayala
