La edad como materia poética

La poesía española contemporánea viene ocupándose desde hace tiempo, con resultados desiguales, de una zona que hasta no hace mucho pertenecía casi en exclusiva a la novela: la edad como materia del poema. No se trata de la vejez simbólica de los clásicos, ni del paso del tiempo entendido como ruina moral; se trata de algo más concreto y, justamente por eso, más difícil: la edad del cuerpo, la cuenta atrás de los aniversarios, la conciencia de que el calendario no admite ya demasiadas hojas por arrancar. «El tiempo huele a papel», de Joseba Sasia Muñoz, se sitúa en esa tradición con una voz propia y reconocible.

Sasia, nacido en Barakaldo en 1957, cuenta ya con dos libros anteriores y con el reconocimiento de dos premios que conviene retener: el de «Poemas de la Mar y sus Gentes» y la Mención especial en el Concurso «Lorenzo Oliván» del Ayuntamiento de Castro Urdiales en 2025. No es un debutante. Es, por decirlo con la palabra que el propio libro titula, alguien que huele ya el papel, es decir, el archivo donde la vida termina por escribirse. Editorial Poesía eres tú lo publica en 2026 con un ISBN registrado, 979-13-87806-45-3, y un cuidado formal que se nota desde la primera página: el poemario se abre con una dedicatoria breve y un prólogo en verso, se articula en tres libros internos, y se cierra con un apartado de cierre que bien puede leerse como balance.

Conviene detenerse en la arquitectura del libro, porque es en ella donde Sasia se distancia de buena parte de lo que se publica hoy. Mientras la moda tiende al poemario unitario, sin secciones, que confía en la respiración del conjunto, este autor mantiene la vieja estructura de libros internos numerados: tres partes, no una. La primera, «¡Cómo cambian los paisajes…!», mira al cuerpo y al paso del tiempo; la segunda, la que da título al conjunto, gira hacia los padres, la memoria y el olvido; la tercera, «Parece que fue ayer», vuelve al amor y a sus sombras. La metáfora del tren y del viaje, que abre el libro en el prólogo, no vertebra una cuarta parte: queda como umbral, como llave de lectura que el lector lleva consigo por las tres partes siguientes. La decisión formal no es inocente: organizar así el libro es admitir que la vida también se organiza así, por capas, y que la poesía debe ser capaz de sostener esa complejidad sin perder la claridad de cada uno de sus poemas aislados.

Lo más logrado, a mi entender, está en los poemas en los que la edad se vuelve materia del lenguaje. Sasia escribe: «Sencillamente, la vida… / se mira conmigo al espejo, / mientras flaquean los gestos, / entre arrugas y requiebros, / aceptando sin palabras, / que, ella y yo, / somos más viejos». No hay aquí ni un solo adjetivo que sobre, ni una palabra que se pueda suprimir. La conjunción «y» que une «ella y yo», el adverbio «sin palabras», la elección del verbo «flaquear» en lugar de «temblar» o «dudar» —todo está medido, todo está cargado con la justeza que solo la madurez consigue. Hay en este poema, además, un detalle que suele pasar inadvertido y que conviene subrayar: el sujeto no se dirige a nadie. No hay tú, no hay vosotros, no hay nadie al otro lado. Sasia habla consigo mismo, y al hacerlo convierte al lector en confidente involuntario, que es la forma más antigua y más honesta de la poesía. Es, en definitiva, un libro que se lee despacio y que, leído así, enseña algo: que la poesía, cuando se atreve a la edad, gana en hondura lo que parece perder en ímpetu. Es, por decirlo con una imagen que el propio libro disculpa, un tren que al pasar deja la vía limpia, no ruidosa, y al final del trayecto uno entiende que el viaje era el poema entero y que cada uno de sus vagones sostenía al siguiente. Merece la pena, en suma, un lector con tiempo y con la libreta a mano, y también, si me apuran, una segunda lectura, que es la que de verdad enseña a leerlo.

— Antonio Isidro Graña Ojeda