Una poética del intervalo

La poesía española de las últimas décadas ha hecho del silencio una de sus palabras más gastadas. Desde que la estela de Valente convirtió la reducción del decir en una ética, son muchos los libros que se han acogido a ese territorio sin haberlo recorrido, y que confunden la brevedad con la intensidad o la abstracción con la hondura. Conviene recordarlo antes de entrar en De entre sonidos, de David García Lamela, porque el título y buena parte de su vocabulario podrían situarlo en esa corriente, y sin embargo el libro propone algo distinto: no una poética del silencio, sino del intervalo, del espacio que queda entre un sonido que termina y otro que todavía no ha empezado.

García Lamela, nacido en Cádiz en 1972 y residente en San Fernando, había publicado Cotidianidad engañosa (Adarve, 2025), un poemario de signo elegíaco en el que el dolor y la memoria convivían con referencias a la música sacra. Ese ánimo elegíaco permanece en el libro nuevo, pero ahora se somete a una arquitectura mucho más visible. De entre sonidos se organiza en tres partes que comparten encabezado y cambian de complemento, de la persona, de la sociedad, de la naturaleza, y cada una se divide a su vez en tres secciones precedidas de epígrafes. El esquema, nueve secciones para cincuenta y seis poemas, tiene algo de partitura, y no parece casual en un libro que pide ser leído con el oído antes que con la vista.

Merece la pena detenerse en el modo en que esa arquitectura se refleja en sí misma. “Galerías del alma I” (p. 66) y “Galerías del alma II” (p. 82) son casi el mismo poema, situados en dos partes distintas, con variaciones mínimas que funcionan como la repetición de un motivo en otra tonalidad. El primero se cierra con «Encajo los ojos a las galerías del alma» (p. 66); el segundo añade una sola palabra, «nuestra» (p. 82), y con ella desplaza el sujeto de la primera persona a una pluralidad que es, en el fondo, el trayecto del libro entero. El procedimiento es arriesgado, porque roza la redundancia, pero aquí está justificado por la lógica del conjunto.

La primera parte se ocupa del origen, y lo hace a través de una memoria sonora. El nacimiento, la escuela, la fotografía familiar, el timbre que todavía resuena: la infancia se reconstruye por lo que se oyó, no por lo que se vio. En “Atrapado en el tiempo” (p. 27), uno de los poemas más logrados del volumen, la experiencia se resuelve en una formulación que tiene la economía de una sentencia y la temperatura de un recuerdo: «hay sonidos / que enmudecen una vida entera» (p. 27). No hay aquí adorno ni explicación, y esa contención es la que el libro alcanza en sus mejores páginas.

La segunda parte cambia de escala y de registro. Junto a los poemas de denuncia, que constituyen su núcleo, la sección titulada “Las ausencias” reúne un conjunto de homenajes que permiten leer con precisión la relación de García Lamela con la tradición. Lo interesante aquí reside en que el homenaje no es reverencia sino reescritura. “Un golpe de ataúd en tierra” (p. 57), dedicado a Machado, parte del verso de “En el entierro de un amigo” en el que el poeta sevillano llamó a ese golpe “perfectamente serio”, y lo modifica con un solo adverbio: «es algo infinitamente serio» (p. 57). La variación no es menor. Desplaza la gravedad del rito funerario hacia quienes no lo tuvieron, «los que partieron sin rozar / ni madera ni tierra» (p. 57), y en ese desplazamiento el homenaje se convierte en memoria civil. Algo semejante ocurre en “Eco de Collioure” (p. 61), donde el último verso atribuido a Machado se suspende en una construcción coloquial que lo vuelve eco de sí mismo: «Estos días como tan de infancia» (p. 61).

La tercera parte es la más contemplativa y también la que lleva más lejos la reflexión sobre el origen del sonido. “Ecos del silencio” (p. 79) formula casi una ley: antes del silencio tiene que haber habido un ruido, y el poema lo condensa en un participio sustantivado, «un sido» (p. 79), que es uno de los hallazgos verbales del libro. “Ceniza y firmamento” (p. 81) ordena los cuatro elementos mediante una estructura de retorno en la que cada cosa vuelve a su materia: «Hay agónicas voces que entierran suelo / y caen al suelo» (p. 81). El poema funciona como una pequeña cosmogonía, y la imagen final, un monstruo de silencio que devora la materia, tiene una ambición que el libro sostiene con dignidad.

En el plano del lenguaje, García Lamela trabaja con el verso libre de extensión variable, con la anáfora y con un léxico que combina lo coloquial y lo culto sin estridencia. Conviene subrayar la presencia de términos de la antigua división de la noche, como «conticinio» (p. 34), junto a neologismos como «sonotoño» (p. 52), porque ese doble movimiento, recuperar y acuñar, describe bien la relación del autor con la lengua: la tradición como depósito del que se toma, y la invención como modo de prolongarla.

No obstante, el libro presenta límites que la propia construcción hace más visibles. El aparato de epígrafes, abundante, convoca en la entrada de cada sección a una nómina de autores que va de Octavio Paz a Edmond Jabès, y esa compañía, más que orientar, a veces condiciona la lectura y obliga a los poemas a medirse con ella. Por otra parte, la insistencia en un vocabulario abstracto, silencio, alma, voz, vacío, resta en ocasiones nitidez a las imágenes, y algunos poemas terminan explicando lo que la imagen ya había dicho. El libro es más convincente cuando confía en la concreción que cuando se adentra en la meditación general.

Con todo, De entre sonidos es un libro de construcción meditada y de coherencia temática sostenida, que convierte la escucha en un modo de conocimiento y que encuentra en la tradición un interlocutor y no un refugio. Su lugar no está entre los libros que se acogen al silencio como a una estética prestada, sino entre los que lo interrogan desde la experiencia. Y esa interrogación, que el autor no da por cerrada, es probablemente lo que más importa de esta entrega: la conciencia de que la voz poética solo existe en el intervalo, en el breve tiempo en que un sonido deja paso a otro.

— Antonio Graña Ojeda