Hay una costumbre que conservo desde mis años de periodista y es la de leer de noche, cuando el ruido del mundo ya se ha retirado y uno puede enfrentarse a los libros sin que nadie venga a explicarle nada. Así llegué a El brillo de los cristales rotos, de un señor llamado José Castellà Blanch del que no había oído hablar antes, que tardó setenta y dos años en publicar su primer libro de poesía y que, con todo el tiempo que se tomó, lo hizo bien.

Fíjense en el título. El brillo de los cristales rotos. Hay en esas cinco palabras una paradoja que no es ornamental sino estructural: los cristales no brillan enteros, sino rotos. La memoria no conserva: destruye. El poemario arranca de ahí y no cede un metro en toda su extensión. Castellà Blanch —nacido en Tortosa en el cuarenta y siete, llegado a Alicante en el sesenta y seis, curtido en consultoría y en años que no dan para el verso cuando uno está ocupado ganándose la vida— construye en noventa y ocho páginas una cartografía de las pérdidas. No la lista de lo que se fue, sino el examen de lo que queda cuando se va.

Escribo desde el conocimiento de que hay dos clases de poetas que llegan tarde. Los que llegan tarde y traen el cofre lleno de imágenes acumuladas durante décadas —imágenes que no han tenido tiempo de gastarse ni de ponerse de moda—, y los que llegan tarde simplemente porque no eran poetas y ahora creen serlo. Castellà Blanch pertenece a los primeros. Su libro tiene la densidad de la experiencia vivida y la virtud de no exhibirla como si fuera un mérito. El mérito está en lo que hace con ella.

Permítanme ser concreto, que es lo único que sé hacer cuando un libro merece la pena. El poemario se organiza en cuatro bloques —Tiempo y memoria, El cuerpo y el deseo, La calle y las voces, Orto y ocaso— y avanza como avanzan las pérdidas de verdad: con calma y sin retórica. Hay poemas de infancia que no caen en la trampa de la nostalgia fácil. Hay un poema sobre una muchacha de papel couché clavada en la pared de un taller que dice más sobre el deseo y el tiempo que muchas novelas que he leído este año. Y hay, sobre todo, una voz que sabe cuándo callarse, lo cual en poesía no es un detalle menor sino la mitad del oficio.

Les diré una cosa más. Castellà Blanch no escribe para que lo entiendan los que ya entienden. Escribe desde una tradición poética —la elegía, el memorialismo, la introspección— que tiene siglos de fondo, pero sin que el peso de esa tradición aplaste al lector que se acerque sin aparato crítico. Eso también es habilidad. No es la habilidad más frecuente.

Compren este libro. Léanlo de noche, si pueden.

— Javier Pérez-Ayala