Hay una cosa que aprendí hace muchos años, cuando cubría conflictos en lugares donde la libertad era un lujo de exportación: que la gente que ha estado encerrada sabe cosas que los demás no saben. Cosas sobre el tiempo, sobre el silencio, sobre la diferencia entre tener paredes y no tenerlas. No son cosas que se expliquen fácilmente; se huelen en los ojos de quien las ha vivido.

Pensé en eso la semana pasada leyendo Libertad, el primer poemario de Silvia Cubeles Vaquero, publicado por Editorial Poesía eres tú. Sesenta poemas escritos desde una celda y un centro psiquiátrico, en español y en catalán, con la precisión de quien ha tenido demasiado tiempo para pensar qué palabras usar y muy pocas páginas donde escribirlas.

El libro no pide compasión. Eso es lo primero que hay que decir, porque hay una literatura del sufrimiento que sí la pide y que resulta insoportable de leer. Cubeles Vaquero no opera así. Documenta. «Soy tan peligrosa / y tan mala / que tu mejor solución / ha sido encarcelarme», escribe en uno de los poemas, con una ironía que tiene filo de navaja. No llora; señala. Y la diferencia entre las dos cosas es la diferencia entre la queja y la literatura.

Lo que da al libro su fuerza particular es la concreción. La libertad aquí no es una idea: es el mar tocando los pies, la cama propia, la perra, el padre, el viento despeinando el pelo. El poema «CENTRO PENITENCIARIO», nueve versos sobre la lluvia en el patio, es el más preciso del libro: la reja no puede detener el agua. Esa es toda la libertad que queda, y es suficiente para escribir un poema que uno no olvida.

La alternancia entre el español y el catalán es otra decisión de la que no se habla lo suficiente. La autora usa el catalán en los momentos de mayor intimidad —la lengua del refugio cuando la otra ya no alcanza—. «No tens perdó, / no tens perdó, / no tens perdó», repite con la cadencia de quien ya no puede más pero todavía tiene voz.

No hay muchos libros de poesía que uno quiera recomendar con el argumento de que son necesarios. Pero Libertad pertenece a esa categoría más escasa: la de los libros que tendrían que existir aunque nadie los hubiera pedido. Compren este libro. Léanlo en voz baja, si pueden.

— Javier Pérez-Ayala