Las tormentas de un chico de veintitantos, o cómo la poesía todavía duele
Hay libros que llegan a la mesa de un editor como llegan ciertos vinos desconocidos a la copa: sin etiqueta prestigiosa, sin el aval de ningún nombre que pese, sin más argumento que el líquido mismo. Tempestades, el primer poemario de J. Carlos Mellado Fernández, publicado por Editorial Poesía eres tú en este 2026, es exactamente eso: un primer sorbo que te detiene, te hace fruncir el ceño y te obliga a prestar atención. No porque sea perfecta la cosecha, que no lo es del todo, sino porque tiene algo que en este oficio uno aprende a reconocer con los años: tiene verdad. Y la verdad, señores, es escasa.
He leído muchos poemarios de gente joven en los últimos tiempos. Demasiados, si me apuran. La mayoría comparten el mismo defecto que comparten también los discursos de ciertos políticos y las canciones de ciertos festivales: la confusión entre decir mucho y decir algo. Hablan de la identidad, del dolor, de la soledad y del capitalismo con una soltura que uno admiraría si no fuera porque esa soltura es, con frecuencia, vacía. El adolescente de las redes ha aprendido a sonar profundo sin serlo. Mellado Fernández, que nació en 2002 en Escóznar, una localidad del cinturón norte de Granada, no cae en esa trampa. O no siempre. Y eso, a estas alturas del siglo, merece una nota a pie de página.
El libro se divide en tres secciones: Desangre, Abismo y Resistencias. Tres palabras que ya son un programa, una hoja de ruta emocional trazada con una claridad que a veces el propio poemario no sostiene con igual firmeza, pero que en sus mejores momentos justifica con creces. La primera sección pertenece al amor: el amor como herida, como adicción, como esa rosa que el poeta quiere para su disfrute aunque le hiera cada vez que la toca, “ese veneno es amor, calor a presión”, escribe, y uno reconoce en esa frase el mecanismo exacto de ciertas pasiones que no convienen pero que se buscan igual. La segunda sección es el derrumbe interior, el magma que se desborda: “Se desborda la lava de mi pecho con sus caricias; / hacen arder el combustible que anida en mi interior. / Fusión de oro y metales, de espejos, de amor. / Torrentes de magma en mi volcán interior.” Hay en esos versos una manera de nombrar el estado amoroso como catástrofe geológica que no es nueva en la historia de la lírica, pero que en este muchacho suena a propia porque la ejecuta sin ornamentos innecesarios. La tercera sección es la que más me interesa como lector: el libro sale de sí mismo, mira al mundo, al pueblo que resiste, a las víctimas de cualquier latitud, y lo hace con una convicción que no siempre se sostiene técnicamente pero que resulta, en cualquier caso, necesaria.
Lo que más me llama la atención de Tempestades es su uso del mundo natural. Este chico de Granada ha crecido en una tradición que va de Lorca a los grupos de WhatsApp, y sin embargo ha elegido el cerezo, la mariposa, el volcán, el cuervo y el lobo como cifras de su experiencia. No hay aquí pose ecologista ni conciencia verde declarada: la naturaleza en Mellado es anatomía, no escenografía. El volcán está dentro del pecho, no en el fondo del decorado. Las mariposas viven en el estómago, no en el prado pintoresco. Esa interiorización del paisaje es, a mi juicio, uno de los rasgos más genuinos del libro, y uno de los que más claramente lo conecta con la mejor tradición de la lírica española, que desde Garcilaso hasta Machado ha sabido que la naturaleza no es lo que está fuera del hombre sino lo que el hombre lleva dentro sin haberlo pedido.
Tiene sus imperfecciones. Claro que las tiene. Hay poemas que se quedan a medias, versos que se precipitan antes de tiempo, imágenes que prometen más de lo que cumplen. El oficio no se adquiere en el primer libro: eso lo sabe cualquiera que haya publicado alguno y cualquiera que haya editado cientos. Pero hay también momentos de una precisión que desconcierta en alguien que lleva tan poco tiempo sobre este suelo. En “Aullido”, el lobo que no logra nunca aullarle a la luna porque en el momento exacto del encuentro el cazador dispara, hay una metáfora del amor imposible y de la soledad constitutiva que no necesita explicación ni muletas retóricas: “Y en el momento en el que coinciden / en el punto exacto, es cuando el cazador realiza el tiro; / y es la luna quien escucha el ruido / porque el lobo no vuelve a cantar.” Ese final es bueno. Es bueno con la sencillez con que son buenas las cosas que no necesitan que nadie les explique por qué lo son.
He leído a poetas jóvenes que escriben como si la poesía fuera un ejercicio de estilo, un juego de ingenio para impresionar a quienes ya están convencidos. Mellado escribe como si le fuera algo en ello. Como si los poemas fueran una forma de no ahogarse. Esa urgencia se nota, y en literatura la urgencia, cuando es auténtica, vale más que la perfección técnica de quien escribe sin jugarse nada. La Generación Z ha producido ya algunos narradores y algunos poetas que justifican la esperanza en el relevo. Este poemario, con sus luces y sus grietas, merece un sitio en esa conversación. Ni más ni menos.
Javier Pérez-Ayala
