El oficio de quedarse quieto

Hay una cosa que me enseñaron mis años de corresponsal y que no sale en ningún manual del periodismo: que la figura del testigo es, casi siempre, la más honesta de todas. El que dispara, el que carga, el que grita en la manifestación, todos saben que están siendo observados y actúan en consecuencia. El testigo, en cambio, no actúa. Se queda quieto, abre los ojos, y escribe lo que ve. Es un oficio difícil. Más difícil, les digo una cosa, de lo que parece desde fuera.

Les cuento todo esto porque acabo de cerrar Sevilla en primavera. Crónicas desde mi salón, de Enrique Graciani Constante, y el libro me ha recordado a ese testigo del que hablo. Graciani Constante —ingeniero, sevillano de pura cepa y hombre que ya contabiliza décadas suficientes para llamar a las cosas por su nombre— escribe sobre la Semana Santa y la Feria de Abril desde su salón. No desde la calle, ojo, sino desde el salón. Desde la butaca. Desde la televisión. Y no lo dice con vergüenza sino con orgullo, porque ha entendido algo que a muchos cronistas les cuesta entender: que la distancia también da perspectiva.

El libro se articula en dos grandes bloques. El primero, La Pasión según Sevilla. Crónicas desde mi sillón, recorre la Semana Santa con una mezcla de verso libre y prosa que recuerda, en su cadencia, a los textos de ciertos poetas del costumbrismo andaluz del XIX, aunque sin el amaneramiento sentimental que ese costumbrismo a veces arrastraba. Graciani Constante observa las procesiones con el ojo del que ha visto mucho y sabe distinguir lo genuino de la puesta en escena. Hay en sus páginas nazarenos, costaleros, el olor del azahar mezclado con el incienso, el silencio de la Madrugá y la multitud que lo llena todo sin acabar de explicar nada.

El segundo bloque, La Feria de Sevilla. Crónicas desde mi butaca, es si cabe más interesante porque el tema es más resbaladizo. La feria es una cosa que se escribe mal con facilidad: o se cae en el reportaje turístico o se cae en la sátira condescendiente. Graciani Constante no cae en ninguno de los dos. Escribe sobre el pescaíto frito que no sabe igual en la tele, sobre la caseta del padre médico que ya no existe, sobre los sevillanos que se ponen sus mejores galas para verse entre sí. Lo hace con afecto, sí, pero también con lucidez. Sabe que está describiendo un rito y que los ritos son tanto más necesarios cuanto más frágiles son.

Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando un libro merece la pena: Graciani Constante escribe con errores. Los hay. Alguna rima que chirría, algún verso que cojea, algún giro que delata la prisa o la falta de un editor con mano más firme. Él mismo lo confiesa, con esa honradez que agradeces en un autor: habla de sus propios ripios, los llama por su nombre, y sigue escribiendo. Eso me parece, señoras y señores, más valioso que la perfección de quien escribe con miedo.

Lo que distingue a este libro de tantos otros que publican autores mayores es que no tiene vocación de testamento. No hay en estas páginas ese tono de «ya lo he dicho todo y ahora me voy». Hay, al contrario, un hombre que sigue mirando, que sigue siendo curioso, que sigue encontrando en Sevilla razones para coger el bolígrafo. Y eso, que suena sencillo, no lo es. El país está lleno de hombres y mujeres que a los setenta deciden que ya no tienen nada que decir. Graciani Constante ha decidido lo contrario.

La mezcla de géneros —crónica, poema, prosa lírica— puede desconcertar a quien busque una etiqueta limpia. No la encontrará. El libro es lo que el autor necesitaba que fuera, y esa necesidad se nota en cada página. Los textos sobre la Madrugá tienen una densidad sensorial que va más allá del reportaje festivo: el azahar que lo inunda todo, el rastreo de los pies costaleros, el silencio que se vuelve material. Son textos que se recuerdan.

Compren este libro. Léanlo con calma, si puede ser en dos sentadas, y si durante la lectura descubren que Sevilla les importa un poco más que antes, no me lo cuenten a mí. Cuéntenselo a Graciani Constante, que bastante trabajo le ha costado ponerlo en papel.

— Javier Pérez-Ayala