Las flores que nacen después de la guerra

Me acuerdo de cuando tenía veinte años y pensaba que el amor era para siempre, o al menos para un rato largo. Leía poesía romántica y creía que las relaciones se construían con palabras bonitas y gestos definitivos. Luego llegaron las aplicaciones, los mensajes que no se contestan, las historias de Instagram que duran veinticuatro horas como duran ahora las relaciones, y me di cuenta de que algo había cambiado profundamente en la forma de querernos. Por eso cuando leí Marte retrógrado, Venus ausente de Almu Gambi sentí que alguien estaba contando mi historia, aunque yo ya no tenga veinte años ni navegue por Tinder buscando amor entre desconocidos.

Este libro es muchas cosas pero sobre todo es honesto, y eso ya es bastante en una época donde todo el mundo miente un poco sobre cómo le va en el amor. Gambi escribe desde la trinchera de su generación, la de los que han crecido con el móvil en la mano y el corazón a medio proteger, esperando un mensaje que no llega o llegando a una cama que no será la suya por la mañana. “Somos hijos del amor líquido / de ese que se escapa de las manos / del que dice ya te llamaré / y sabes que en muy poco se olvida”, escribe en uno de los primeros poemas, y yo pienso en todas las veces que he oído esa frase, “ya te llamaré”, que es otra forma de decir adiós sin tener que decirlo de frente.

Lo que me gusta de Gambi es que no se lamenta ni se victimiza. Simplemente cuenta lo que hay, con ironía a veces, con dolor otras, pero siempre con una lucidez que te hace pensar que ella sabe perfectamente en qué terreno se mueve. Y ese terreno es el del amor convertido en producto de consumo, el de las relaciones que se compran y se tiran como si fueran de Aliexpress. Tiene un poema que se llama precisamente así, “Reclamación”, donde dice: “Otra vez lloras por tus romances de Aliexpress / porque no tienes a quién devolver este producto”. Y añade: “No se corresponde con las fotos, / es barato, vulgar, superficial… / y nunca sabes cuánto va a durar”. Es tan cierto que duele, porque todas hemos conocido a ese tipo que parecía estupendo en las fotos y luego resultó ser otra cosa.

Gambi usa la mitología como si fuera un espejo roto donde se refleja el presente. Marte que se derrite de cansancio después de tanta guerra, Venus que camina desolada entre los escombros, Ícaro que se quema las alas aunque ya sabe que va a caer. Y todo eso mezclado con WhatsApp, con los mensajes escritos con la tinta del alcohol, con las notificaciones que nunca llegan, con esa sensación de estar siempre a punto de algo que nunca termina de pasar. Me pregunto si mi generación también vivió el amor así, con esa sensación de precariedad constante, y creo que no. Nosotras al menos teníamos tiempo para equivocarnos sin que quedara registro digital de cada error.

Hay un poema que me ha partido el alma, y lo he leído varias veces porque dice algo que todas hemos sentido alguna vez aunque no hayamos sabido ponerlo en palabras. Dice: “A nadie le satisface un vaso de agua, / cuando lo que quiere es una copa de vino. / Igual que a mí no me satisface un polvo, / cuando lo que quiero oír es un ‘te quiero’ al oído”. Es tan simple y tan devastador que no necesita explicación. Porque al final todo se reduce a eso, a que queremos que nos quieran de verdad pero nos conformamos con sucedáneos, con encuentros que no significan nada, con noches que se olvidan en cuanto amanece.

La estructura del libro es interesante porque va de menos a más, del deseo inicial al desastre final, pasando por todos los estadios intermedios del amor contemporáneo. Hay poemas brevísimos, casi haikus, como ese que dice: “Me siento muy mal / por haber perdido / los poemas cantados / con algunos chupitos”. Y hay otros más elaborados, sonetos actualizados donde la tradición se encuentra con Tinder y de ese choque sale algo nuevo. Gambi sabe manejar los registros, puede ser coloquial sin ser vulgar, puede ser culta sin ser pedante.

Lo que más me conmueve del libro es que no se queda en la denuncia ni en el lamento. Sí, está contando una guerra, sí, está describiendo un campo de batalla donde todos salen heridos, pero al final hay esperanza. El último poema, el XLVII, habla de cuando la guerra se acaba y solo quedan “campos yermos por segar” y “un rastro de sangre seca”, pero termina con Venus encontrando “flores blancas, brotando entre las armas”. Esas flores son importantes porque nos dicen que todavía es posible que algo crezca, que no todo está perdido, que después de la devastación puede venir la reconstrucción.

Pienso en las mujeres jóvenes que leerán este libro y me pregunto si se reconocerán en estos poemas como yo me he reconocido aunque mi historia sea distinta. Creo que sí, porque Gambi habla de algo universal que va más allá de las aplicaciones y los mensajes: habla de la soledad, del miedo a no ser suficiente, de la dificultad de encontrar a alguien que te mire de verdad en un mundo donde todos miramos pantallas. Habla del orgullo que nos impide pedir perdón, de los silencios que dicen más que las palabras, de esa sensación de estar siempre al borde del abismo pero sin terminar de caer nunca.

No sé si este libro cambiará algo, si después de leerlo alguien decidirá amar de otra manera o dejar de conformarse con migajas. Probablemente no, porque los libros no cambian el mundo aunque a veces nos cambien a nosotras. Pero al menos Marte retrógrado, Venus ausente tiene la valentía de poner nombre a lo que muchas sienten y no saben cómo decir. Y eso ya es bastante, ya es necesario, ya es un primer paso para que algún día, quizá, el amor deje de ser una guerra y vuelva a ser lo que siempre debió ser: un encuentro entre dos personas que se atreven a mirarse sin miedo.

Almu Gambi ha escrito un libro valiente sobre una generación que ama con el corazón roto de fábrica. Lo ha hecho sin autocompasión ni melodrama, con ironía y con dolor a partes iguales, y el resultado es un poemario que te incomoda y te abraza al mismo tiempo. Ojalá lo lean, ojalá les remueva algo por dentro, ojalá las flores blancas que crecen entre las armas no sean solo una metáfora bonita sino una posibilidad real para todas las Venus desoladas que caminan buscando algo que se parezca al amor.

Ana María Olivares