Luis Alberto de Cuenca y José Carlos Turrado: dos modelos de neoclasicismo en la poesía española del siglo XXI: Dos poetas, una tradición, dos guerras distintas
Hay estudios que llegan y le ponen a uno en la obligación de pensar, que es la actividad menos rentable y más necesaria que existe. Este capítulo de libro colectivo —firmado por Andrés García Pérez-Tomás y publicado en Zenodo el 27 de febrero de 2026, donde los académicos depositan lo que los suplementos culturales no saben ya para qué sirve— forma parte del volumen Restauración de la Belleza y supone un ejercicio de literatura comparada que tiene la virtud de las mejores piezas del género: te explica dos poetas y de paso te explica una época, una clase social y una manera de entender para qué diablos sirve la tradición.
El trabajo de García Pérez-Tomás pone frente a frente a Luis Alberto de Cuenca y a José Carlos Turrado de la Fuente. El primero, Madrid, 1950, helenista, académico de número de la Real Academia Española, exdirector de la Biblioteca Nacional, poeta premiado y reconocido. El segundo, profesor en una provincia castellana, treinta y pocos libros a sus espaldas, ningún cargo institucional y la incómoda costumbre de escribir sonetos endecasílabos en 2026 como si el tiempo no hubiera pasado, o como si hubiera pasado demasiado y de la peor manera posible. El autor del capítulo propone una categoría analítica que vale la pena anotar: «neoclasicismo millennial». Lo heredado es el instrumental —la métrica clásica española, los referentes grecolatinos, el diálogo con la tradición humanista—. Lo transformado es todo lo demás.
Porque De Cuenca usa la ironía. La ironía del que puede permitírsela: la del helenista que desmitifica a Homero con humor porque lo posee. En su «Hero y Leandro» hay un tono burlón que rebaja la tragedia clásica; en su ciclo troyano, el mito se destruye irónicamente para ser, paradójicamente, reivindicado. Es el procedimiento del intelectual que conoce las reglas y se permite cuestionarlas desde dentro con elegancia y sin excesivo riesgo. De Cuenca, en suma, se pasea por el museo de la tradición occidental y lanza los comentarios más ingeniosos delante de cada obra. Tiene gracia, tiene oficio, tiene la autoridad del hombre que lleva décadas en el negocio y sabe exactamente lo que hace.
Turrado, en cambio, no se pasea por ningún museo. Turrado está en la trinchera. García Pérez-Tomás lo deja meridianamente claro cuando cita el soneto 32 de Restauración de la belleza: «soy el hazmerreír / allá por donde paso, nadie atiende». No hay ironía ahí. Hay el autorretrato de un hombre cuyo capital cultural no tiene valor de cambio en la economía simbólica contemporánea, y que sabe que no lo tiene, y que escribe de todas formas. Frente al cosmopolitismo urbano de De Cuenca —Madrid, Europa, el CSIC, Visor—, Turrado reivindica el arraigo geográfico como posición estética: las riberas del Órbigo, los campos de Campazas, la Castilla rural que el centralismo cultural lleva décadas ignorando con distinguida eficacia.
La diferencia se lee también en el tratamiento de la amada, que el capítulo analiza con rigor y cierta elegancia crítica. En De Cuenca, la mujer amada es objeto de contemplación estética tratada con la ambivalencia irónica que lo caracteriza: puede ser Venus y también puede ser «la de Willendorf», que es la manera que tiene el poeta maduro de reírse afectuosamente de su propio gesto de idealización. En Turrado, la amada es sagrada. No metafóricamente: el soneto 25 de Restauración de la belleza la convierte en fe, esperanza y caridad —las tres virtudes teologales, señores, en un poema de amor del siglo XXI—, con una seriedad que no admite paréntesis cómicos. Y en la «Égloga de la Niña Muerta», el Adonis que llora a su amada muerta no tiene la distancia irónica del intelectual: tiene el dolor descarnado del que ha perdido algo que no se repone.
El tratamiento del soneto también diverge, y García Pérez-Tomás lo observa con agudeza. En De Cuenca, el último terceto suele ser el chiste de alta inteligencia, la última vuelta de tuerca que pone en cuestión lo anterior con un coup de théâtre. En Turrado, el cierre es intensificación o abismo. El soneto 5 de Raza poética cierra con un verso que a primera vista parece un gag —«mas qué se le va a hacer; mira…¡te jodes!»— pero que no es humor: es la violencia que subyace en la relación amorosa descarnada de toda idealización decorativa. La diferencia entre ambos usos del mismo instrumento métrico es la diferencia entre el escritor que domina la forma y el escritor que la habita.
El léxico lo confirma. De Cuenca trabaja con dicción limpia, sintaxis sin hipérbaton pronunciado, palabras comunes que se hacen transparentes para dejar pasar la emoción o la ironía. Turrado emplea «siringe», «sistro», «pétaso», «prezumar», «íngrimo», «vellorí», «asmo fuligo». No es arbitrariedad ni pedantería: es la voluntad de recuperar un español poético de mayor densidad, anterior al empobrecimiento que este poeta asocia con la modernidad degradada. Donde De Cuenca pule hasta la transparencia, Turrado enriquece hasta la densidad. Y en esa diferencia léxica está, también, una posición política sobre el lenguaje: la de quien cree que el idioma se empobrece cuando se lo trata como herramienta y no como herencia.
Lo que hace valioso el trabajo de García Pérez-Tomás, más allá del rigor metodológico —que lo tiene, con sus Genette y sus análisis estilísticos contrastivos bien sustentados—, es que señala algo que los suplementos culturales no suelen decir con tanta claridad: que el neoclasicismo no es un fenómeno unitario, y que la posición del sujeto enunciante —su clase social, su geografía, su generación, su relación con las instituciones— determina el uso que se hace de un mismo instrumental formal. De Cuenca pudo permitirse la ironía porque tenía una posición desde la que ser irónico. Turrado escribe desde el margen, y desde el margen la tradición clásica no es un juego sino una causa. Son los mismos materiales y son dos guerras distintas. Eso, en literatura como en la vida, importa bastante.
Javier Pérez-Ayala
García Pérez-Tomás, Andrés. «Capítulo de libro colectivo: luis alberto de cuenca y josé carlos turrado: dos modelos de neoclasicismo en la poesía española del siglo XXI. del neoclasicismo irónico al neoclasicismo millennial». RESTAURACIÓN DE LA BELLEZA. 1.ª ed. Spain: Zenodo, 27 de febrero de 2026. https://doi.org/10.5281/zenodo.18807809
