Cuando un poeta le dice la verdad a Dios
Me acuerdo perfectamente del momento en que abrí Así habló Arquipoeta. Estaba en casa, con esa luz de tarde que entra por la ventana y que siempre me parece la mejor para leer poesía. Pensé que sería uno de esos libros académicos que pesan más por las notas a pie de página que por los versos. Y en parte lo es, no voy a engañar a nadie. Pero hay algo en la voz de ese poeta mestizo del virreinato peruano que te agarra por el cuello y no te suelta.
Miguel A. Torres Morales ha hecho un trabajo de detective literario, de esos que requieren años en archivos polvorientos y paciencia de orfebre. Ha rescatado a un tal Arquipoeta Barranquino, formado con los jesuitas, que tuvo el descaro de llamar mequetrefe al arzobispo de Lima y de denunciar a la Inquisición como lo que era: una máquina de tortura disfrazada de fe. No es poca cosa. Y lo hizo desde la fe más auténtica, no desde el cinismo. Eso es lo que me parece más interesante.
Porque una cosa es criticar a la Iglesia desde fuera, desde la comodidad del que ya no cree en nada, y otra muy distinta es hacerlo desde dentro, desde el amor más hondo y más dolido. El Arquipoeta se sabía heredero de Teresa de Ávila, de San Juan de la Cruz, de Fray Luis de León. Es decir, de todos esos místicos que la propia Iglesia persiguió antes de convertirlos en santos. Hay algo de tristeza infinita en eso, ¿no les parece? Amar tanto a Dios que los representantes de Dios te metan en la cárcel.
Leo sus versos y me pregunto cómo es posible que una voz así se perdiera durante siglos. “Viene la Inquisición, viene el arzobispo mequetrefe, disfrazado de cuervo negro”, escribe. Y uno casi puede ver la escena: el prelado montado en su mula, orgulloso de su poder, y el poeta en su celda, con la única arma que tenía, la palabra. Me recuerda a esas mujeres que a lo largo de la historia han dicho lo que no se podía decir y han pagado el precio. No es casualidad que el Arquipoeta invoque a Teresa, a esa mujer que escribía en éxtasis mientras los inquisidores la vigilaban.
Lo que más me ha conmovido del libro es la honestidad brutal del poeta. En un momento dado, después de enumerar todos sus sufrimientos, se dirige a Dios y le dice: “oh Señor si yo te dijera que te amo por todo lo sufrido, mentira”. No puedo evitar pensar en cuántas veces nos han vendido esa idea de que el sufrimiento nos acerca a Dios, de que hay que dar gracias por el dolor. Y aquí llega este poeta del siglo XVII o XVIII y te dice: no, mentira, no te amo por lo que he sufrido. Es de una sinceridad que te parte.
Torres Morales acompaña los poemas con un aparato crítico generoso, a veces demasiado generoso para mi gusto, pero necesario. Te explica cada referencia teológica, cada alusión a santos peruanos, cada guiño a la tradición mística. Y poco a poco vas entendiendo que este hombre no estaba loco, que sabía perfectamente lo que hacía. Cuando escribe que los templos son “jaulas fabricadas para Dios por los falsarios”, está diciendo algo muy sencillo y muy revolucionario: que Dios no vive en los edificios ni en las liturgias, sino en el amor entre las personas. Qué fácil de entender y qué difícil de aceptar para quienes viven del negocio de la religión.
Hay pasajes que me han hecho sonreír, como cuando el poeta se pregunta por qué la Inquisición persigue a las pobres mujeres con gatos negros y no a “los grandes heresiarcas, a los Estados Tramadores que malquistan a los pueblos”. Podría haberlo escrito ayer. La hipocresía del poder siempre castiga a los débiles y protege a los fuertes. Lo sabemos ahora y lo sabían entonces.
No voy a mentir: el libro no es fácil. Hay que tener paciencia, acostumbrarse al lenguaje arcaico, seguir el ritmo lento de los versos barrocos. Pero si una se deja llevar, si lee en voz alta como hacían ellos entonces, empieza a descubrir una música extraña, una cadencia que tiene algo de océano, de oleaje. Torres Morales dice que el Arquipoeta navegaba, que vivía entre el mar y los libros. Se nota. Sus versos suenan a agua y a viento.
Me pregunto qué habría pensado este poeta mestizo si supiera que siglos después alguien rescataría sus manuscritos, que su voz llegaría hasta nosotros. Probablemente se habría reído, con esa risa amarga de quien sabe que la justicia siempre llega tarde. O quizá no. Quizá habría sentido algo de consuelo al saber que las palabras sobreviven a la Inquisición, que la poesía es más terca que el poder.
Así habló Arquipoeta es un libro sobre la dignidad de decir la verdad aunque te cueste la vida. Sobre la fe que no necesita instituciones para existir. Sobre la poesía como último refugio cuando todo lo demás se ha corrompido. Y sobre todo, es un libro sobre la memoria: la necesidad de rescatar las voces que quisieron silenciar, de darles un lugar en nuestra historia. Porque si algo nos enseña el Arquipoeta es que siempre hubo quienes se rebelaron, quienes no se callaron, quienes prefirieron la soledad y la persecución antes que la mentira cómoda.
Cierro el libro y miro por la ventana. Ya casi ha oscurecido. Me quedo pensando en ese poeta mestizo escribiendo a la luz de una vela, sabiendo que lo que escribía podía costarle la vida. Y escribiendo de todas formas. Hay algo de heroísmo silencioso en eso que me parece necesario recordar.
Ana María Olivares
