Hay una costumbre que conservo desde mis tiempos de reportero, y es la de leer los libros que me llegan con un mapa abierto al lado. No siempre es necesario, pero cuando lo es —y este de Ángel Martín González lo es de cabo a rabo— el mapa ayuda. En el caso de Zaida (Versos en la celda), publicado por Ediciones Amaniel, el mapa es el del año 713 después de Cristo, con el ejército de Tarik bajando del estrecho como una ola y el reino visigodo desmoronándose como esos castillos de arena que duran lo que dura el oficio del que los hizo. Que era poco.

Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando un libro me coge desprevenido. Esta novela corta —apenas ochenta páginas, contadas con generosidad— no se parece a la mayoría de lo que se publica hoy bajo el rótulo de novela histórica. Aquí no hay alarde de erudición a la cara del lector ni reconstrucción minuciosa para que el autor luzca lo que sabe. Hay otra cosa: la decisión, mucho más arriesgada y mucho menos frecuente, de meter dentro del relato un poemario completo. Diez versos —uno por cada año de encierro— que la protagonista, Zaida, escribe en pergaminos arrojados por su carcelero. Y digo decisión porque eso —juntar prosa narrativa y verso lírico en un solo cauce— se hace bien, se hace mal o no se hace. Aquí se hace bien.

La historia es de las que ya se contaban en las crónicas árabes y en las leyendas que recogió, mucho después, gente como Pérez Galdós o Lafuente Alcántara: la del jefe bereber Tarik que toma Ronda y convierte una ciudad colgada del Tajo en su corte particular. Hasta ahí, lo que figura en los manuales. Lo que añade Martín González es lo que los manuales nunca cuentan: que la mujer de Tarik —casada, como tantas, por pacto entre tribus— se enamoró de un esclavo cristiano llamado Pedro y pagó ese amor con diez años de celda excavada en la roca, latigazos diarios para él y una hija arrancada del pecho a las dos semanas de nacida. La hija se llama Tayri, y ahí, señoras y señores, está la otra mitad del libro: una niña instruida en la crueldad para luchar y morir, que decide hacer lo primero pero negarse a lo segundo.

Lo que más me ha gustado del libro —y hay varias cosas— es que el autor no se ha dejado arrastrar por la tentación de explicar. Tarik es un canalla, y se entiende por qué; pero también es un hombre que llora a su modo y manda construir los baños árabes más espectaculares del al-Ándalus para una mujer a la que después condenará a morir de humedad. Said, su lugarteniente, es la cara más fría de la maldad burocrática: la maldad que cumple órdenes. Y Pedro, el cristiano, resiste sus latigazos sin gritar más que los nombres que ya no puede pronunciar en voz alta. La economía con la que está contado todo eso —sin subrayados, sin párrafos morales— es de quien sabe que el lector se entera solo si se le deja sitio.

Habrá quien diga que la novela tiene costuras. Las tiene. Hay una progresión por años —713, 714, 715, hasta el 723— que en algún tramo recuerda a una crónica más que a una narración, y hay momentos en que el aparato histórico —campañas en el norte, derrotas en Constantinopla, salinas Iptuci, comercio de la seda— se mete en la página antes de que la página estuviera del todo lista para recibirlo. Pero esas costuras se las perdono al libro porque cuando llega cualquiera de los diez versos, esa progresión se detiene en seco y respiramos otra cosa. Olas que bañan mis recuerdos / que inundan de espuma blanca / esta negra celda. Eso no se aprende en talleres. O se trae o no se trae.

A Ángel Martín González lo he descubierto con este libro. Sé —porque me lo dicen— que es director de hotel desde hace treinta años, jerezano de 1963, y que empezó a escribir tarde, a los sesenta. Mejor para él, y mejor para nosotros: ha llegado al oficio sin las vicios del taller y con la cabeza llena de paisajes verdaderos, lo que no es poco. Antes ha publicado dos poemarios. Se le nota: el verso entra en la prosa como un pez vuelve al agua después de un tiempo en cubierta.

Compren este libro. Léanlo despacio, con un mapa de Ronda al lado si pueden, y déjense pasar por encima los diez versos antes de leer el siguiente capítulo. Que es como Zaida los escribió —contando con que alguien, alguna vez, los leería como ella los pensó—. Y eso, y no otra cosa, es lo que distingue una novela del relleno editorial.

— Javier Pérez-Ayala