A la sombra del sauce de Luis de la Rosa Fernández: Un gramático que escribe como Dios manda

Voy a decirles algo que no suelen oír en los suplementos culturales de este país, donde la mayoría de los que reseñan poesía llevan años confundiendo la oscuridad deliberada con la profundidad y el prosasmo descuidado con la honestidad: hay en Granada un catedrático jubilado de setenta y ocho años que escribe sonetos impecables y que sabe, verso a verso, exactamente lo que está haciendo. Se llama Luis de la Rosa Fernández, ha publicado ocho poemarios en nueve años, y su último libro, A la sombra del sauce (Ediciones Rilke, 2026), es de esas obras que uno cierra con la sensación de haber estado en buenas manos durante toda la travesía.

Seré claro, porque la claridad es lo primero que este libro defiende y lo primero que yo debo a quien lea esto. Estamos ante un poeta que domina la gramática española desde los cimientos —tiene escrito un tratado de casi quinientas páginas sobre el asunto, con varias ediciones— y que ha entendido algo que muchos de sus colegas contemporáneos ignoran o fingen ignorar: que el endecasílabo no es una jaula sino un cauce, que el soneto no aplasta la emoción sino que la concentra hasta hacerla explosiva, y que la claridad sintáctica no es pobreza de imaginación sino respeto al lector. Cuarenta y un poemas distribuidos en cinco secciones —el amor, la naturaleza, el tiempo, la memoria, el compromiso ético— con una arquitectura que no tiene nada de accidental y mucho de oficio de ebanista que conoce la madera con la que trabaja.

He leído poesía española contemporánea suficiente como para saber que el verso libre, en manos de quien no sabe lo que hace, es el disfraz más cómodo de la mediocridad. Cualquiera puede escribir versos sin medida ni rima y llamarlo poesía de vanguardia. Lo difícil —lo que requiere años de trabajo y honestidad consigo mismo— es escribir un soneto que no chirríe, que tenga los catorce versos en su sitio y que además diga algo que valga la pena decir. De la Rosa lo logra con una frecuencia que resulta incómoda para quienes llevan décadas convenciéndonos de que eso ya no se lleva. El soneto “Cronos” tiene en el terceto final esto: “Cronos, devorador de sus criaturas, / en dramático ciclo de la vida, / muestra su furia y cobra sus facturas”. “Cobra sus facturas.” Ahí está la imagen: no la metáfora mitológica previsible sino el giro hacia el vocabulario mercantil que hace que el tiempo deje de ser una abstracción grandilocuente y se convierta en el acreedor implacable que todos conocemos. Eso no se improvisa.

Y no se improvisa porque hay detrás treinta y seis años de enseñar Lengua y Literatura en institutos de Granada, décadas de leer a Garcilaso, a Ángel González, a José Hierro, y un proceso de revisión del propio manuscrito que redujo el libro de cincuenta y uno a cuarenta y un poemas antes de darlo a la imprenta. Ese gesto —tirar a la papelera diez de tus propios versos porque reconoces que no están al nivel de los demás— es el gesto de alguien que tiene código de honor literario, que no confunde la producción con la calidad ni la cantidad con la generosidad. Hay escritores que publican cualquier cosa que sale de su pluma porque les parece un sacrilegio no hacerlo. De la Rosa suprimió casi el veinte por ciento de su obra y el libro ganó con ello. Tomen nota.

El libro tiene cinco secciones, cada una con un epígrafe que actúa como llave de lectura. Los mejores poemas, a mi juicio, están en la tercera y en la cuarta: la del tiempo y la de la memoria. “¿Sazonado y maduro” plantea la vejez sin aspavientos ni autocompasión: “Vivencias encontradas, caprichos del destino, / razón de ser de vidas, múltiples los encuentros, / amor y desamor, vida y muerte enfrentadas, / todo en una vorágine de vivos y de muertos”. No hay en esos cuatro versos una sola palabra que sobre, ni una que falte, ni un acento fuera de sitio. La “vorágine de vivos y de muertos” es la imagen de alguien que ha vivido suficiente tiempo como para saber que las generaciones se solapan y se borran y que uno forma parte de ese flujo sin poder detenerlo. Poesía de la experiencia, sí, pero no la experiencia de barra de bar de los años noventa, sino la experiencia de quien ha llegado a los setenta y ocho con los ojos abiertos y la cabeza ordenada.

El último poema, “¡Despiértate, alma mía!”, es el que más me interesa desde el punto de vista de lo que revela sobre el carácter del autor. El libro lleva cuarenta poemas de contemplación serena, de amor, de naturaleza, de reflexión sobre el tiempo, y de pronto en el poema cuarenta y uno el poeta sacude al yo interior como quien sacude a alguien que se está quedando dormido en un lugar peligroso: “¿No sientes el rugido de la bestia / con alas de metal bañado en sangre? / No percibes aliento envenenado / de brutal alimaña que está invadiendo el campo / en que te meces? / No ves las amapolas ya marchitas?”. Las amapolas marchitas sobre las lanzas no son una imagen decorativa: tienen detrás cien años de simbolismo bélico, de campos de batalla europeos, de muertos que nadie nombra. Un catedrático que ha leído lo que De la Rosa ha leído sabe perfectamente lo que hace cuando pone esa imagen en el verso final de su libro. La contemplación sin el compromiso no basta. El mundo desquiciado “a ti te necesita.” Dicho, cerrado, punto.

La Asociación de Editores de Poesía le dio en 2018 el Premio a la Mejor Obra de Poesía de Habla Hispana por el segundo poemario, No quedan ruiseñores junto al río, en el que ya estaba todo el proyecto en germen. El mismo premio que años antes fue para Luis Alberto de Cuenca. No es mala compañía. A la sombra del sauce es la obra de un poeta que ha seguido trabajando durante los nueve años que van de uno a otro libro, que no se ha dormido en los laureles ni ha repetido la fórmula, que ha tenido el valor de revisar y suprimir y mejorar. El resultado es un libro de cuarenta y un poemas que uno puede leer de una sentada o releer durante meses sin que se agoten. Eso, señoras y señores, en el panorama de la poesía española de 2026, merece que uno lo diga en voz alta y sin complejos: es un libro que está bien hecho, que tiene algo que decir, y que lo dice como Dios manda.

Javier Pérez-Ayala