Mi tía Pili cumplió ochenta y tres años en marzo y desde hace dos tiene un teléfono grande, de los que se ven sin gafas, que le regalaron los nietos para que dejara de llamar al fijo a la hora de la siesta.
Mi tía Pili cumplió ochenta y tres años en marzo y desde hace dos tiene un teléfono grande, de los que se ven sin gafas, que le regalaron los nietos para que dejara de llamar al fijo a la hora de la siesta.