Una mañana de niebla junto a Puerta Cerrada, un LP de Paco Ibáñez y ya no hubo vuelta atrás
Me pasé varios días pensando en el título de este poemario. La muerte siempre nos deja con algo por hacer. Hay títulos que se sostienen solos, que no necesitan que abras el libro para saber de qué va la cosa, y este es uno de ellos. Porque a todo el mundo le ha dejado la muerte con algo pendiente. A ti. A mí. Al señor que va enfrente en el metro y que mira el teléfono con esa cara de no estar mirando el teléfono sino pensando en otra cosa completamente distinta.
Fernando Barbero Carrasco publica en Ediciones Rilke este 2026 un libro de poemas que tiene la rarísima virtud de sonar a verdad desde la primera página. No a verdad ornamentada ni a verdad académica. A verdad sin afeitar, de las que incomodan un poco y te obligan a reconocerte en ellas aunque no quieras. Y eso, en estos tiempos en que tanta poesía parece escrita para ser fotografiada en Instagram con una taza de té al lado, no es poca cosa.
El libro arranca con un epígrafe de José Agustín Goytisolo: “Un hombre solo, una mujer / así tomados, de uno en uno / son como polvo, no son nada”. Y ya sabes que lo que viene a continuación no va a ser literatura decorativa. Goytisolo era de los que creían que la poesía tiene que molestar a alguien, y Barbero ha tomado buena nota.
Hay un poema que se llama “Génesis” y que es, sin duda alguna, el corazón del libro. En él, el poeta cuenta cómo una chica llamada Titi le regaló una mañana de niebla y frío, junto a la Puerta Cerrada, un LP de Paco Ibáñez. Y aquí yo me detuve, porque pensé que había algo en esa imagen —el frío, la niebla, la chica, el vinilo— que lo explica todo. No fue un libro de texto. No fue un profesor. Fue una chica y fue la música. “Y por mi ignorante mirada fueron pasando los poemas”, escribe él. Y así, de golpe, Celaya, Quevedo, Alberti, Góngora, Hernández, Blas de Otero empezaron a vivir en la cabeza de un hombre que hasta entonces tenía “una obrera vida” y que desde ese momento la tuvo también iluminada por otra luz. Me pregunto cuántos de nosotros tenemos una Titi y un LP de Paco Ibáñez en la memoria, aunque no lo hayamos sabido llamar así hasta hoy.
Luego están los Rolling Stones. Y aquí es donde el libro me ganó del todo, porque hace falta tener cierto coraje para juntar en el mismo poemario a Blas de Otero y a los Stones sin que parezca una ocurrencia. “Los Stones nos llevaron a Lisboa / Su sonido nos llenó de energía / en el parque Bela Vista”, dice uno de los poemas del libro. Y no hay metáfora ni artificio ninguno. Fueron a Lisboa, vieron a los Stones y la hija, Andrea, no quería irse a dormir. Así de simple y así de exacto. Así es como uno llega a la conclusión de que la música es una línea que, una vez cruzada, no tiene vuelta. “La primera vez que escuché a Paco Ibáñez / a los Beatles y a Joan Manuel Serrat / también fueron líneas mentales que trasponer”. Y esta vez sí que hay metáfora, y es buena.
El libro se organiza en cuatro partes que van de lo íntimo a lo colectivo, de la epidermis hacia el mundo. En la primera, los poemas del cuerpo y de la memoria: las camas en que uno ha dormido toda una vida, el covid que robó diez días, las hijas que son lo mejor que uno tiene y que sin embargo no le pertenecen a nadie. Hay un poema que se llama “Mis hijas” que es de esos que, si lo lees en voz alta, tienes que hacer una pausa al final antes de seguir leyendo. Y hay otro, “¿Por qué escribimos poemas?”, que consiste en preguntas seguidas de preguntas, y la respuesta final es maravillosa en su modestia: “No lo sé, pero hoy he escrito otro / Me buscaba y me encontró”.
La cuarta sección es la más política del libro, y lleva como epígrafe una cita de Piotr Kropotkin que habla de cómo nos han educado para matar en nosotros el espíritu de rebeldía. Kropotkin, el anarquista ruso, en un poemario publicado en Madrid en 2026. No es nostalgia ni pose. Es consecuencia lógica en alguien que aprendió a leer el mundo con la poesía social en una mano y la canción protesta en la otra, y que no ha visto ninguna razón suficientemente buena para cambiar de biblioteca.
Hay poemas que duelen por su exactitud. En “No leímos a Homero”, Barbero recuerda la derrota política de su generación con una imagen que es tan justa que uno desearía no entenderla tan bien: “Compramos coches, casas, televisores de plasma / Abandonamos la idea de clase / y descartamos la palabra dignidad / No habíamos leído a Homero”. Las sirenas del poema griego convertidas en la Transición española. No es retórica. Es diagnóstico.
También hay humor en el libro, que es otra manera de decir que hay inteligencia. El poema que rinde homenaje a Monty Python para analizar las paradojas del franquismo es uno de los más originales que he leído en mucho tiempo. Y hay ternura, mucha, en el poema de amor en que Matías Escalera le dice al poeta que el amor romántico no existe, que es un constructo artificial, y él responde: “¡qué cabrón! / Me está estropeando el poema / con lo bonito que me estaba quedando”. A quién no le ha pasado algo así.
Fernando Barbero Carrasco escribe en verso libre, sin rima, con una sintaxis que es a veces la sintaxis del habla y que algún amigo despistado le ha dicho que eso no es poesía. El propio poeta lo recoge en uno de sus poemas, con esa mezcla de duda y de certeza que tienen los que saben exactamente lo que están haciendo: “es posible que mi antiguo amigo / esté en lo cierto y esto sea pura prosa”. Pero no lo es. Es poesía de la que no necesita disfrazarse para serlo.
La muerte siempre nos deja con algo por hacer. Sí. Y este libro también nos deja con algo: la sensación de que hay una generación que todavía no ha terminado de hablar, y que mientras Paco Ibáñez siga sonando en algún armario, tampoco debería callarse.
Ana María Olivares
