La poesía del que resiste

Existencial, de Ángel Jesús Martín González, es un libro que se enfrenta al lector desde la honestidad más descarnada. No hay en él pretensiones formales ni alardes de virtuosismo técnico, sino la voluntad de nombrar el dolor, la soledad y la pérdida con palabras sencillas que buscan la comunicación directa antes que el artificio literario. Publicado por Editorial Poesía eres tú, este poemario de treinta y tres composiciones se inscribe en una tradición de poesía testimonial donde lo vivido trasciende lo meramente estético para convertirse en documento de resistencia cotidiana frente a la adversidad.

La dedicatoria inicial —“A mis tres hijos Ángel, Laura y Lola / y a todas las personas que han sufrido, / se sienten solas y han perdido a un ser querido”— establece desde el primer momento el tono y el horizonte del libro. Martín González no escribe para ganar premios ni para insertarse en corrientes literarias de moda; escribe desde la necesidad de poner palabras al vacío, de construir un mapa emocional del naufragio personal, de tender puentes hacia otros que también habitan territorios de sufrimiento. Y lo hace con una desnudez que resulta conmovedora precisamente porque no busca conmover, sino simplemente decir lo que es, sin maquillaje ni subterfugios retóricos.

El libro se abre con “Silencios”, poema programático que condensa la poética de todo el volumen: “Silencios que en calma espero / Tan sólo, sonidos del aire suave y del mar quiero”. El silencio aquí no es ausencia sino presencia, no vacío sino refugio, espacio donde el alma herida puede descansar sin que el ruido del mundo la agreda. Esta valoración del silencio como territorio de salvación atraviesa todo el poemario y se contrapone sistemáticamente al ruido, a las prisas, a la incomprensión de un mundo que el autor siente ajeno, hostil, inhabitable para quien arrastra un dolor profundo.

Una de las constantes más significativas del libro es la presencia de animales como interlocutores privilegiados, como mediadores entre el poeta y una realidad que se ha vuelto incomprensible. El perro que le guía “en la noche siempre oscura de mi vida” en “Camino seguro”, los gorriones de capuchón gris que se acercan a comer de su mano, los peces de la alberca azul que le miran con compasión, la gaviota que le enseña a volar en “Mi gaviota y yo”. No son metáforas ni símbolos literarios; son presencias reales, compañeros de viaje que ofrecen la comprensión silenciosa que los humanos —que “interrumpen, alzan la voz”— no pueden o no saben dar. Esta geografía afectiva poblada de criaturas no-humanas constituye uno de los hallazgos más conmovedores del poemario, porque nos recuerda que la salvación a veces viene de donde menos esperamos.

El poema que da título al libro, “Existencial”, es una declaración de inadaptación radical: “A menudo pienso que éste no es mi mundo / Quizás en tarde de tormentas caí aquí por casualidad”. No es pose romántica ni declaración de inadaptación estética; es la constatación simple de alguien que no encaja, que no comprende las reglas del juego social, que necesita otro ritmo, otro lenguaje, otra velocidad. Y en lugar de forzarse a encajar, el poeta elige retirarse a los márgenes, buscar la compañía de lo no-humano, refugiarse en los elementos naturales —el viento, el mar, las estrellas— que no juzgan ni exigen.

Martín González escribe también sobre el corazón roto con una precisión devastadora. “Mi corazón ya no late, vive sólo relegado al olvido”, leemos en “Corazón sin latido”, imagen que condensa la experiencia de quien sigue vivo biológicamente pero ha dejado de latir emocionalmente. O este verso de “Me arrepiento”: “lágrimas que se quedaron pegadas en las retinas / para al final perecer congeladas en ellas”. Es la descripción exacta de ese llanto que no llega, que se niega, que se queda atascado en algún lugar del cuerpo y duele más que todas las lágrimas derramadas.

El libro no elude la experiencia de la enfermedad mental o el sufrimiento psíquico extremo. “Locura o cordura” es un poema aterrador donde el autor recuerda haber visitado “los caminos del infierno”, esos lugares donde “muertos vivos” te miran “entre esos muros”, donde “inquietantes palabras sin sentido / me susurraban al pasar”. La pregunta final —“¿Sería yo el muerto entre los vivos?”— tiene un peso filosófico que trasciende la anécdota personal y nos enfrenta al dilema de quién está realmente cuerdo en un mundo enfermo.

Pero sería injusto leer Existencial únicamente como inventario del sufrimiento. Hay aquí también una búsqueda persistente de razones para continuar. “Hay razones para vivir, fuertes razones para seguir / y seguro que la luz saldrá algún día para mí y también para ti”, nos dice en “Razones para vivir”. Esas razones son pequeñas, cotidianas, frágiles: el sol de la mañana, el canto de los pájaros, una niña dormida en los brazos, el reflejo de las nubes en el agua quieta de la alberca. No son revelaciones metafísicas ni certezas trascendentales; son anclajes mínimos, formas elementales de resistencia frente al abismo, gestos que permiten seguir adelante cuando todo lo demás se ha desmoronado.

Merece atención especial “Velas al anochecer”, dedicado a las madres ucranianas que sufren la guerra. Aquí Martín González sale de su círculo íntimo para mirar el sufrimiento ajeno con la misma delicadeza con que mira el propio. La mujer que cada noche enciende una vela de un color distinto mientras espera noticias del frente, que cuenta cuentos a sus hijos para mantener a raya el miedo, que resiste con “velas de colores que confían en el destino”. Es un poema sobre la dignidad silenciosa de quienes no tienen más armas que la esperanza y la ternura, sobre cómo se sigue viviendo cuando todo parece perdido.

El lenguaje del libro es deliberadamente sencillo, casi coloquial. Martín González no busca el efectismo verbal ni la pirotecnia retórica; busca la transparencia, la comunicación sin mediaciones. Esto tiene un precio en términos formales: hay irregularidades métricas, encabalgamientos poco felices, imágenes que podrían estar mejor resueltas desde un punto de vista técnico. Pero todo eso resulta secundario porque lo que importa aquí no es la perfección formal sino la autenticidad emocional, la capacidad de decir lo que duele sin adornos ni disfraces. Es una poesía anti-esteticista, escrita desde las tripas y no desde la cabeza, y precisamente por eso tiene la fuerza que tiene.

Hay momentos de extraordinaria belleza en su sencillez. “Invierno en mis brazos”, donde el poeta acuna a su niña dormida y desea que “el sol no amanezca temprano y que juntos, / durmamos para siempre, cogidos entre sus manitas de seda”. O “Hablando con las estrellas”, donde establece un diálogo nocturno con las estrellas que le cuentan historias “con un final feliz” hasta que el ladrido de su perrita lo devuelve a la realidad. Son poemas que capturan instantes de ternura en medio de la oscuridad, pequeñas luces que permiten seguir adelante.

El libro cierra con “Madre”, dedicado a Mercedes, “toda una vida dedicada a la enseñanza de niños pequeños”, que ahora “en algún lugar del cielo reposas serena”. Es un final que no niega el dolor de la pérdida pero que lo reconcilia con algo parecido a la paz, con la aceptación de que las ausencias forman parte inevitable de toda vida. Y antes, en “Un día yo volaré”, el poeta deja constancia de su testamento emocional: “Cuando llegue ese día, dejaré bien labrado mi amor / en vuestros tiernos corazones”. Es una imagen hermosa y dolorosa a la vez, que habla de la muerte como algo que puede prepararse, para el que uno puede dejar un legado de ternura que sobreviva a la ausencia.

Existencial es un libro sobre cómo se habita el dolor sin dejarse destruir por él. Sobre cómo se buscan pequeñas luces en medio de la oscuridad. Sobre cómo se sigue caminando, despacio, sin prisas, porque “no hay prisas para éste, mi corazón herido”. Sobre cómo se aprende a escuchar el silencio, a agradecer la compañía de los animales, a mirar las estrellas como si fueran interlocutoras. No es un libro perfecto desde el punto de vista formal, pero es un libro necesario, honesto, valiente en su desnudez. En tiempos de impostura generalizada, eso vale más que cualquier virtuosismo técnico. Ángel Jesús Martín González ha escrito un testimonio de resistencia cotidiana, un libro para náufragos que necesitan saber que no están solos en su dolor.

Javier Pérez-Ayala