España en voz baja, con todas sus voces

Confieso que cuando empecé a leer El Hilo Ibérico de Francisco Muñoz-Martín estaba un poco a la defensiva. Una más, pensé, una de esas obras que intentan explicar España con mayúsculas, ese país que tantas veces se nos representa como problema irresoluble o como bandera para agitar. Pero me equivoqué. Y me alegro de haberme equivocado.

Resulta que este psicoanalista, músico y poeta ha escrito algo que no pretende arreglarnos ni darnos lecciones. Ha escrito, más bien, una especie de carta de amor muy peculiar a un país que se empeña en no quererse a sí mismo, o que se quiere mal, a gritos, con el puño cerrado. Y lo ha hecho desde la escucha, que es lo que menos abunda cuando hablamos de nosotros mismos.

Leo en su presentación que es psicoanalista con función didáctica, miembro de la Asociación Psicoanalítica de Madrid, y pienso que eso se nota. Se nota en cómo escucha a cada territorio sin imponerle un diagnóstico prefabricado, sin reducirlo a tópico o a consigna política. Andalucía no es solo flamenco y olé, Euskadi no es solo conflicto, Cataluña no es solo reivindicación. Cada región aparece en estos poemas como lo que realmente es un lugar habitado por gente con memoria, con lengua propia o prestada, con cicatrices y con canciones.

Y lo que más me ha gustado, lo que menos esperaba encontrar, es que Muñoz-Martín no propone fusión. No nos pide que seamos todos iguales ni que renunciemos a lo que somos para caber en un molde único. Propone integración, que es cosa bien distinta y mucho más difícil. La metáfora del tapiz la repite varias veces cada hilo conserva su color, su textura, su procedencia, pero todos forman parte de la misma tela. Suena bonito pero es tremendamente complicado cuando llevas décadas o siglos mirando al de al lado con recelo.

Me recuerda a esas conversaciones familiares en las que cada uno cuenta su versión de lo ocurrido y todas son ciertas y contradictorias a la vez. Mi madre dice una cosa, mi hermano otra, yo tengo mi propia memoria, y todas esas memorias conviven sin anularse. Eso es lo que este libro intenta con España reconocer que Galicia tiene su saudade y su gaita, que Madrid es refugio de todos y de nadie, que Castilla guarda la lengua como si fuera un tesoro, que Valencia arde en fallas y renace cada año.

Lo que hace Muñoz-Martín con la lengua es especialmente valiente. Traduce todo el poemario al catalán, al euskera y al gallego, con epílogos cantados en cada lengua. Y no lo hace por quedar bien ni por cumplir una cuota de corrección política. Lo hace porque entiende que el reconocimiento del otro pasa por darle el mismo espacio, la misma dignidad, el mismo esfuerzo. Eso, en un país donde todavía discutimos si ciertas lenguas tienen derecho a existir o son un capricho separatista, no es poco.

También me parece interesante que haya puesto música a todos los poemas y que los haya hecho cantar. Porque la música hace lo que las palabras a veces no consiguen te llega sin que lo entiendas del todo, te emociona sin pasar por el filtro de la ideología. Y cuando hablas de identidad, que es algo que te nace en las tripas y no solo en la cabeza, la música es un aliado poderoso.

No voy a decir que este libro vaya a solucionar nada. El propio autor reconoce con humildad que es “solamente poesía”. Pero creo que la poesía, cuando es honesta, cuando no está al servicio de ninguna consigna, puede hacer algo que la política olvida crear espacios de respiro, de encuentro, de posibilidad. Y en un país tan cansado de enfrentarse a sí mismo como el nuestro, un espacio así no está de más.

Ana María Olivares