JAÉN, CIUDAD QUE RESISTE CON LAS PIEDRAS QUE LE QUEDAN

Quiero decir que soy, prácticamente, un psicópata de las librerías. Lo confieso sin rubor porque hay quien se va de putas y otros, como un servidor, nos vamos de libros. Y cuando caes en manos de un libro como Cuentos para un destierro digno de Martín Lorenzo Paredes Aparicio, maldita sea, entiendes que todavía hay quien escribe con las tripas bien puestas, sin esa pedantería literaria que infesta las novedades editoriales como cucarachas en la sentina de un barco.

Paredes Aparicio, licenciado en Derecho pero poeta y cronista por convicción —que no es lo mismo ni se escribe igual—, ha parido un libro de doce relatos que son doce puñetazos en el estómago de esta España centralista que abandona sus ciudades periféricas como ratas abandonan almacenes. Jaén. La ciudad del lagarto. Plaza de Santa María, convento de la Coronada derribado por la piqueta de la barbarie, palacio de los Covaleda-Nicuesa vendido a malditos fondos buitre. Lean bien: fondos buitre. Esos terrcolas que se cuelan en nuestra memoria patrimonial para guillotinar portadas renacentistas y convertir historia en apartamentos turísticos.

Pero este libro no es lamento. Es combate. Y les aseguro, seoras y seores, que Paredes Aparicio escribe como quien atrinca hera en cubierta durante temporal: con la piedra como materia prima, con la música y la poesía como aire que respirar y pan que comer. “La piedra siempre es hermosa, cuando la materia prima es ella misma”, sentencia en uno de sus relatos. Y ahí está la clave de esta prosa poética que alcanza densidad lírica sin sacrificar narratividad ni personajes de carne, hueso y violines.

Les cuento: el libro arranca con “El tranvía”, relato donde una anciana violinista recorre Jaén diariamente en tranvía leyendo libros que aparecen misteriosamente en su asiento hasta que muere y asciende en vehículo celestial tripulado por artistas jiennenses muertos. No entiendo un carajo de realismo mágico cuando es puro escapismo, pero aquí la fantasía funciona como justicia poética ante traumas colectivos irresueltos. El bombardeo nacional sobre Jaén en 1937 —ciento cincuenta muertos, “La ciudad andaluza tuvo su propio Gernika”— permanece borrado de la narrativa nacional mientras todos conocemos Guernica. Esa es la impunidad que Paredes Aparicio documenta con precisión cartográfica: cada calle nombrada, cada convento derribado, cada balcón donde reposa un violín.

La prosa del hombre combina tres tradiciones sin que compitan entre ellas, lo cual tiene más mérito que hacer malabares en cubierta con mar de fondo: costumbrismo del XIX —esa descripción milimétrica de tipos urbanos y arquitecturas que Galdós habría firmado—, realismo social de posguerra —recuperación de memorias silenciadas, denuncia sin eufemismos— y realismo mágico contemporáneo que permite a brujas ejecutadas en la Inquisición encontrar liberación siglos después cortando rosas amarillas místicas. No es porquería New Age ni autoayuda disfrazada de literatura. Es alegoría sobre cultura como única forma de trascendencia posible cuando instituciones fracasan.

Hace exactamente cinco años que navego con bibliotecas a bordo de editoriales independientes buscando voces que no sean fotocopia de best-sellers comerciales. Y Paredes Aparicio es voz única porque territorializa el destierro hasta la médula: no describe “ciudad andaluza genérica” sino Jaén específica, calle Dr. Fleming, plaza de las Carnicerías, parada situada a los pies del convento de la Coronada. Esta hiperespecificidad geográfica genera paradójicamente universalidad porque cualquier lector de ciudad periférica española —Cáceres, Teruel, Lugo, las que el centralismo madrileño-barcelonés ignora— reconocerá su propio destierro en el de Jaén.

Antonio Garrido, prologuista del libro, identifica en Paredes Aparicio “compromiso cívico al estilo de lo que defendía en toda su obra el ilustre sevillano Manuel Chaves Nogales”. Y no es peloteo editorial. El libro denuncia con nombre y apellidos: maldito fondo buitre que adquiere palacios en subasta, piqueta de la barbarie que destruye conventos, gobernantes incompetentes que desprecian tranvías. Pero nunca cae en panfleto sin calidad formal porque la indignación política se integra en voz narrativa coherente. El cronista de Jaén tiene derecho moral —digo más: tiene obligación moral— a indignarse ante destrucción de su ciudad.

La decisión más arriesgada del libro, y la que demuestra que Paredes Aparicio usa fantasía con lucidez crítica y no como anestesia sistemática, es “Un cuento de Adviento”: refugiado que llega a estación de Jaén sin destino conocido y el relato termina en suspensión, negando redención fantástica que lectores esperaban tras primeros cuentos. El destierro contemporáneo —crisis migratoria— no admite resoluciones míticas como los destierros históricos porque está ocurriendo ahora, joder, y requiere acción política real no consuelo literario. Esa honestidad ética eleva todo el libro.

Ediciones Amaniel, sello del Grupo Editorial Pérez-Ayala, publica este libro en papel Munken y encuadernación que resiste lecturas. No es casual: libro que documenta resistencia de piedras merece formato que resista paso del tiempo. Y el precio son dieciséis euros, lo que cuesta consumición en bar de hotel de cinco estrellas pero aquí te llevas ciento diez páginas de literatura que ilumina zonas oscuras de nuestra sociedad periférica abandonada.

Niguénse a ser cómplices del olvido institucional. Niguénse a comprar best-sellers fabricados en serie por editoriales que privilegian marketing sobre calidad literaria. Y si alguna vez pasan por Jaén, recorran plaza de Santa María pensando en ancianas que ascendieron en tranvías celestiales, brujas liberadas por rosas amarillas, artistas que mantuvieron dignidad mediante cultura cuando todo lo demás fracasaba. Porque “pronto acabarán las fechas en las que la humanidad se divierte regalando caridad”, y este libro no regala caridad: regala dignidad mediante palabra tallada piedra por piedra, relato por relato.

Cuentos para un destierro digno no es libro para leer antes de dormir ni para consumo rápido. Es libro para lectores que conciben literatura como experiencia formativa exigente, no como entretenimiento evasivo. La prosa poética densa requiere concentración máxima, la densidad cultural requiere disposición a investigar referencias a Beethoven y Galdós y bombardeos republicanos silenciados. Pero si pertenecen a esa tribu de lectores serios que rechazan literatura comercial prefabricada, encontrarán aquí proyecto ético riguroso: costumbrismo mágico territorial comprometido que demuestra que regionalismo no es provincianismo sino resistencia global contra uniformización cultural.

Y ya no se escriben libros como este, carajo. Me habría gustado firmarlo yo.

Javier Pérez-Ayala