El telar y los que no salen en el mapa

Tengo desde mis tiempos de reportero una manía que no he sabido quitarme: desconfío de los libros que llevan la palabra América en el título. Casi siempre esconden debajo una tesis, y una tesis, en literatura, suele ser la manera educada de no mirar. Los hay que celebran con trompetas y los hay que condenan con el dedo tieso, y unos y otros acaban contando lo mismo: a sí mismos. Así que abrí este volumen con la prevención puesta, igual que sube uno a una cubierta desconocida sin soltar del todo la barandilla. Me duró exactamente hasta la página trece.

Allí, en el pórtico del libro, Francisco Muñoz-Martín escribe una declaración de intenciones que en otras manos sería una coartada y en las suyas resulta un programa: «No venimos a dictar sentencia. / Venimos a escuchar.» Y luego, por si alguien no se había enterado, remacha: «no borrar para decir, / no poseer para nombrar, / no idealizar para amar». Señoras y señores, eso no es un prólogo. Eso es un contrato. Lo que hacen mil cuatrocientos libros de cada mil quinientos es firmar contratos así en la primera página para incumplirlos en la segunda. Este, y me sorprende decirlo, lo cumple hasta el final.

El Hilo Hispanoamericano cierra una trilogía que empezó con El Hilo Azul, dedicado a Europa, y siguió con El Hilo Ibérico, dedicado a España. Ahora le toca al otro lado del Atlántico: diecinueve pueblos y naciones —dieciocho Estados soberanos y Puerto Rico— repartidos en siete partes, con siete interludios haciendo guardia entre ellas, un prólogo, un epílogo y, al final, un glosario que es casi un libro dentro del libro. Cada país lleva delante una entrada histórica en prosa, sobria y sin adjetivos de propaganda, y detrás un poema con dedicatoria: Octavio Paz en México, José Martí en Cuba, Rubén Darío en Nicaragua, Borges en Argentina, Neruda en Chile, Roa Bastos en Paraguay. Hay además diecinueve canciones con letra y música del propio autor, accesibles mediante códigos QR. El libro, literalmente, se puede escuchar.

Al procedimiento lo ha bautizado Versolumen —verso y lumen, luz— y lo explica sin humo: «Allí donde la crónica aporta los hechos, la poesía aporta la luz». Suena a divisa, y las divisas suelen ser lo primero que se rompe en cuanto sopla viento. Aquí aguanta porque el autor tiene el oficio de mirar por dentro: Muñoz-Martín es psicólogo clínico y psicoanalista con más de cinco décadas de trabajo a la espalda, y eso se nota menos en lo que dice que en dónde pone el oído. No le interesa el titular; le interesa el temblor que queda debajo cuando el titular se ha apagado.

Póngase el lector en Guatemala y lea cómo se despacha lo indecible: «“Genocidio”: palabra que quemó la lengua». Cinco palabras. No hay adjetivo, no hay sermón, no hay estadística de suplemento dominical. O váyase a Perú, donde las víctimas de dos décadas de violencia entran así: «Casi setenta mil ausencias / se sentaron a la mesa del país / y no se levantaron». Fíjense ustedes en la elegancia brutal del hallazgo: la ausencia sentada a la mesa, ocupando sitio, sin levantarse cuando se retiran los platos. Y en Argentina, los pañuelos blancos que «giraron como lunas tercas sobre la plaza». Uno lleva media vida leyendo sobre esa plaza y no recordaba haber visto la palabra tercas colocada en el sitio exacto.

Lo mejor del libro, sin embargo, no está en los poemas grandes de país, sino en los siete interludios: piezas breves, casi desnudas, colocadas entre parte y parte como los descansillos de una escalera larga. En el tercero, sobre la cordillera, se lee esto: «Las montañas no conocen fronteras. / Las conocen los mapas». En el quinto, sobre los ríos del sur: «Nadie pregunta al río / de dónde viene. / Porque ya lleva dentro / todos los lugares». Ahí, en veinte versos y sin una sola fecha, hay más pensamiento político que en muchos ensayos de trescientas páginas con bibliografía al final y agradecimientos a la universidad.

Hay un detalle que quiero destacar porque revela el temple de quien hace las cosas despacio. Al final del volumen, después de los poemas y después de las canciones, viene un glosario repartido en siete bloques que ocupa casi cien páginas y donde uno averigua qué fue la encomienda, qué representa la ceiba para los pueblos mayas, qué significaba el añil en la economía colonial centroamericana o de dónde salió aquello de república bananera. Es un aparato de erudición considerable, y sin embargo el autor tiene el buen gusto de justificarlo con la misma metáfora que sostiene el libro entero: cada palabra, viene a decir, es un hilo, y cada cultura un color. A mí los glosarios me suelen parecer la manera elegante que tienen algunos autores de demostrar lo que han leído. Este no. Este es un servicio al lector, escrito por alguien que sabe que la mitad de las palabras sobre las que se sostiene un continente no están en el diccionario que usamos a diario, y que perderlas no es perder vocabulario: es perder gente.

No todo navega igual de fino, y sería deshonesto callarlo. Cuando el poema llega al presente inmediato, el autor baja la voz y se pone a hablar en pasiva: los gobiernos se convierten en que «Nuevas recetas llegaron a la plaza» y los conflictos en que «el país volvió a debatirse». Nombra sin temblarle el pulso a Porfirio Díaz, a Ubico, a Carías, a Trujillo, a Batista, a Pérez Jiménez, y en cambio deja en penumbra a los más recientes: en Paraguay el dictador es «un general» que «hizo del poder una costumbre», y en Chile el golpe se resuelve como «el once negro de septiembre», sin nombre propio detrás. Se entiende la prudencia de quien no quiere convertir un poemario en un panfleto, y probablemente sea la decisión más sensata; pero el lector nota el cambio de temperatura, y algunos finales de país pierden el filo que tenían treinta versos antes. La cautela es legítima. La rebaja se paga.

Da lo mismo. Con todo y con eso, este es un libro honrado, y a mi edad la honradez es casi lo único que sigo buscando en un anaquel. No viene a explicarle a nadie lo que fue el 12 de octubre ni a repartir culpas con la vara del siglo XXI; viene a sentar diecinueve voces en una mesa larga a ver si se reconocen entre ellas. El epílogo pide, sin pedir permiso, «Fronteras como puentes, / aduanas como saludos». Es una utopía, naturalmente. Todas lo son hasta que alguien las escribe bien. Compren este libro. Léanlo despacio, y pongan los auriculares al menos una vez, que para eso están los códigos.

— Javier Pérez-Ayala