La mujer que se dio la vuelta

Hay una costumbre que conservo desde mis años de leer manuscritos ajenos, y es la de desconfiar de los libros que llegan envueltos en buenas intenciones. La poesía que se propone denunciar algo suele naufragar en la primera página, hundida por el peso de su propia razón. Por eso abrí Detrás de ti, primer poemario de Nadina Fernández Caurel, con la guardia alta. Y me equivoqué de medio a medio, que es lo mejor que puede pasarle a un lector con oficio.

Porque este es un libro que sabe navegar. La autora, que estudió Filología en Granada y respira a Lorca por los cuatro costados, no viene a dar lecciones: viene a contar, y lo hace con una voz partida en dos. Desde el primer verso el sujeto se desdobla, cava «hoy cavo dos tumbas juntas», una para cada mitad de sí misma, y en esa dualidad —fíjense ustedes— está toda la mecánica del libro. No es un truco de salón. Es la manera exacta de decir cómo queda la cabeza de quien ha sobrevivido a la violencia: dos vidas metidas en un solo cuerpo, sin saber cuál duele más.

La segunda parte, «Aquí me tienes amarrada», es la más dura, y aquí la autora demuestra que tiene temple. Podría haberse recreado en la sangre, que es lo fácil y lo que vende. No lo hace. Trabaja por sugerencia, deja que el horror se deduzca, y cuando aprieta lo hace con una pregunta que corta más que cualquier descripción: «¿Cómo será que cuanto más te golpean menos sientes el dolor?». Ahí está el oficio. El que sabe, calla lo justo.

Hay flamenco en estas páginas, y no de postal. Hay una bailaora que perdió el baile: «Se me olvidó bailar, cuando entraste en mi vida, los tacones y las palmas, los dejé atrás». Y hay, sobre todo, un título que es una trampa bien puesta. Durante todo el libro «detrás de ti» significa lo que se deja atrás, el miedo, el hombre, el pasado. Hasta el poema final, donde la voz se planta, da media vuelta y le suelta al verdugo la verdad de toda la historia: «el ciego eras tú, pobre de ti, el que estabas detrás de mí». Ese giro, señoras y señores, no lo improvisa cualquiera.

No todo está a la misma altura. En los poemas largos la autora acumula a veces más imágenes de las que el barco aguanta, y alguna se va por la borda. Pero son pecados de generosidad, no de descuido, y se le perdonan a quien escribe su primer libro con esta seguridad de pulso. Prefiero mil veces a quien arriesga y se pasa que al que no se moja nunca.

Hay además en estas páginas una vocación que va más allá de lo privado, y conviene señalarla. Cuando la voz reúne a todas las mujeres golpeadas bajo una misma consigna —«Ni una, ni otra más»— uno entiende que esto no es un ajuste de cuentas personal, ni un desahogo, sino una manera de ponerse en fila con las que no pudieron contarlo. Dedica incluso un poema a Gisèle Pélicot, y lo hace sin subrayar, dejando que el lector ate los cabos. Dar voz al que la perdió es la más vieja y la más noble de las tareas de la palabra escrita, y también la más difícil, porque se estropea en cuanto uno levanta el dedo para dar lecciones. Fernández Caurel no lo levanta. Cuenta, y calla lo justo, que es lo que separa al escritor del predicador.

Les diré una cosa para terminar. Detrás de ti es un libro incómodo y necesario, escrito por quien ha convertido una herida en forma sin traicionar la verdad de la herida. Eso, y no otra cosa, distingue la literatura de la mera confesión. Compren este libro. Léanlo despacio, sin prisa, que es como se merece todo lo que costó trabajo hacer.

— Andrés Ignacio García-Pérez Tomás