¡Lo callado, a gritos! de Myrna L. Betancourt: La memoria como territorio que resiste
Hay libros que nacen de una necesidad interior tan honda que la forma acaba siendo consecuencia inevitable del impulso, no su envoltorio. ¡Lo callado, a gritos!, de Myrna L. Betancourt, publicado por Editorial Poesía eres tú en esta primera edición de 2026, es uno de esos libros. La poeta puertorriqueña, afincada en la tradición oral y sensorial del Caribe, construye una colección que transita entre el dolor adulto y la memoria de la infancia rural con una honestidad que no busca la complicidad fácil del lector, sino algo más exigente: su reconocimiento.
El libro se articula en dos grandes bloques que dialogan entre sí sin darse del todo la mano. La primera parte, más irregular en su ejecución, registra experiencias de rechazo, acoso laboral y vulnerabilidad emocional desde una voz que a veces cede a la explicación cuando debería confiar en la imagen. Hay, sin embargo, momentos en que el verso encuentra su temple: “No soy víctima de mis cicatrices, / solo prueba de supervivencia.” Esa frase, densa y limpia a la vez, encarna lo que la poesía puede hacer cuando renuncia a argumentar y se entrega a la afirmación rotunda.
Es en la segunda parte, “Crónicas de un Bambú Familiar”, donde la escritura de Betancourt alcanza mayor densidad y coherencia. La infancia en el campo puertorriqueño —siete hermanos, un arroyo que cruzar, los tallos de bambú inclinándose ante el viento, la tormenta convertida en aventura colectiva— se convierte en el territorio desde el que la poeta reflexiona sobre los vínculos que nos constituyen y el modo en que el tiempo los va cubriendo de una pátina de irreversibilidad. “Entrábamos al bosque cruzando un arroyo, / escuchando el viento en el bambú soplar; / las cañas se inclinan con leve apoyo, / con una venia nos ven pasar.” La imagen no es solo descriptiva: es ética. El bambú que se inclina sin romperse es también el código familiar de quien ha aprendido que la flexibilidad no es debilidad sino sabiduría acumulada.
La elección del bambú como símbolo central no resulta caprichosa ni decorativa. Betancourt lo carga de una significación que atraviesa toda la segunda parte: la familia como organismo vivo, anclado en raíces profundas aunque invisible en su trabazón subterránea, capaz de ceder ante la presión sin perder su integridad. Esa misma tensión entre arraigo y movimiento, entre permanencia y transformación, es la que da unidad interna a una colección que podría haber fragmentado lo que termina integrando.
El poema del éxodo a la ciudad —cuando la familia abandona el campo y llega a un barrio de hormigón con rejas en las ventanas— introduce uno de los momentos más logrados del libro. La pérdida del espacio libre, del ruido legítimo, de la naturaleza como campo de exploración, queda fijada en versos que no necesitan amplificación: “El cemento ahoga aquel grito puro, / sellando el paisaje tras un alto muro.” Es la memoria de lo perdido lo que da nombre al libro entero: todo aquello que se calló entonces, que no tuvo palabras entonces, emerge ahora a gritos en el poema. El título no es una metáfora: es una poética.
Betancourt es una voz que llega a la escritura desde la experiencia vivida, no desde la formación literaria convencional, y eso se percibe tanto en los logros como en las limitaciones del libro. Cuando confía en la imagen y en el ritmo, el verso funciona con eficacia y a veces con verdadera intensidad. Cuando cede a la explicación o al imperativo moral explícito, la poesía se debilita. Ese desequilibrio no anula el conjunto: lo humaniza. “No hubo teléfono, ni televisión, / solo la tierra, el juego y la unión.” En ese verso sencillo, sin ornamentos, late la memoria de una generación que construyó su mundo con lo que tenía a mano, y que todavía sabe, en el fondo, que aquello fue suficiente.
Antonio Graña Ojeda
