Fuera de la Jaula de Andrés Martínez Díaz: Memoria, tiempo y la dignidad de lo vivido

Hay poetas que llegan al libro desde la biblioteca y hay poetas que llegan desde la vida, y aunque la distinción no sea siempre tan nítida como parece a primera vista, sí existe una diferencia perceptible en el origen de las imágenes, en la temperatura de los versos, en ese fondo de experiencia real que late o no late debajo de la superficie del lenguaje. Andrés Martínez Díaz, cantautor y poeta nacido en Jumilla, pertenece sin ninguna duda al segundo grupo, y su poemario Fuera de la Jaula, publicado a comienzos de 2026 por Ediciones Rilke, es la prueba de que la poesía escrita desde la vida vivida, sin el aparato de la cultura libresca como único sustento, puede producir textos de una autenticidad que la poesía más erudita no siempre consigue.

El libro tiene una historia previa que conviene conocer, porque esa historia forma parte del texto de manera inseparable. Martínez Díaz lleva décadas componiendo canciones y versos, y la decisión de publicarlos no fue sencilla ni inmediata. En la introducción, el autor lo recuerda con una honestidad que pocas veces se encuentra en los prólogos de los libros de poesía: “Me planteaba el hecho de si debía dejar que todas murieran en un cajón, o en una carpeta de mi ordenador por adaptarnos a los tiempos, lo que hubiera sido muy posible si la SGAE, a la que pertenezco, me hubiera permitido registrar las obras sin tener que individualizar y justificar el lugar de presentación o publicación de cada texto.” La burocracia cultural como jaula primera, antes de cualquier otra: esa es la anécdota que abre el libro y que lo sitúa, desde el primer momento, en el terreno de la resistencia individual frente a los mecanismos que obstaculizan la creación.

La voz que habla en estos poemas es la voz de un hombre que ha llegado a una etapa de la vida en la que la nitidez sustituye a la vacilación, en la que la experiencia acumulada permite ver con mayor claridad lo que merece ser nombrado y lo que no. La prologuista Ana María Olivares Tomás, poeta y editora que ha acompañado el nacimiento de cada composición del libro, lo describe con una precisión que vale la pena citar: “Ya en El Pintor de Palabras, su anterior libro publicado en este mismo sello, advertimos esa musicalidad esencial. Pero en ¡Fuera de la jaula! hay algo más: una madurez ganada a golpes, una urgencia vital que no admite aplazamientos.” La madurez ganada a golpes: esa fórmula condensa algo que los poemas demuestran verso a verso, que la experiencia no es ornamento sino sustancia.

El núcleo más emocionalmente denso del libro, el que a mi juicio le da su mayor profundidad y su lugar más propio en la tradición lírica española, es el ciclo de poemas de amor conyugal que abre el volumen bajo el título El Filo de la Navaja. En un panorama poético en el que el amor aparece casi invariablemente asociado al desamor, a la ruptura y a la herida reciente, la poetización de cuarenta y siete años de convivencia tiene algo de acto de resistencia cultural. El poema «Cuarenta y siete» es, en este sentido, uno de los textos más logrados del libro, y contiene una imagen de relojería que merece detenerse en ella: “Somos dos manecillas de un reloj / al que le faltan horas para poder marcar / lo vivido, siempre en la misma dirección, / imparable, funciona sólo por pulsos, / no precisa cuerda, ni fiscalización, / se recarga de amor por año de uso.” La imagen del reloj que se recarga por el uso, que no necesita cuerda exterior porque genera su propia energía en el movimiento compartido, es la metáfora del amor duradero en su formulación más precisa y menos convencional. No hay idealización en estos versos; hay el conocimiento íntimo de una presencia que ha formado parte de todos los días.

La memoria es el otro gran eje del libro, y en este aspecto la obra de Martínez Díaz dialoga, quizás sin proponérselo de manera explícita, con una de las preocupaciones más constantes de la mejor poesía española de las últimas décadas: la del tiempo que se va y de lo que queda cuando se va. Las elegías dedicadas a José Luis Gil González, Francisco Gil González y Carlos Martínez Torreblanca son los textos donde esa preocupación alcanza su expresión más intensa. Hay en ellas una dialéctica entre la presencia y la ausencia que no se resuelve en el consuelo fácil ni en la retórica del duelo sino en la voluntad de recordar con precisión, de nombrar a los muertos con sus rasgos concretos, de resistir al olvido que la velocidad contemporánea impone como norma. «Buen Viaje Amigo», dedicado a José Luis Gil González, lo formula con la contundencia sencilla de quien sabe que las palabras no pueden devolver lo que se fue pero sí pueden impedir que desaparezca del todo: “Guardo tu canción y el disco de oro / del día que completamos aforo, / aunque no sea un archivo sonoro, / ni pueda sonar en tu gramófono, / sabes que ni el metal, ni el formato, / pueden enmudecer este alegato”.

El libro tiene también, en sus secciones satíricas, una dimensión cívica que conviene no subvalorar. La denuncia política de A Hierro y Fuego y Justicia Poética no está construida desde ninguna ortodoxia ideológica sino desde la indignación del ciudadano que ha visto cómo se degradan, una tras otra, las palabras que sostienen la convivencia democrática. Olivares Tomás lo precisa con exactitud en el prólogo: el autor “escribe desde la indignación del ciudadano que ve cómo se prostituyen palabras como ‘justicia’, ‘democracia’ o ‘fe’.” Esta indignación sin horizonte utópico, este rechazo de la mentira política sin el amparo de ningún programa alternativo, es la posición más honestamente contemporánea que puede adoptarse, y el libro la sostiene con una coherencia que atraviesa todas las secciones: la misma ética que sustenta los poemas de amor, la que anima las elegías y la que impulsa la sátira política, es en todos los casos la ética del que no quiere ser domesticado.

La lengua del libro merece también una observación. Martínez Díaz escribe con el castellano de Jumilla, incorporando sin disculpas términos murcianos, giros coloquiales y expresiones de la tradición oral de su comarca. “Sentío”, “algunzo”, “pelerizos” aparecen en el texto como lo que son: palabras vivas, cargadas de la memoria de una comunidad, que no piden autorización a ninguna norma académica para existir en el poema. Esa decisión lingüística es coherente con la poética del libro en su conjunto: la autenticidad antes que el barniz, la verdad de la propia voz antes que la imitación del registro consagrado. La dialéctica entre el habla local y el castellano culto que el libro pone en práctica no empobrece los textos sino que les da una textura específica, una densidad de origen que pocas obras poéticas de distribución nacional se permiten.

Fuera de la Jaula es, en definitiva, un libro que merece una lectura detenida, la lectura lenta que la mejor poesía exige y que el tiempo contemporáneo dificulta cada vez más. No es un libro sin irregularidades: la extensión del volumen y la urgencia con que fue concebido producen inevitablemente momentos de desigualdad entre los textos. Pero en su conjunto, y especialmente en sus cimas —el ciclo amoroso, las elegías, el poema titular—, este libro ofrece algo que no abunda: una voz propia, formada en la experiencia de una vida vivida con honestidad, que no ha aprendido a escribir para gustar sino para decir. Y esa es, al fin, la única razón suficiente para publicar un libro de poemas.

Antonio Graña Ojeda