De la mano de Gloria. Tributo a Gloria Fuertes de José Francisco Devís Capilla: Un puñado de poemas para devolver la decencia a la alegría
Lo primero que uno piensa al abrir este libro es que aquí hay truco. Un abogado valenciano, un podcast de buenas noticias en Spotify, un puñado de poemas escritos “de la mano” de Gloria Fuertes, ilustraciones con ecos de Chagall y Miró, y, para rematar, un propósito confeso: cambiar la mirada del lector, sacarlo del miedo, devolverlo a la esperanza. Suena, leído así, a manual de autoayuda con coartada literaria. Luego empiezas a leer de verdad y comprendes que el truco está en otra parte: en que José Francisco Devís Capilla ha tenido la osadía —y la decencia— de usar la poesía para lo que muchos han dejado de atreverse: hablar claro, tocar al lector a bocajarro y recordarle, sin anestesia, que la vida es dura, sí, pero también hermosa, y que la alegría, lejos de ser una cursilería, es un acto de resistencia.
El caso tiene su historia. Devís no se levanta un buen día convertido en poeta “glorier”. Lo cuenta él mismo, con un desparpajo que desarma, en la “Historia de este libro”. Recuerda aquella voz rota de Gloria Fuertes en “Un globo, dos globos, tres globos”, las entrevistas en las que hablaba de amistad, animales y vida cotidiana, y el momento exacto en que, ya adulto, leyó “El camello cojito” y se preguntó: «¿Quién ha podido ser capaz de escribir algo tan hermoso?», para, acto seguido, reconocerla. «Se recuerda a las personas con las que hiciste un pacto antes de venir», escribe, y explica que él pactó con Gloria prestarle su voz veinticinco años después de su muerte. No es una figura retórica: en el podcast “Qué bueno es vivir” la imita, se pone su tono, su cadencia, ese humor triste y tierno que la caracterizaba, y va soltando, viernes a viernes, poemas nuevos que suenan tanto a Gloria que los oyentes se equivocan en una encuesta y atribuyen a ella lo que ha escrito él. Eso, en literatura, no es copiar: es haber aprendido la música.
El libro recoge veintiséis de esos poemas, seleccionados a petición de los oyentes. “Algunos seguidores del podcast le propusieron que recopilara un pequeño puñado de poemas para lanzar al viento pétalos de energía positiva. Y les hizo caso.» El proceso es sencillo: cada episodio del podcast trata un tema de filosofía positiva —el abrazo, la risa, el silencio, la gratitud, el amor propio, la esperanza, la compasión— y cada poema responde a ese tema, lo destila, lo convierte en historia, en fábula, en imagen. En “Retales de filosofía” se indica a qué capítulo del programa corresponde cada texto y se resume el trasfondo: la oxitocina del abrazo, el estoicismo que habla de aceptación, el eudemonismo de Aristóteles, el amor fati de los estoicos y Nietzsche, la interdependencia budista, el contrato social de Rousseau, la calma interior según los estoicos, la esperanza crítica de Bloch, la alegría según Spinoza. Uno podría temer un manual escolar camuflado. No lo es. La parte doctrinal queda en esa sección intermedia, casi ensayística. En los poemas, todo ese andamiaje filosófico desaparece, se disuelve, y lo que queda es un roble, un pato que “se caga por el camino”, una lagartija que pierde la cola para salvar el pellejo, un delfín que decide dejar de pelear contra las olas y “surfea”, una patita de lago llamada Alegría, un gallo que despierta al sol, una jirafa en la selva de Borneo que se ríe de todo.
Devís escribe como si estuviera hablando a un niño inteligente y a un adulto cansado al mismo tiempo. Usa octosílabos, rimas que se pegan a la memoria, una lengua limpia, sin alharacas, pero con esa picardía verbal que Gloria Fuertes manejaba como nadie. “Tengo cinco dedos / y no tengo siete / una nariz sólo / y sólo un ojete. / Eso es lo que tengo / Si quieres, me quieres.» No hay manera más directa de explicar el amor propio sin caer en sermones de psicólogo barato. Lo mismo ocurre cuando la abuela y el abuelo de “Receta para ser bueno” dictan, removiendo un puchero, la ética entera de este libro: «“Sé bueno”, dice la abuela / mientras remueve el puchero / “pero que nadie te vea” / y a escondidas va y le añade / un poquito de romero.» Y luego: «“Que el otro no es el otro”, me dice / “es parte del mismo cuerpo / que una mano cure a otra / ¿crees que tiene algún mérito?”.» El contrato social, la compasión budista y la ética del cuidado, en diez versos y medio y una cazuela.
Hay momentos en que el libro da un paso más y roza una claridad brutal poco frecuente en la poesía buenista, cuando se la puede llamar así. En “La única verdad”, Devís escribe: «Siente al que viene en patera / al pobre, al loco, al gañan / al delincuente, a tu hermano / al que no sabes que está / al que te importa una mierda / al que te da un poco igual / como parte de ti mismo / es la única verdad.» No hay concesiones, ni eufemismos, ni corrección política. Hay una palabra malsonante donde tiene que haberla, porque la indiferencia suele venir envuelta en esa forma de desprecio. Que esa palabra aparezca en un libro de poesía que habla de abrazos, gallinas, patos y bosques dice mucho del autor: no confunde ternura con ingenuidad ni filosofía positiva con negar el barro.
Una de las virtudes del libro es que no se avergüenza de querer ser útil. Desde el prólogo se dice sin rodeos que lo que hay aquí es “un pequeño libro de filosofía positiva de la vida” y que su misión es ayudar a cambiar la mirada, a agradecer “cada mañana el milagro, el regalo de la vida». En un entorno literario donde la sospecha hacia cualquier cosa que huela a consuelo está a la orden del día, esta franqueza tiene algo de insumisión. Podrá gustar más o menos el modo en que lo hace, pero la intención está clara y se agradece. Además, el libro evita la cursilería que suele empastar estos terrenos gracias a dos antídotos eficaces: el humor y la concreción. “La vida es como una brisa. / Ay que risa Basilisa.” Lo que podía convertirse en eslogan de taza de desayuno se salva porque, antes, se ha pasado por la risa, por la rima juguetona, por la conciencia de que todo esto es frágil y se va deprisa.
Hay poemas que funcionan como pequeñas lecciones de estoicismo popular mejor que muchos manuales. “Sale el sol por la mañana / y por la noche se pone / da igual lo que tú le hagas, sale / y luego se esconde.» Uno puede resistirse, quejarse, patalear, o puede aceptar y “disfrutar de las horas / bailándolas con la brisa / y aunque a ratos al buen sol / lo rapte una sombra fría.» No se niega la sombra, ni la noche, ni la tormenta. Se reconoce su inevitabilidad y se propone una actitud ante ello. Cuando en “El viento sabe que es brisa” se lee: «Lo que le gusta es ser brisa / acariciando la calma. / Por eso ya está feliz / de descubrir que su alma / pase lo que pase es brisa / en la tormenta y la calma», no se está diciendo que las tormentas no duelan; se está diciendo que, por debajo, hay algo que puede seguir siendo brisa. No es misticismo barato, aunque flirtea con él; es una manera de recordar que, incluso cuando uno está siendo estrellado contra el suelo por las isobaras de la vida, quizá pueda seguir eligiendo en qué se convierte por dentro.
Otro acierto de Devís es la forma en que devuelve al lector al mundo físico, a los árboles, a los animales, a la tierra. “Digo bosque, digo árbol / digo océano y su playa / digo río, digo mar / digo llanura y montaña», comienza “Vuelvo a casa”, y remata: «Cada vez que vuelvo al bosque / siento que vuelvo a mi casa.» No hay grandes reflexiones ecologistas, pero sí una intuición clara: estamos mejor cuando volvemos a lo que nos sostiene. En “Mira que te mira”, el roble, el pino, el álamo y el alcornoque se convierten en testigos silenciosos de quien se sienta a escucharlos: «Mira, que te mira el roble. / Mira cómo va callando. / Cómo respiran sus ramas / mientras el aire en silencio / baila “agarrao” con el álamo.» Aquí hay una pedagogía de la atención que cualquier manual de mindfulness firmaría, pero sin palabros ingleses ni tecnicismos: siéntate bajo el pino, respira, escucha, deja que el corcho que cae del alcornoque te diga quién eres.
El libro no se agota en los poemas. Las ilustraciones de Juan José Lorente, hechas con una técnica de “monotipo” que combina intención y azar, aportan otra capa. Se explica que el pintor, al leer los textos, creyó estar ante poemas de Gloria Fuertes, y que se enamoró de esa energía «que evocaban la magia, ternura, inocencia y frescura de Gloria». No es un detalle menor: un lector profesional, desde otro arte, se dejó engañar igual que los oyentes del podcast. Es la mejor manera de medir hasta qué punto Devís ha conseguido sintonizar con la música de la poeta madrileña. Las imágenes, inspiradas en Chagall, Miró y Picasso, se apoyan en una psicología del color que el propio libro explica en los “Retales de filosofía”: el amarillo del sol y del optimismo, el naranja del entusiasmo, el rojo de la energía, el verde de la esperanza, el azul alegre del mar limpio, el rosa fucsia juguetón. Cuando en “Ponle amarillo a este día” el pavo real dice: «ponle amarillo a este día / aunque llueva, que da igual», el lector no está ante una ocurrencia simpática, sino ante la punta visible de una reflexión más seria sobre cómo el color afecta al ánimo. El resultado es un objeto que se puede leer, mirar y casi paladear.
¿Tiene puntos flacos el libro? Alguno, claro. El lector acostumbrado a una poesía más hermética o más feroz puede notar que, en algunos poemas, la voluntad de dejar siempre una nota esperanzada al final roza el didactismo. Hay versos que se sienten más tesis que destello, sobre todo cuando el texto quiere asegurarse de que el mensaje filosófico se entienda. Se le puede reprochar cierta insistencia en explicarlo todo en los “Retales de filosofía”, cuando el poema, por sí solo, ya hacía el trabajo. Pero incluso ahí, el conjunto se salva por honestidad: Devís no pretende engañar a nadie. No vende gato por liebre. Ha escrito un libro con propósito y lo dice. Y se nota que se ha dejado la piel —y alguna lágrima— en el camino, desde aquel correo de la editorial que lo dejó “clavado a la pantalla” y lo hizo llorar hasta la confesión final: «Un soplo de aire fresco, una caricia, un abrazo, un beso preñado de ternura, todo ello llegaba a mi corazón, no tengo ninguna duda, de la mano de Gloria.»
Se lee De la mano de Gloria. Tributo a Gloria Fuertes con la sensación de estar asistiendo a algo que, en otro tiempo, habríamos llamado sin pudor “un acto de amor”. Amor a una poeta que marcó a generaciones de niños; amor a la vida, a pesar de sus golpes; amor a la gente común que necesita que le hablen claro; amor a la lengua española cuando se la usa sin miedo, con humor y con respeto; amor, incluso, a ese lector al que este libro trata como a alguien capaz de aguantar una verdad y de agradecer un abrazo. No hace falta estar de acuerdo con todas las premisas filosóficas del autor para reconocer que, en un paisaje saturado de cinismo, ruido y poesía de pose para redes sociales, encontrar un libro que se atreve a decir “contamos contigo hermano / contamos contigo hermana / que puedes cambiar el mundo / si tú cambias la mirada» sin rubor, y además hacerlo con oficio, es casi un lujo.
Javier Pérez-Ayala
