Cuando alguien arroja las palabras al desguace y las deja crujir solas

Nancy Ordóñez sabe que lo peor de la poesía, como de los naufragios, no es quedarse a la intemperie sino permanecer demasiado tiempo a bordo. Y en Tu silencio ha elegido el naufragio. Ha escogido esa incomodidad que produce el verso cuando no intenta consolar ni embellecer, cuando clava los dedos en la herida y se queda ahí, quieto, sin prometer primaveras. Este poemario, editado por Poesía eres tú, está dividido en cuatro partes que no funcionan como estaciones sucesivas ni como rellano de descanso, sino como estados de asedio. Cuatro territorios donde las palabras dejan de ser adorno y se convierten en necesidad, en grito ahogado o en escupitajo contra las luces digitales que nos venden esperanza sintética mientras los ríos del Chocó siguen llevándose cadáveres.

Entre el vacío y los algoritmos que no tiemblan

La primera parte, “Entre las sombras del silencio”, abre con un poema que se llama “Somos” y que podría traducirse como “No somos”. Porque ahí está la nada convertida en retrato, el reflejo cubierto de rojo, la serpiente azul recorriéndolo todo mientras el tiempo y el destiempo caminan por la pupila. Nancy Ordóñez no busca metáforas bonitas; busca imágenes que golpeen como resaca contra el muelle. Lo consigue cuando habla del Vesubio que ya no tiene humo, solo recuerdos, cuando convierte a Pompeya en un amor extinto y escribe que queda atrapada en las tormentas de unos ojos como un náufrago emergiendo en besos. Hay ahí una honestidad brutal, la de quien sabe que el amor también quema ciudades y las deja convertidas en museo. En “Rescate” el poema se convierte en interrogatorio: ¿cómo variar este ritmo?, ¿cómo danzar con los colores y hacerse libre?, ¿cómo unirse al tornado de gaviotas aunque el mar esté lejos?. Preguntas que no tienen respuesta porque Nancy Ordóñez, que es maestra de matemáticas y no de ilusiones, sabe que el silencio no se disuelve con palabras sino que se trenza con ellas hasta volverse inescapable.

La segunda parte, “Los ojos silenciados”, es donde el libro se vuelve peligroso. Aquí entra el Covid, la primera línea sanitaria convertida en mártir, la brutalidad de un presente donde las palabras rapaces sepultan las ideas y los cuerpos sangrientos visten los paisajes. Nancy Ordóñez escribe desde Bogotá pero podría estar escribiendo desde cualquier rincón de este siglo donde el algoritmo no siente frío, donde su piel sigue lisa, no se eriza, y la ternura se vende en pantalla mientras los humanos ya no escriben, ya no son canto. Hay rabia en estos poemas, pero no es la rabia ciega del panfleto sino la rabia lúcida de quien ha visto demasiado y ha decidido no apartar la vista. En “Serpiente azul” el poema se expande hasta convertirse en río contaminado, en Chocó herido, en cuerpos mutilados que navegan sin memoria en sus sarcófagos de agua desde el dos mil dos. Entonces llegan las hadas de piel azul con sus tímidos alabaos y retornan con sus peces, pero por las heridas del río aún sucumben los cardúmenes humanos. Esto no es poesía para enmarcar en la pared del salón; es poesía para que la garganta se cierre y uno recuerde que hay sangre en las raíces del mundo.

La mujer que se pone la coraza y atraviesa vientos

“Voces que rompen el silencio”, la tercera parte, es el momento en que el libro se arma contra lo que nos quiere vencidos. Nancy Ordóñez le habla a la mujer y le dice que se mire al espejo, que se coloque el casco y la coraza brillante, que desenfunde su espada y atraviese los vientos antes que el nuevo dolor se siembre en su alma. Está la niña chocoana con el río Atrato besándole los pies descalzos, están los cantos y rondas fúnebres que hoy emergen al mundo en las risas de la tía abuela. Está Amalia Rodrigues, la reina del fado que nació en Alcántara bajo la capa del franquismo y que fue mar de barcos pesqueros diluyendo sus fatalidades en las ondas canciones populares. Nancy Ordóñez construye aquí un altar a las mujeres que resistieron, que tejieron abrigo con sus propios recuerdos, que se rearmaron frente al espejo con canciones impuestas a sus sesos contenidas en los acertijos de sus gritos. Hay en “La Comedia Femenil” un inventario de derrotas convertidas en triunfos: fui princesa en esta divina comedia sin vestido verde, me entregué cual presa, me hundí en los caminos del David con Miguel Ángel, caí de la alfombra mágica después de las mil noches, me levanté del acantilado y sané con llanto y barro. Esa es la voz de quien ha sobrevivido no porque el mundo se lo pusiera fácil, sino porque decidió que el naufragio no sería definitivo.

La cuarta parte, “En las aguas de la vida”, cierra el libro sin cerrar las heridas. Aquí están los sueños de libertad, las heroínas que retrocedieron con Cuba en su canto mientras nacían en Colombia los doce engendros llenos de sangre y dólar. Nancy Ordóñez habla de un primer amanecer del dos mil veintitrés cuando el sol abraza la luna y la dignidad se viste de verde, cuando los hijos del sol emergen entre los campos de la verdad con sus sueños de libertad. Hay esperanza ahí, sí, pero es una esperanza que no olvida el precio. En “Gratitud” la poeta se reconoce andando cual babosa pegada a la vida, marcando la arena con sus pasos de día, pero ahora mira la vida sin leyes ni vacíos, pintando corazones de rojo mientras sigue bebiendo su elixir de agua y gritando al mundo su existencia. No hay aquí promesas de redención ni fuegos artificiales de optimismo; hay supervivencia consciente, hay resistencia convertida en poema.

Nancy Ordóñez Salinas es poeta autodidacta, licenciada en Matemáticas por la Universidad Nacional de Colombia, especialista en Edumática, docente desde 1990 hasta 2024 en instituciones educativas de Bogotá, coautora de un libro sobre innovación educativa y mujer que ha centrado su investigación pedagógica en la interdisciplinariedad y la pedagogía crítica. Todo eso importa porque Tu silencio no es el libro de alguien que se ha dedicado a pulir versos desde el confort de la torre de marfil; es el libro de alguien que ha estado en las aulas, que ha visto de cerca los problemas socioeconómicos de sus estudiantes, que ha mirado al dolor y ha decidido no darle la espalda. Por eso sus poemas suenan a verdad, incluso cuando duelen. Por eso cuando escribe “esa palabra siempre será ella vestida con mis poemas” uno siente que no está haciendo literatura sino desentrañando vida.

Este poemario no busca gustar ni conmover según los cánones de la belleza establecida. Busca que el lector mire de frente lo que preferiría esquivar: el vacío, la pandemia, la violencia, la injusticia, la dicotomía entre las emociones humanas y la tecnología que nos devora. Y luego, cuando ya no queda más remedio que aceptar el desastre, ofrece un hilo de luz no la luz impostada de los finales felices, sino la luz pequeña y terca de quien ha decidido seguir adelante. Nancy Ordóñez ha escrito un libro necesario, de esos que no se leen para pasar el rato sino para recordar que la poesía, cuando es honesta, no salva a nadie pero al menos tiene la decencia de no mentir.

 

Javier Pérez-Ayala