Cuando la poesía huele a vida real
Me acuerdo de una conversación hace tiempo con una amiga librera que me decía, con esa mezcla de resignación y rabia contenida, que la poesía se había convertido en un género para iniciados, para gente que había estudiado filología y sabía descifrar las claves ocultas de cada verso. “Ya nadie escribe para que te emociones”, me dijo, “ahora se escribe para que te sientas tonto si no lo entiendes”. Pensé en esa conversación cuando leí De lo visceral a la piel de Manuel Lozano Figueroa, porque este libro hace exactamente lo contrario: te habla como si estuviera sentado enfrente de ti en una mesa, contándote cosas que le pasan, que le duelen, que le excitan, que le indignan.
Lo primero que me llamó la atención fue el prólogo, donde Lozano se niega a llamarse poeta y prefiere definirse como “contador de pequeñas historias rimadas”. Hay algo profundamente honesto en ese gesto, algo que desarma. En un mundo literario donde todo el mundo se pone medallas antes de escribir el primer verso, este hombre dice “no soy digno de tan alto honor”. Y precisamente esa humildad, esa conciencia de los límites propios, es lo que me hace confiar en su voz. No está aquí para deslumbrarnos con su erudición ni para demostrar que conoce todas las variantes de la métrica española. Está aquí para contar lo que necesita sacar de dentro, y punto.
El libro es un viaje por territorios que la poesía española contemporánea suele evitar, como si fueran zonas de mal gusto. Está el cuerpo, para empezar, y no el cuerpo metafórico o el cuerpo como símbolo de no sé qué teoría filosófica, sino el cuerpo real, el que suda, el que desea, el que se encuentra con otro cuerpo y pierde los papeles. “En una hamaca blanca / dejaría escapar mi vida mirándote”, escribe en un poema que es puro presente, pura entrega al momento. Y luego está “Nuestra bachata”, donde describe el acto amoroso sin eufemismos pero también sin vulgaridad, con una sensualidad que te hace sentir el calor de esos cuerpos: “De nuestra bachata / lo hermoso comienza / cuando la música calla”. Es erotismo de verdad, no pornografía ni cursilería, sino la celebración de dos personas que se desean y no tienen por qué pedir perdón por ello.
Pero lo que más me conmueve del libro es cómo Lozano transita de lo íntimo a lo social sin que parezca un salto brusco. Está “Sueño de un romance en Cádiz”, ese poema largo que es como una declaración de amor a la ciudad, a sus calles, a la Caleta, a la Viña, al levante que descansa y te deja respirar. Escribe “pa enredarse por un cuerpo”, “tó”, “remojatas”, y uno siente que no está imitando el habla andaluza desde fuera sino escribiendo desde dentro, desde quien pertenece a ese lugar. Las “Odas a Titi Flores” son otro ejemplo de esa conexión profunda: homenajea al bailaor flamenco Titi Flores enumerando palos —soleá, bulería, martinete, granaína, minera— y convirtiendo cada uno en una imagen sensorial. No es un tratado de flamencología, es una carta de amor al arte y al artista.
Y luego están los poemas que duelen de verdad, los que te obligan a no mirar para otro lado. “Prohibido vivir” y “Mi voz no está en venta” hablan de las pateras, de la gente que muere buscando un lugar donde vivir con dignidad, de nuestra indiferencia criminal ante el sufrimiento ajeno. “Mi voz no callará / hasta que mis ojos vean / cómo desaparecen los inhumanos guetos”, escribe, y una siente que no está haciendo poesía comprometida de postureo sino que está realmente cabreado, realmente dolido por lo que ve. Me pregunto cuántos poetas contemporáneos se atreven a escribir así, sin ironía posmoderna que les sirva de escudo, sin distancia estética que les permita salir ilesos.
Hay también poemas sobre la soledad, sobre la muerte de un amigo, sobre la violencia de género en “La lunita llena”, donde el sol celoso mata a la luna que se enamoró del silencio. Y está “Pino y Caoba”, una historia de amor entre dos árboles que se convierten en guitarra flamenca, con esa mezcla de ternura y música que atraviesa todo el libro. Lozano escribe desde múltiples registros —lo erótico, lo social, lo elegíaco, lo festivo— pero siempre con la misma voz reconocible, la de alguien que no ha aprendido a mentir en los versos.
No puedo evitar pensar en todas esas mujeres y hombres que me dicen “es que la poesía no es lo mío, no la entiendo”. Les diría que lean este libro, que se den una oportunidad con una poesía que no necesita manual de instrucciones, que te llega directamente o no te llega, pero que no te hace sentir idiota por no pillar la referencia culta. Lozano Figueroa escribe en verso libre, sin rima forzada pero con ritmo interno, con una musicalidad que viene del flamenco y de la calle, no de los tratados de métrica. Sus versos suenan a conversación, a confidencia, a grito cuando hace falta gritar.
Me quedo con un verso que aparece casi al final: “Poesía, / esa… que nadie sabe explicar / y, sin embargo, nos habita”. Ahí está todo, la esencia de lo que Lozano defiende: la poesía como algo inexplicable pero necesario, como algo que nos atraviesa y nos constituye aunque no sepamos muy bien de qué va. Y me quedo también con la dedicatoria inicial a su hijo Álvaro, “la persona más importante para mí”, hecha con una emoción sin vergüenza que también es un acto de valentía en estos tiempos de cinismo obligatorio.
Este libro no cambiará la historia de la poesía española, no inaugurará ninguna corriente ni aparecerá en las antologías académicas, pero hará algo más importante: llegará a lectores que necesitan poesía sin corsé, poesía que hable de la vida tal como se vive, con sus glorias y sus miserias, con su erotismo y su rabia, con su ternura y su indignación. Y eso, créanme, es más valioso que mil premios y mil reseñas en suplementos literarios. Porque la poesía, cuando es de verdad, no necesita intermediarios ni traductores. Simplemente te toca por dentro, y ya está.
Ana María Olivares
