UN POETA QUE SE NIEGA A MORIRSE CON LOS CLÁSICOS

Me acuerdo perfectamente del día que abrí este libro. Juguetes Líricos se llama, y yo pensé qué título tan raro, qué juego de palabras tan ambiguo. Juguetes de niños o jugar con la lírica, jugar con la tradición. No lo sé todavía del todo. Lo que sí sé es que hacía mucho tiempo que no leía poesía como esta, poesía que no te pide perdón por ser difícil, por exigir que te sientes y respires hondo antes de empezar.

José Carlos Turrado de la Fuente ha publicado en Ediciones Rilke un libro de más de ciento setenta páginas de poesía en romance, en sonetos, en silvas, en décimas. Todo medido. Todo con rima. Como si escribiera en el siglo XVII, me dirán algunos. Y yo les diría que no, que precisamente porque escribe en 2025 esto tiene sentido. Porque en un mundo donde todo es fragmento, donde leemos en pantallas y perdemos el hilo cada cinco minutos, escribir un romance de casi seiscientos versos manteniendo la misma rima asonante es un acto de resistencia. O de locura. O las dos cosas a la vez.​

He leído este libro despacio, como no leo casi nada últimamente. Y eso ya dice algo. Empieza con “Las Hespérides”, un poema preciosísimo sobre un cervatillo que se pierde y encuentra un jardín mágico con ninfas. Mitología pura, pero contada con una dulzura que me hizo pensar en los cuentos que les leía a mis hijos cuando eran pequeños. Luego salta a “Lezo en Cartagena”, la batalla donde el marino vasco tuerto, manco y cojo defendió el puerto contra los ingleses. Historia de España, sí, pero sin poses patrioteras, solo el dolor de la guerra y la muerte que huele a pólvora y a gangrena.​

Lo que más me ha impresionado es “Fábula de Dulcinea”. Turrado coge al personaje de Cervantes, esa Aldonza Lorenzo que don Quijote idealiza, y le da voz propia. La pone en su pueblo manchego, sola, mirándose al espejo y viendo que envejece sin que nadie la ame. Es desgarrador. Ella se pregunta por qué si otras mujeres feas o tontas encuentran marido, ella que se siente hermosa por dentro no encuentra a nadie. No hay ningún caballero que la salve. Solo el polvo de La Mancha y el silencio. Y todo esto en romance octosílabo impecable, con rima asonante perfecta durante páginas y páginas.​

Pero no voy a mentir. Este libro no es fácil. Hay palabras que he tenido que buscar. Hay referencias mitológicas que se me escapan. A veces me he perdido entre tanta erudición, entre tanto verso perfecto. Y me pregunto ¿es esto para mí? ¿Soy yo la lectora que este poeta busca? Y luego pienso que quizás esa sea precisamente la cuestión, que no todo tiene que estar masticado, que la poesía no tiene por qué ser accesible inmediatamente como un titular de Twitter.​

Me ha gustado especialmente “Valle en la Merced”, el poema sobre Valle-Inclán intentando labrar la tierra en Galicia, pobre y enfermo, él que fue el escritor más brillante de su generación. La imagen del genio fracasado tratando de cultivar un huerto que no crece me partió el corazón. Y está escrito con tanta sencillez en medio de tanta complejidad que se te queda grabado. Ese estribillo que se repite los grelos no crece, los tomates no crecen, el pazo no crece es como una letanía de la derrota.​

También hay erotismo. Mucho. “Fábula de Cupido” es Cupido recorriendo España acostándose con mujeres de todas las regiones, en un catálogo geográfico-sexual que podría ser grosero pero que Turrado escribe con tal maestría formal que resulta gracioso y tierno a la vez. Es como si dijera miren, puedo escribir sobre sexo con la misma elegancia que sobre mitos griegos.​

Lo que no termino de decidir es si este virtuosismo técnico es necesario o si a veces se convierte en un obstáculo. Porque hay momentos en los que siento que el poeta está tan preocupado por mantener la métrica perfecta que sacrifica la emoción directa. O quizás sea que yo ya no sé leer este tipo de poesía, que he perdido el oído para la música de los versos medidos después de tantos años de verso libre.​

Pero luego leo “Fábula de Helena y Filoctetes” y me olvido de todas mis dudas. Helena en Troya, solitaria en su balcón. Filoctetes abandonado en una isla, herido y olvidado, lanzando flechas al aire y preguntándose por qué acordarse de mí. Los dos solos, los dos esperando un amor que no llega o que se ha ido. Y esa pregunta que se repite como un fantasma por qué acordarse de mí es la pregunta de todos los que se sienten invisibles. Es la pregunta de Dulcinea. Es la pregunta de todos nosotros en algún momento.​

No sé si recomendaría este libro a todo el mundo. Depende de qué lector seas, de cuánto tiempo tengas, de cuánta paciencia. Pero sí sé que me alegro de que existan poetas como Turrado de la Fuente, que se niegan a bajar el listón, que apuestan por la dificultad como forma de respeto al lector. Porque al final, cuando terminas un libro así, cuando has hecho el esfuerzo de acompañar al poeta en su viaje por la mitología y la historia y la métrica clásica, te sientes un poco más capaz. Como si hubieras recuperado algo que habías perdido sin darte cuenta.

Juguetes Líricos no es un libro perfecto. A veces es demasiado, demasiado erudito, demasiado perfecto en su perfección. Pero en estos tiempos donde todo es provisional y fragmentario y desechable, un libro que apuesta por la permanencia y la forma clásica y la belleza trabajada es un regalo raro. O un desafío. O ambas cosas. Como los mejores regalos.

Ana María Olivares