La poesía que no pide perdón por existir
Me he preguntado muchas veces qué nos pasa con Gaza. Por qué podemos desayunar tranquilamente mientras miramos fotos de escombros en Instagram y luego seguir con nuestro día como si nada. Hace unos días llegó a mi mesa “Job en Gaza”, de Juan Argelina, y debo confesar que me ha removido algo incómodo, algo que prefería mantener archivado en ese cajón mental donde guardamos las cosas que sabemos pero elegimos no mirar demasiado de frente. No es un libro fácil ni pretende serlo, y creo que justamente por eso merece que hablemos de él sin edulcorantes ni medias tintas.
Juan Argelina tiene sesenta y cinco años, es historiador, arqueólogo, uno de esos tipos que en los años noventa se jugaron el tipo defendiendo cosas que hoy nos parecen evidentes pero que entonces te costaban la vida social y profesional. Formó parte de Radical Gai cuando había que explicarle a la gente qué significaba teoría queer sin que se te rieran en la cara. Ahora publica su primer poemario y lo hace con la misma valentía o cabezonería, según se mire con que vivió toda su trayectoria: eligiendo el tema más incómodo posible y plantándolo en medio de la mesa sin pedir permiso. Coge el mito bíblico de Job, ese pobre hombre al que Dios y el diablo usaron como campo de apuestas para demostrar quién tenía razón sobre la naturaleza humana, y lo traslada directamente a Gaza. No es que haga una referencia sutil ni una metáfora elegante de esas que quedan bien en los talleres literarios. No. Job es Gaza, Gaza es Job, y punto. Y si esto te parece simplificación excesiva, probablemente seas de los que nunca han tenido que elegir entre mirar el horror de frente o apartar la vista porque tienes privilegio de poder hacerlo.
La estructura del libro es ambiciosa, hay que reconocerlo. Ocho secciones que siguen el ciclo completo del Libro de Job: la apuesta divina, el origen del dolor, el lamento, la ausencia de respuesta, la disputa con Dios, el juicio de los hombres, el testimonio del espanto y la búsqueda de memoria. Más un prólogo y un epílogo que conecta Gaza con Troya porque, claro está, todas las ciudades sitiadas se parecen y la historia es ese borracho insistente que nos cuenta la misma anécdota una y otra vez esperando que esta vez sí aprendamos algo, aunque nunca lo hacemos. Argelina mezcla verso libre con prosa ensayística, te mete datos históricos entre poemas, te habla de Shabra y Chatila, del hospital Al-Ahli bombardeado, de políticas de asentamientos. Esto podría convertirse fácilmente en un panfleto político infumable si no fuera porque el hombre sabe escribir. Versos como “Las cunas quedaron abiertas como bocas sin voz” te pegan en el estómago y ahí te das cuenta de que no estás ante un activista con veleidades poéticas sino ante un poeta con urgencia testimonial, que no es lo mismo.
Lo que más me ha llamado la atención es que Argelina no te deja respirar. Página tras página insiste, repite, martillea: “Miradme y espantaos”, “Alza tu voz”, “¿Tienes tú ojos de carne?”. Una querría decirle oye Juan, tranquilo, que ya nos hemos enterado de que Gaza es un horror, pero el libro no para porque Job tampoco paró de clamar y porque, seamos honestas, si el autor te diera un respiro aprovecharías para irte a preparar un té y olvidar que acabas de leer sobre niños convertidos en cifras y casas convertidas en tumbas. La anáfora es el recurso dominante aquí, esa repetición obsesiva de “Me alcanzaron días de aflicción / me alcanzaron noches interminables” que reproduce la insistencia del testigo que debe repetir su testimonio porque nadie escucha la primera vez. Es poesía martillo, de esa que golpea hasta que duele, y si al lector le molesta pues mala suerte, porque el objetivo no es gustar sino despertar.
Técnicamente el libro es irregular, que es lo que cabría esperar del primer poemario de alguien que ha dedicado su vida a escribir ensayos académicos. Hay momentos de una belleza devastadora, como cuando escribe “Yo nací con lamento en la lengua / y sin embargo mi llanto fue semilla”, y hay pasajes donde la prosa ensayística diluye la concentración poética y una piensa que debería haber confiado más en la metáfora y menos en la explicación. Pero son pecados menores en un libro que se juega algo mucho más importante que la perfección formal. La métrica es libre, arrítmica, como debe ser cuando testimonias desde el caos. No puedes contar el horror en endecasílabos perfectos porque el horror no tiene ritmo regular, el horror jadea, se atraganta, se derrumba sobre sí mismo.
La elección del mito de Job como matriz es inteligente porque universaliza sin deshistorizar, que es la cuadratura del círculo de toda poesía política. Job es el inocente que sufre sin motivo aparente, Gaza es el pueblo sitiado que no sabe qué hizo para merecer esto, y ambos preguntan al cielo por qué carajo pasa lo que pasa y el cielo, como es costumbre, no contesta o contesta con más bombas. Argelina sostiene el paralelismo durante todo el libro sin caer en la obviedad, salvo en algunos momentos donde una quisiera decirle ya lo pillamos, no hace falta que nos lo expliques con pelos y señales. Y luego está esa conexión final con Troya, con Príamo llorando por Héctor igual que las madres palestinas lloran por sus hijos, que funciona porque Argelina conoce sus clásicos y sabe que Homero ya contó esta historia hace casi tres mil años, solo que entonces teníamos la decencia de llamarla tragedia y ahora la llamamos “conflicto complejo de larga data”, que es la forma cobarde que tienen los medios de no tomar partido.
He estado dándole vueltas a por qué este libro me ha incomodado tanto. Creo que es porque no nos deja el refugio de la ambigüedad moral. Argelina escribe desde una posición clara: hay víctimas y hay verdugos, hay quien bombardea hospitales y hay quien muere en esos hospitales. Y si esta claridad te parece simplista es probable que nunca hayas tenido que elegir un bando cuando las cosas se ponían feas. El libro no busca matices porque los matices, en según qué situaciones, son una forma elegante de lavarse las manos. Cuando escribe “El diablo no descansa / y busca siempre nuevas víctimas”, no está haciendo teología ingenua sino nombrando esa maquinaria de destrucción que funciona con lógica propia, perpetuándose generación tras generación. Y “diablo” es nombre poético más efectivo que “complejo militar-industrial” o “lógica colonial”, porque concentra en una imagen reconocible lo que el análisis sociológico dispersaría en párrafos incomprensibles.
Me pregunto qué hubiera pensado mi madre de este libro. Ella, que vivió la posguerra y que siempre decía que la poesía servía para hacer más llevadera la vida, no para recordarte lo que duele. Pero creo que se equivocaba, o al menos que la poesía puede ser las dos cosas. “Job en Gaza” no te hace la vida más llevadera, te la complica. Te obliga a preguntarte qué estás haciendo tú mientras otros sufren, te señala con el dedo y te dice “tú también eres cómplice si callas”. Y esa acusación no es popular en una sociedad que ha convertido la neutralidad en virtud y el silencio en prudencia.
Lo que me gusta, y a la vez me asusta un poco, es que Argelina ha decidido no lavarse las manos ni aunque le ofrecieran la palangana de plata de Pilatos. Este libro va a molestar a mucha gente. Va a molestar a quienes creen que la poesía debe hablar de pajaritos y atardeceres, va a molestar a quienes piensan que criticar ciertas políticas es antisemitismo, va a molestar a quienes prefieren que Gaza sea esa cosa lejana que sale de vez en cuando en las noticias entre el fútbol y el tiempo. Y va a molestar especialmente a esos poetas acomodados que llevan treinta años escribiendo sobre su ombligo mientras el mundo se desmorona. Bien por Argelina. Necesitamos más libros que molesten y menos libros que acaricien.
Hay algo profundamente honesto en cómo maneja el registro bíblico sin caer en el pastiche. Cuando pregunta “¿Tienes tú ojos de carne?” le está preguntando a Dios si puede ver el sufrimiento humano con vulnerabilidad humana, si puede sentir en su propio cuerpo lo que sienten los que sufren. Es una pregunta que podríamos hacernos todos cada mañana cuando leemos las noticias con el café en la mano. ¿Tenemos nosotros ojos de carne o hemos desarrollado esa mirada aséptica que convierte el dolor ajeno en estadística tolerable?
No sé si este libro va a cambiar algo. Probablemente no, porque los libros solos no cambian el mundo, aunque nos guste pensar que sí. Pero puede que despierte algunas conciencias, puede que haga que alguien ya no pueda mirar igual después de leerlo. Y si la poesía sirve para eso, para impedir que sigamos cómodos en nuestra ignorancia, entonces ya cumplió su función. Como dice Argelina al final: “Que mi dolor os despierte”. Y vaya si despierta. Ojalá supiéramos qué hacer con ese despertar, porque esa es la pregunta que el libro deja abierta y que cada uno debe contestar a su manera.
“Job en Gaza” está publicado por Editorial Poesía eres tú, que al menos tuvo el coraje de sacarlo adelante cuando otros sellos probablemente habrían salido corriendo al ver el tema. No es un libro perfecto, tiene sus caídas de ritmo y sus momentos donde se excede en la explicación, pero es un libro necesario. Y los libros necesarios siempre son incómodos, siempre molestan, siempre te dejan con esa sensación de que algo cambió aunque no sepas muy bien qué. Léanlo si tienen el estómago preparado para que les remuevan las tripas, y si no lo tienen léanlo de todas formas porque esos son los libros que más nos hacen falta, aunque nos cueste admitirlo.
