Versos y Aversos de José Carlos Balagué Doménech: Un poeta que lleva su artillería hasta donde otros ni se asoman

Hay poetas que llegan a los límites del idioma, se asoman al precipicio y dan media vuelta. Hay otros que saltan. José Carlos Balagué Doménech, que firma sus poemas con el alias josecarlosbalague —todo en minúscula, como quien no quiere alharacas— pertenece al segundo grupo, y eso, en el panorama poético español de 2026, no es cosa baladí. La mayor parte de lo que se publica hoy en este país como poesía son versos sentimentales bien intencionados que no se han preguntado nunca qué están haciendo formalmente. Este libro sí se lo pregunta. Y lo que es más raro aún: lleva la pregunta hasta sus últimas consecuencias.

El armazón teórico de Versos y Aversos ya fue descrito en otro lugar. La distinción entre verso —métrica, rima, las reglas de siempre— y averso —lo que la tribu llama equivocadamente “verso libre”— es el fundamento y la declaración de intenciones. Pero lo que distingue a este poemario de un mero ejercicio de taxonomía es que el autor no se detiene ahí. El prefacio lanza la pregunta que importa: “¿hasta dónde se puede llegar en el arte poética?” Y la respuesta no es retórica. Viene en forma de poemas surrealistas y abstractos que aguardan en las páginas centrales del libro como una carga de profundidad que muchos lectores no se esperan.

Porque una cosa es escribir sonetos impecables y aversos bien construidos —y Balagué Doménech los escribe, con solvencia y sin aparato— y otra cosa muy distinta es publicar en un mismo poemario composiciones en las que los vocablos no pertenecen a lengua alguna. Aquí están, negros sobre blanco: “Albarduesco ugrade evan sentilifiero / Berguinduce grelario estrefani lardo.” El lector que abra el libro buscando rimas de amor, o el que busque aforismos cotidianos que circulen bien en redes sociales, encontrará esto y no sabrá qué hacer con ello. La respuesta del autor es la misma que Dalí habría dado ante quien le pidiese explicación de un cuadro: no hay explicación posible. No porque el poeta se esté escondiendo, sino porque la composición no contiene significado referencial. Es forma pura. Es poesía abstracta en el mismo sentido en que una tela de Rothko es pintura abstracta: tiene reglas internas, tiene proporción, tiene ritmo, pero no dice “algo” de la manera en que un soneto de amor dice “algo”. El problema es que la poesía española no ha querido ir por ese camino, y cuando alguien lo toma, los demás no saben si aplaudir o si pedir que les devuelvan el dinero.

Pues bien: aplaudan. Aunque sea por la coherencia intelectual del proyecto, que ya es mucho pedir en estos tiempos de libros escritos para gustar a la primera lectura y olvidados a la segunda.

El libro tiene, además, una segunda parte que es todo lo contrario al experimento formal: los poemas dedicados a sus dos esposas fallecidas, Mayte y Graziela. Aquí el poeta no innova, no experimenta, no se asoma a ningún precipicio terminológico. Aquí simplemente duele. Y cuando el dolor es verdadero y la forma lo sostiene sin engolar la voz, el resultado es de los que permanecen. No hace falta más. El lector que llegue a esas páginas después del trayecto surrealista y abstracto entenderá que está ante alguien que conoce bien el mapa del idioma, sabe dónde están los campos minados y elige conscientemente en qué territorios caminar.

Llevo años diciendo, con escaso éxito, que la poesía española necesita autores que lean más teoría y menos poesía de moda. Que se pregunten qué es lo que están haciendo antes de ponerse a hacerlo. Que no confundan el verso libre con la ausencia de disciplina ni la métrica con el corsé del poeta anticuado. Josecarlosbalague, con su minúscula y su obstinación, ha construido un libro que planta esa bandera. Que cada cual decida si la saluda o la ignora. Pero que nadie diga que no estaba allí.

 

Javier Pérez-Ayala