Parajes Impares de Mia Reig: Aquello que la tierra guarda antes de nombrarse
Hay libros que llegan con la lentitud de lo que ha madurado en silencio, sedimentado en capas sucesivas de tiempo y experiencia, hasta que un día la forma aparece y el poema es ya inevitable. Parajes Impares, primer poemario de Mia Reig, pertenece a esa estirpe de obras que no nacen de la prisa sino de la acumulación paciente: dos décadas dedicadas a la pedagogía terapéutica, a la educación inclusiva en la Safor valenciana, al trabajo silencioso con quienes aprenden desde los márgenes. Todo ese tiempo ha dejado estratos en la escritura.
La metáfora geológica no es aquí capricho: el libro entero opera como una arqueología emocional, un desenterrar de capas en las que conviven la memoria afectiva, el deseo que persiste más allá de sus objetos, y la pérdida que no se anuncia sino que se descubre —como un fósil— ya consolidada en el interior de uno mismo. La voz de Reig avanza con esa gravedad demorada propia de quien sabe que las palabras, antes de ser pronunciadas, necesitan asentarse. “Ya no tuve más remedio que dibujar / una infinita nube de tiempo / de agua de coco / para que descanses en ella”: la imagen, procedente de “Agua de coco”, condensa con precisión táctil la ternura que no puede decirse de otro modo, la que solo admite la oblicuidad de lo concreto y lo insólito.
El poemario se articula como un itinerario que atraviesa territorios distintos sin perder nunca el eje interior. Reig trabaja desde lo sensorial hacia lo emocional, no al revés, y ese procedimiento otorga a los mejores poemas una textura viva, una presencia que va más allá del enunciado. En “Día azul plateado”, la pregunta que cierra —”¿intervino un dios, el azar o la suerte?”— no reclama respuesta: la suspende en el aire como se suspende la perplejidad ante los afectos que nos liberan sin darnos explicación. El poema termina con “mi mejor enemiga” oscureciendo hasta desaparecer. Esa economía expresiva, ese dejar el espacio justo para que el lector complete, es uno de los hallazgos más sostenidos del libro.
La sección dedicada a Margarita Gil Roësset —escultora e intelectual de la Generación del 27, fallecida a los veintiocho años en circunstancias que la historia literaria española tardó demasiado en querer mirar— no es un gesto decorativo ni un tributo externo. Es parte orgánica del libro. Reig, que ha pasado veinte años trabajando para que ningún ser humano quede excluido del aprendizaje, no podía dejar fuera de su primer poemario a una mujer que fue excluida de la memoria colectiva. Lo local se convierte aquí en universal sin perder su materialidad: la historia silenciada de Gil Roësset no es emblema abstracto sino cuerpo concreto de mujer y artista, recuperado desde la solidaridad de quien escribe sabiendo que los olvidos no son inocentes. La ética entra por la belleza, no por el grito; por la presencia sostenida del nombre, no por la proclama.
Parajes Impares tiene la textura de un primer libro que sabe lo que quiere decir, aunque no siempre encuentra la forma más ceñida para decirlo. Hay poemas que buscan todavía su propio centro, que no terminan de elegir entre el impulso y la contención. Pero también hay poemas donde la voz de Reig se asienta con toda su densidad acumulada y produce imágenes que no habíamos leído antes —”migas de pan, idea de Hansel y Gretel”, para que los muertos encuentren el camino de regreso—, imágenes que se depositan en la memoria del lector como se depositan los sedimentos: sin ruido, para siempre.
Ana María Olivares
