Don de la invocación de Raúl Gimeno: La arquitectura del silencio
Hay libros que no se leen: se estratifican. Se depositan en capas dentro de quien los recorre, y uno no sabe bien en qué momento la lectura dejó de ser acto cognitivo para convertirse en algo parecido a la escucha. Don de la invocación, primer poemario de Raúl Gimeno, pertenece a ese linaje. No urge, no exhibe. Aguarda.
El libro se organiza en dos movimientos: una primera parte, «Y la herida se hizo boca», que desciende hacia el núcleo de la angustia —ese espacio donde la identidad se deshace antes de recomponerse— y una segunda, «Palabras al silencio originario», que es algo más difícil de nombrar: la quietud que queda después de que el dolor ha pasado a ser lenguaje. Gimeno, filósofo antes que poeta, no disuelve este recorrido en vaguedad: lo tensa. Lo tensa como se tensa un arco, que requiere la resistencia del extremo opuesto para poder lanzar.
Esa tensión entre palabra y silencio, entre nombrar y callar, es el eje que vertebra el libro. «Nombrar es matar. / El poeta que no abre un espacio / al silencio / es culpable / del mayor de los crímenes: deicidio.» El poema «El tiempo del poema» formula aquí, con una economía que no rehúye la contundencia, lo que muchos intuyen y pocos saben articular: que la poesía no es solo presencia verbal sino también arquitectura del silencio, que lo que se calla determina lo que se dice tanto como los propios versos.
La geografía interior de estos poemas es árida, en el buen sentido: despojada de ornamento superfluo, con la claridad mineral de quien ha aprendido a desconfiar de lo fácil. Uno recorre esos textos y siente que el paisaje los sostiene desde abajo, que hay algo parecido al sedimento de una tierra seca y luminosa debajo de cada imagen. El caracol, el vencejo, el campo abierto que aparecen en la segunda parte no son decorado: son el material mismo del silencio, la forma que adquiere lo sagrado cuando se despoja de cualquier retórica.
Porque lo sagrado, en este libro, no llega con fanfarria ni con aparato teológico. Llega como lo enuncia el propio Gimeno en el diálogo dramático que cierra el poemario, ese artefacto arriesgado donde un Poeta, un Filósofo y un Místico conversan sin que ninguno convenza al otro, porque los tres articulan la misma imposibilidad desde distintos ángulos. El riesgo de ese cierre es obvio: la alegoría puede en cualquier momento colapsar en pedagogía ilustrativa. No colapsa. «Dios es su fruto», dice el Místico en el último turno, y la frase se asienta en el final del libro con la extrañeza de lo que fue dicho en serio, sin ironía protectora, sin red. En un momento literario saturado de escepticismo performativo, ese gesto de exposición tiene peso.
Hay en Don de la invocación una conciencia del lenguaje que no proviene de la tradición experimental, sino de quien ha habitado durante años los márgenes de la filosofía y la poesía, el territorio donde ambas disciplinas dejan de distinguirse. Gimeno no escribe para demostrar nada: escribe para averiguar. Y esa actitud —la escritura como forma de conocimiento que acepta no concluir— es precisamente lo que impide que el libro se cierre sobre sí mismo. Queda algo abierto. Una pequeña grieta por la que entra el frío, o la luz, según el momento en que se lea.
Ana María Olivares
