Permítanme ser directo, que es lo único que sé hacer cuando me siento ante una página con algo que decir. Hay un tipo de libros que llegan a tu mesa con la discreción de quien no pide nada, sin ruido de premios ni estruendo de reseñas en los suplementos dominicales. Son los libros que trae la vida misma, escritos por personas que han tenido que llegar a cierta edad —a esa edad en que uno ya no tiene nada que demostrar— para poder decir lo que piensan sin disimulos ni cortapisas. Mimbres de Amor, de Antonio del Barrio Estremera, es uno de esos libros.

Del Barrio Estremera nació en Segovia y llegó a Madrid con diecisiete años, en 1974, cargando con lo que carga todo el que viene de provincia a buscarse la vida: el peso de las expectativas propias y la indiferencia soberana de la capital. Durante décadas guardó sus versos en el cajón —ese cajón que todos tenemos y que la mayoría nunca llegamos a abrir— hasta que la jubilación le dio lo que el trabajo no da nunca: tiempo. Y con ese tiempo hizo lo que hacen los que de verdad tienen algo que decir. Escribir.

El libro propone una anatomía del amor. No la del enamorado que recita a su amada bajo el balcón, sino la del hombre que ha visto cómo las relaciones se construyen y se deshacen, y que ha llegado a la conclusión —sensata, valiente, nada sentimental en el peor sentido de la palabra— de que el amor no es un relámpago sino una cestería. Una artesanía hecha de piezas, de mimbres, que alguien tiene que trenzar con paciencia y con cuidado. Veintiséis son los que Del Barrio enumera: el respeto, el cariño, la fidelidad, la complicidad, la reconciliación. No hay uno solo que sobre. Todos los que conocemos el asunto sabemos que basta con que falte uno para que la cesta —la relación, el amor, lo que quieran llamarlo— se venga abajo.

A cada poema le corresponde un cuadro famoso, que el autor ha reproducido a lápiz con la honestidad del aficionado que sabe lo que admira. Klimt, Renoir, Goya, Van Gogh, Magritte. No es un alarde de cultura sino una declaración de principios: el amor y el arte comparten la misma materia, la misma aspiración a la belleza que no nos deje solos. Se trata de un recurso que en principio podría parecer excesivo y que sin embargo funciona, porque Del Barrio no lo usa para lucirse sino para ampliar el campo de visión del lector.

Lo que más me interesa de este libro —y se lo digo a ustedes con toda la sinceridad de que soy capaz— es lo que tiene de manual sin serlo. No es un autoayuda, esa plaga de nuestros tiempos. Es algo más antiguo y más honesto: la experiencia de un hombre que ha vivido suficiente para hablar de lo que habla, que conoce el fracaso sentimental desde dentro y que no pretende consolarnos con mentiras piadosas. Cuando dice que el amor necesita respeto y que sin él no hay edificio que aguante, lo dice porque lo ha comprobado. La poesía como diagnóstico. La métrica como bisturí.

También hay en el libro algo que me parece necesario nombrar: el autor pertenece a esa generación que el mundo lleva años queriendo ignorar. Los mayores, los jubilados, los que ya no son productivos según la lógica bárbara de nuestro tiempo. Del Barrio les escribe desde dentro y les dice que están equivocados, que la experiencia no prescribe, que un hombre de casi setenta años que llena cuartillas de versos sobre el amor sabe de ese amor más que muchos veinteañeros que hablan de él como si fuera una aplicación del móvil. Y tiene razón. La tiene entera.

Lean este libro. Léanlo sobre todo aquellos que alguna vez se preguntaron en qué fallaron y no encontraron respuesta. Probablemente Del Barrio Estremera la tiene, o al menos tiene las herramientas para que cada uno encuentre la suya. Y eso —señoras y señores— no es poco. En este mundo que fabrica libros como quien fabrica zapatos, encontrar uno escrito con verdad y con tiempo es ya, de por sí, un motivo de celebración.

— Javier Pérez-Ayala