La mujer del sanatorio de Esteban Urrea Lázaro: Los muertos que los papeles no pueden enterrar

La literatura, cuando funciona de verdad, no se limita a contar una historia: excava en el subsuelo de lo que una sociedad ha elegido olvidar. Esta es, precisamente, la apuesta que late en la primera novela de Esteban Urrea Lázaro, un escritor murciano que ha elegido el Sanatorio de tuberculosos de Sierra Espuña como escenario y como metáfora de una memoria colectiva que se resiste a disolverse, que persiste en las grietas del yeso y en el silencio administrativo con la misma tenacidad con que la tuberculosis persistía en los pulmones de sus enfermos.

La novela se construye desde dos tiempos narrativos que el autor entreteje con pulso seguro. El primero nos lleva a enero de 1962, cuando el doctor Felipe Campillo Martínez ordena silenciar unas muertes que nunca podrán ser nombradas. El segundo nos sitúa en enero de 2017, cuando dos jóvenes vascos —el arqueólogo Aitor Goicoechea y la fotógrafa Ainara Cilleruelo— llegan a Alhama de Murcia por encargo de la asociación Hispania Nostra para elaborar un informe sobre las ruinas de ese mismo sanatorio. Entre ambos tiempos, el edificio permanece: testigo mudo, archivo de sombras, lugar donde lo no dicho sedimenta con más fuerza que lo documentado.

Urrea Lázaro describe el Sanatorio con una precisión que rebasa lo arquitectónico y se instala en lo simbólico: “El Sanatorio se recorta contra la nieve de Sierra Espuña como una herida abierta. Tres alas de dos plantas cada una, un sótano donde aún resuenan los ecos de las autopsias, la casa del conserje con las ventanas ciegas.” La imagen de la herida abierta no es ornamental; es estructural. Toda la novela es la historia de esa herida —cómo se infligió, cómo se cubrió, cómo los muros la conservaron cuando los documentos la borraron—. “Las paredes conservan la memoria de los que tosieron sangre contra ellas”, escribe el autor, y en esa frase late la ética que sostiene el relato: la responsabilidad de la memoria frente a la conveniencia del olvido institucional.

El doctor Campillo representa, con eficacia narrativa, ese mecanismo de borramiento que la España de posguerra perfeccionó como disciplina. Su orden a la jefa de enfermeras —que todos los cadáveres de aquel día figuren como muertes por tuberculosis, que se les ponga “como a los pobres vagabundos que nos vienen al Sanatorio sin documentación alguna”— no es el gesto de un monstruo excepcional, sino el de un hombre que conoce perfectamente el código del silencio que lo ampara. Ahí reside la auténtica turbación moral que la novela provoca: el horror no necesita de figuras extraordinarias; le basta con la colaboración rutinaria de personas ordinarias que anteponen la institución a la persona.

La parte contemporánea —Aitor, Ainara, la Murcia de los pueblos pequeños y las tertulias concertadas en el pub local— funciona como contrapunto luminoso a esa oscuridad. Urrea maneja el humor y el afecto regional con naturalidad, aunque no siempre consigue que ese territorio costumbrista sostenga la tensión que la trama histórica exige. Son las páginas de 1962 las que dan a la novela su gravedad específica, su razón de ser más honda.

Se advierte en Urrea la voluntad de inscribir su historia en una tradición narrativa donde el espacio deviene personaje: la ruina del sanatorio no es telón de fondo sino protagonista que acumula y devuelve el tiempo. En ese sentido, esta primera novela entronca con una cierta literatura del patrimonio dañado, esa corriente que concibe los edificios olvidados como archivos vivos capaces de restituir lo que la Historia oficial suprimió con un puñetazo sobre un escritorio y una orden pronunciada en voz baja.

No es una novela sin costuras. Las hay, y señalarlas forma parte de la honestidad crítica. Pero La mujer del sanatorio tiene algo que las primeras novelas pocas veces poseen: una razón moral para existir. Urrea escribe desde la convicción de que ciertos muertos merecen ser desenterrados de los papeles que los enterraron.

Antonio Graña Ojeda