EL POETA QUE ESPERÓ DIECISÉIS AÑOS PARA DECIR LO IMPORTANTE
La primera vez que abrí Moneda del sentir pensé que me había equivocado de libro. Esperaba uno de esos poemarios que ahora están de moda, de versos cortos que se leen en cinco minutos y te dejan con esa sensación reconfortante de haber entendido algo profundo sin demasiado esfuerzo. Pero no. César Tomé no escribe para que te sientas cómoda. Escribe para que te concentres, para que vuelvas atrás y releas, para que trabajes con él. Y saben qué, me gustó precisamente por eso. Porque hay algo liberador en encontrarse con un poeta que no te trata como si fueras tonta, que no te ofrece consuelo barato ni te promete que todo va a estar bien si respiras hondo tres veces.
Me acuerdo de cuando mi madre leía poesía en la cocina, apoyada en la encimera con el libro en una mano y el café en la otra. Nunca supe muy bien qué buscaba en esos versos, pero la veía releer las mismas páginas una y otra vez, como si algo se le escapara siempre. Ahora entiendo esa necesidad. Hay libros que no se agotan en la primera lectura porque están construidos en capas, y este es uno de ellos. Tomé ha tardado dieciséis años en publicar desde su anterior libro. Dieciséis. Y cuando lees esto piensas ah, claro, por eso tiene este peso. Porque no está escrito desde la prisa ni desde la necesidad de estar presente en el mercado editorial, sino desde esa urgencia más auténtica que es la de tener algo que decir y esperar el momento exacto para decirlo.
El libro funciona como una moneda de verdad, y no lo digo metafóricamente porque sea bonito decirlo, lo digo porque Tomé lo construye así de manera literal. Anverso, Canto y Reverso. Tres partes que replican la estructura física de una moneda, con su grosor olvidado en medio donde habita todo lo que no se exhibe pero que contiene el peso real. El Anverso te lanza un manifiesto a la cara, sin preparación previa, sin calentamiento. POSICIONARSE pronto, qué solución creíble, dice en mayúsculas, y a partir de ahí ya sabes dónde estás. Esto no va de contemplación pasiva ni de poesía de salón. Va de tomar partido, de elegir bando, de decir yo estoy aquí, del lado de los cuerpos que se contemplan sin vergüenza, del lado de la autenticidad aunque duela.
Lo que me parece más valiente del libro es esa negativa radical a la autocompasión. Porque miren, todos hemos leído —yo la primera— poesía que habla del desamor, de la soledad, de la dificultad de encontrar a alguien con quien compartir la vida sin que todo se vuelva rutina o mentira. Pero habitualmente esa poesía te coloca en el lugar de la víctima, te dice pobrecita yo, nadie me entiende, el amor es imposible, todo es dolor. Y Tomé no hace eso. Tomé escribe me desvivo por ser el dueño de mi historia, no permito la venda que ejerce de mentora. Es decir, está diciendo soy responsable de lo que me pasa, elijo cómo responder, me niego a dejarme engañar. Y eso, en un mundo donde la queja constante se ha vuelto casi una pose estética, tiene un valor enorme.
Llevo días pensando en un verso del Poema 3 que dice jamás un recortable o un acertijo, el cuerpo. Me parece una de esas frases que condensan toda una poética. El cuerpo no es decoración, no es enigma que resolver, no es superficie que interpretar. Es lo que es. Lo único que no miente. Y todo el libro gira alrededor de esa idea de que frente a las efigies de niebla y los cuartos huraños donde prevalece la negación, el cuerpo es territorio de verdad. No el cuerpo idealizado de las revistas ni el cuerpo performativo de las redes sociales, sino el cuerpo real, con sus contradicciones y su fragilidad. Mis dedos como lápices de llama sin horario, mi mano como iris dormido entre las suyas, escribe en el último poema, y uno piensa que por fin alguien habla del deseo sin idealizarlo pero tampoco sin cinismo, sin convertirlo en algo sublime inalcanzable ni en algo sucio de lo que avergonzarse.
No voy a mentir, este no es un libro fácil. La sintaxis es compleja, llena de inversiones y subordinadas, y el vocabulario oscila entre lo culto y lo coloquial sin previo aviso. Del bum de la mañana, una imagen de peso, dice en un verso, y en el siguiente te suelta máculas o inmarcesible. Pero esa dificultad no es gratuita. Es que Tomé está intentando capturar algo muy específico: el modo en que una conciencia madura piensa el deseo, con todos sus rodeos, matices y contradicciones. No es poesía para leer en el metro distraídamente. Es poesía que pide que apagues el móvil, que te sientes con el libro y le dediques tiempo. Y sé que eso suena antipático en estos tiempos de inmediatez y consumo rápido, pero también creo que hay lectores —yo entre ellos— que agradecemos que alguien nos trate como adultos capaces de concentración.
La estructura del libro es obsesiva. Treinta y dos poemas numerados que vuelven una y otra vez sobre el mismo asunto. Y al principio piensas ¿no se va a cansar de esto?, ¿no se va a repetir? Pero no. Porque cada poema ataca el problema desde un ángulo distinto, añade un matiz que los anteriores no tenían. Es como dar vueltas alrededor de una escultura, verla desde todos los lados posibles hasta entender su volumen completo. El tema es siempre el mismo —cómo sostener el deseo auténtico en un mundo que empuja hacia la simulación— pero las variaciones son infinitas. Y funciona porque Tomé tiene oficio de sobra para que la repetición no se convierta en monotonía. Usa anáforas que martillean como un mantra —Es… Es… Es… en el Anverso—, enumeraciones que saturan —diferencias, manas, cumplimientos, donaires y pasiones—, metáforas que materializan lo abstracto en experiencia sensorial concreta.
Me pregunto qué pensaría mi madre de este libro. Creo que le gustaría. Porque ella, que leía en la cocina con el café en la mano, buscaba exactamente esto: poesía que no te suelta, que te obliga a volver, que tiene capas. Poesía que no promete respuestas fáciles pero que acompaña en las preguntas difíciles. Y este libro hace eso. No te dice cómo resolver el dilema del deseo en la madurez, pero te dice no estás sola en ese dilema, yo también lo pienso, yo también dudo y en cambio soy, temo y en cambio olvido. Esa compañía, esa sensación de que alguien ha pasado por lo mismo y ha encontrado las palabras exactas para nombrarlo, es lo que hace que la poesía importe.
El final del libro es deliberadamente ambiguo. Si salta el runrún del letal desamor, volvamos a la estrella de salida, mostrémonos como bosque que entona un derroche de embrujos, escribe Tomé en el Reverso. Y uno no sabe muy bien si eso es esperanzador —siempre se puede volver a empezar— o melancólico —volver al principio es reconocer que no hemos avanzado—. Y me parece perfecto que no lo aclare. Porque la vida es así, ambigua, llena de preguntas sin respuesta única. Y la poesía que intenta resolver esa ambigüedad miente. La poesía honesta la asume, la nombra, la convierte en materia poética sin intentar domesticarla.
No hemos cambiado nada en estos años de poesía en redes sociales y libros que prometen sanación emocional inmediata. Seguimos necesitando lo mismo de siempre: palabras que nos ayuden a entender qué nos pasa, que nos digan que lo que sentimos no es único ni anormal, que nos acompañen en la dificultad sin prometer soluciones mágicas. Y Tomé hace eso sin aspavientos, sin poses, sin intentar ser moderno ni antiguo. Simplemente escribe desde la honestidad más radical, desde esa convicción de que el cuerpo no miente y de que frente a la simulación y el autoengaño, la única opción decente es insistir en la autenticidad aunque sea difícil, aunque te quedes sola, aunque nadie te entienda.
Tal vez porque leer, como el amor, no debería tener edad ni cautela. Tal vez porque hay libros que no están hechos para gustarte inmediatamente sino para quedarse contigo, para que los recuerdes semanas después cuando te pasa algo y piensas ah, esto es lo que decía Tomé. Tal vez porque en medio de tanta saturación literaria, encontrar un poeta que ha callado dieciséis años y vuelve solo cuando tiene algo importante que decir es un alivio. Un recordatorio de que todavía hay quien se toma la poesía en serio, quien no la usa como terapia barata ni como exhibicionismo emocional, sino como herramienta de conocimiento y acompañamiento. Y eso, señoras y señores, en febrero de 2026, es casi un acto de resistencia.
Ana María Olivares
